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La dama es policía- La venganza

Por Monica Elisabeth Sacco

El blog de Monica Elisabeth Sacco

LA DAMA ES POLICÍA- LA VENGANZA

Añadido el 16/05/2017
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PRÓLOGO

BUENOS AIRES, 1983
Estaba tirado sobre una mesa, en una habitación mugrienta. Una lamparita desnuda colgaba miserablemente del techo. Oyó voces. Voces masculinas. Era extraño: podía ver y oír, pero no sentir su cuerpo. Era como estar desprendido de su humanidad. “¿Estoy muerto?”
Pensó palabras que se negaban a salir de su boca. Estaban allí, en el borde de su mente, las oía en su interior pero sus mandíbulas selladas no podían articularlas. El acto de respirar era torturante. Se ahogaba por no poder coordinar los músculos del tórax. Algo, alguien oscureció momentáneamente la luz implacable. Un hombre. Rubio, de contextura fuerte, facciones algo abotargadas. Los ojos, de tan claros, parecían vacíos. Crueles, espantosamente crueles, igual que la expresión apretada de la boca.
—¿Cómo estamos? —Hizo algo con las manos. —No tiene sensaciones. Nada. Perfecto. Te pasaste, Mengele.
El que llamaban “Mengele” se acercó.
—Una obrita de arte. Hay que tener mucha mano para esto. El movimiento justo en la vértebra exacta. Y sin tocar la médula. Cirugía mayor, pibe, —le palmeó la cara pero no sintió nada. El aire le faltaba dolorosamente.
—Te vamos a mandar de vuelta, franchute. ¿Entendés? Nous te renvoyerons. A ver si se dejan de joder con esas putas monjas. Les monnes, tu comprends? Sí que entendés.
—Callate, boludo —comentó alguien que se acercó desde atrás de su cabeza. Un morocho de bigotes tupidos se inclinó sobre él: sudamericano típico, cabello negro, tez mate, facciones aindiadas pero atractivas. El rubio giró sobre sus talones y, por el ruido, había agarrado al otro por la ropa.
—No te hagas el gallito conmigo, Tigre. —La voz sonó ronca.
—Pará, Briga. Pero mirá si éste...
—Éste es un muerto vivo. Esta vez Mengele se lució de veras. Les mandamos un avisito: no jodan más. Acá el quilombo terminó y somos intocables. Váyanse a investigar a la mierda.
Intentó moverse otra vez pero su cerebro estaba desconectado del resto del cuerpo. Nada. La furia hizo lugar a la desesperación en sus ojos, lo único vivo que le quedaba. Sintió que le faltaba el aire, que sobre el pecho tenía una manta de plomo. El que llamaban “Brigadier” lo miró detenidamente, evaluando el trabajo. La satisfacción en los ojos del otro lo llenó de pánico..
—Vas entendiendo, ¿eh? ¿Querés saber lo que les pasó a tus monjas? —Se sacudió la entrepierna con la mano derecha. —Esto les pasó. No nos gustan los terroristas. “Pelotón de fusilamiento" y "traslado".
—Se resistieron, las guachas. No querían firmar —acotó el morocho.
—Vístanlo, pónganle el pasaporte y el resto de los papeles en el maletín. De vuelta al hotel. El dueño ya sabe que llevan el paquete. Mañana avisa a la cana. Chau, Francia. Un placer.
Lo dejaron tirado en una cama, mudo, impotente, aterrorizado hasta la locura, hasta que al día siguiente llegó la policía.

INGRESA A MIS BLOGS DE NOVELA: EL ALTILLO DEL POLICIAL

Añadido el 16/05/2017
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http://elaltillodelpolicial.blogspot.com.ar/ es mi blog de cuentos policiales. ¡Date una vueltita!

CUENTO: UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO

Añadido el 16/05/2017
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El traje nuevo no le entraba. La bragueta amenazaba con el escándalo público y los botones del saco prometían vaciamiento de órbitas oculares ajenas. Se miró al espejo con desesperación. Se lo había puesto dos veces. Lo había pagado una fortuna, al menos desde su punto de vista presupuestario, y ahora no podía ponérselo. Rebuscó y pescó un pantalón gris que le apretaba pero que lo eximiría de cargos por exhibición indecente. Camisa blanca, corbata azul, saco azul marino que podía llevar sin abotonar. Menos mal que la formalidad de la ocasión no requería del uso del uniforme porque tampoco hubiera podido ponérselo.
Llegó temprano a pesar de los contratiempos estilísticos y pensó aprovechar para ordenar los expedientes amontonados en su escritorio cuando la oleada de saludos lo puso alerta.
Ella llevaba un traje entallado negro con raya diplomática color tiza, que la hacía ver como una institutriz inglesa. ¿Por qué todas esas brujas serán inglesas?
Tuvo que admitir que el aspecto brujeril no la desmerecía en absoluto. Los uniformados se habían lustrado las chapas y los botones dorados, todos peinaditos y sin olor a tabaco o a cosas peores. La comi le dedicó una mirada demasiado neutra para su gusto. Seguro esperaba verme con el traje nuevo. La puta madre, estoy meado por una jauría de mastines de Baskerville. Un estampido hizo girar todas las cabezas hacia su pecera: los expedientes para el archivo habían organizado un movimiento de protesta.
La llegada de la comitiva le ahorró más humillaciones. Los encargados de las erreerrepepé prodigaban sus modestos encantos al nuevo jefe, ocupado en componer su mejor cara de prócer. Él flanqueó en silencio a la comi dejando atrás al resto del personal. Al fin y al cabo soy el segundo del sector, qué carajo. El prócer saludó al aire y dio inicio a la visita de reconocimiento. Al capitán no se le escapó la ojeada oscura del tipo en dirección de la comi, ni el “vista al frente” de ella. Sin percatarse del cruce funesto, los erreerrepepé los presentaron. El tipo inclinó la cabeza con una mueca y la comi calcó el gesto. El capitán miró de reojo a la concurrencia: nadie parecía haber notado nada. ¿Me lo habré imaginado? El nuevo dio por concluída la visita al piso, dio media vuelta y enfiló para su despacho desde donde arengaría a la tropa que ya subía por las escaleras.
Cuando volvió a las oficinas, la puerta de la chapa dorada estaba cerrada. Abrió, asomó la cabeza y preguntó:
— Jefe, ¿se conocen con …?— cabeceó señalando el techo.
Ella asintió con una sonrisa forzada. Esto viene feo.
— Yo… Si me necesita, estoy en mi pecera.
— Gracias — respondió ella sin despegar los ojos de la pantalla. — Capitán…Tiene una mancha en el pantalón. En la rodilla.
Por eso las miradas… No tuvo tiempo de seguir compadeciéndose: el interno de la comi chirrió, ella levantó el auricular, respondió un “sí” seco y le dijo:
— Arriba. Quiere hablar con nosotros.
El jefe los esperaba detrás del escritorio monumental, sentado como si el sillón fuera un trono.
Los otros oficiales estaban llegando y se amontonaban en medio de un silencio incómodo. El discurso no fue nada del otro mundo: “vamos a trabajar duro”, “no voy a tolerar errores” y los demás lugares comunes de todos los nuevos en el día que asumen. Lo malo vino a continuación. Volvieron a sus escritorios en silencio. La comi cerró la puerta detrás de sí y él no tuvo más remedio que irse a su cubículo a recoger expedientes desparramados. El nuevo detestaba el desorden, el incumplimiento administrativo, los retrasos en los informes escritos y las manchas en los pantalones.
El peor lunes de su vida terminó sin más novedades y se fue a su casa sin que la puerta del despacho principal del piso se abriera en toda la tarde.
El día siguiente no fue mejor. La tropa sufría de un ataque virulento de burocracia y archivaba hasta los casos que no estaban cerrados. En su escritorio encontró un apercibimiento por llegada tarde. Furioso, agarró el papelucho y enfiló hacia el despacho principal. Entró sin golpear. La comi sostenía un papel sospechosamente parecido al suyo. Él dejó la nota sobre el escritorio, ella la tomó, la rompió junto con la suya y tiró el bollito al cesto.
— Vamos. Hay un cadáver esperando.
Trotó detrás de ella con una sonrisa de oreja a oreja.

El cuerpo los esperaba en una de las terminales de tren, cuidadosamente acuchillado. Los auxiliares del forense ya estaban sacando fotografías del inodoro y las paredes embadurnadas de sangre y algunos otros fluidos más escatológicos. Cuando retiraron el cuerpo, la comi se agachó junto al sanitario y le hizo señas para que se acercara.
— Mire, parecen letras — señaló unos trazos irregulares de color oscuro en las baldosas gastadas.
Se inclinó por encima de la comi para ver mientras ella fotografiaba las manchas emborronadas con el celular y después las paredes del retrete.
— Al jefe de estación no le va a gustar un carajo que le clausuremos el sanitario— dijo él.
— Por tiempo indefinido —ella completó con una ceja levantada.
Cuando salieron ya había gente reclamando frente al acordonamiento policial. Con disimulo, la comi sacó fotos de los protestones y de los alrededores.
Interrogaron al personal de vigilancia que en el momento del crimen estaba vigilando otra cosa, y a testigos que no habían presenciado ni oído nada que sirviera como testimonio. Al finado lo habían cosido a puñaladas sin que nadie se diera cuenta, en el retrete de un baño de estación terminal de tren.
La comi llamó a la morgue: el óbito podía establecerse dentro de la última hora y media. Le enviarían el resto de los detalles junto con el informe, clic.
— Mi Dios, qué formales estamos— suspiró ella cerrando el teléfono.
— O sea que lo liquidaron a la hora pico. Por eso nadie escuchó nada. Estaban todos ocupados en otra cosa.
— Vamos a averiguar quién era este sujeto— ella hizo un ademán invitándolo a seguirla.
— No parecía un empleado rumbo a la oficina. Por lo que llevaba puesto, digo.
— Más bien, un operario de alguna fábrica o taller. Pero, ¿en este horario? — lo miró.

El jefe de estación confirmó lo que sospechaban: el hombre dormía en la estación, como tantos otros sin-techo. A veces los corrían un poco, más que nada para cumplir con los reglamentos municipales, pero en invierno los dejaban en paz. Al fin y al cabo uno era un ser humano, ¿no? Por supuesto, asintieron. El finado era limpio y no pedía limosna. Se sentaba en los bancos a leer los diarios o revistas que encontraba tirados, ayudaba a cargar bultos en los vagones o a llevarlos hasta los taxis y aceptaba lo que le dieran con un gesto correcto. Jamás pedía. Se bañaba en las duchas públicas. No era de los que se emborrachaban o robaban a los pasajeros. A esos los tenían identificados, explicó el jefe con un encogimiento de hombros. Cada tanto los corrían, pasaban una o dos noches adentro y después volvían con alguna ropa nueva para camuflarse, pero ellos los tenían bien calados a todos. ¿Podían ver las grabaciones de vigilancia?, preguntó el capitán y y el jefe de estación los invitó a pasar a la oficina de monitoreo. Les mostró los borrachos y señaló dónde dormían; los carteristas se iban después de la última oleada del día y volvían al día siguiente, como los auténticos trabajadores que eran. Los ladrones de verdad, bueno, esos tardaban en regresar. Le pidieron una copia de las grabaciones y el capitán rezó mentalmente porque el programa de reconocimiento de imágenes estuviera funcionando.
De vuelta en su cubículo, se enteró de que Dios no había escuchado sus plegarias y que el jefe los había llamado varias veces a sus respectivos internos, sin respuesta. Obvio, estábamos en un procedimiento. ¿Por qué no llamó a los celulares?¿Se cree que los fiambres vienen hasta acá para hacer la denuncia?
La comisario acabó con sus preguntas retóricas.
— A partir de hoy, cada salida debe ser informada. Por escrito — sacudió un papel con membrete oficial y número de circular interna.
— ¿Me está jodiendo? — se le escapó entre dientes.
— Yo no. Él sí, — ella sacudió la cabeza señalando el techo.
— Me voy a ver las grabaciones de mierda.
— Vamos.
Cuatro grabaciones más tarde, habían identificado a casi todos los desconocidos de siempre de la estación. Entre los dos armaron la lista y se repartieron los interrogatorios.
— No se olvide de completar el formulario de salida de mañana— dijo ella mientras apagaba su pc.
Él masculló algo ininteligible e insultante dirigido al piso superior.
La mañana siguiente se la pasaron entre el hall central y los andenes, interrogando borrachos y asustando carteristas. A mediodía se sentaron ante dos cafés con leche y cuatro medialunas a intercambiar impresiones. Los carteristas recordaban al finado como uno que jamás tenía problemas con nadie. No podían imaginar quién querría cargárselo, ni el motivo.
A la hora de interrogar a los borrachos, por prudencia lo hicieron juntos. Uno de los pocos que estaban casi sobrios recordó que el finado había llegado a la estación hacía ocho meses. ¿Y por qué tanta precisión?, preguntó el capitán. Porque habían salido juntos de la cárcel de (***), habían tomado el tren y llegado a la terminal. ¿Y después? Después, él había intentado conseguir algún trabajito acá y allá pero claro, uno se pone viejo y n olo quieren en ningún lado. Y menos todavía con tus antecedentes, meditó el capitán. ¿Y su compañero? Nada, él se había quedado en la estación. No había vuelto a salir a la calle.
Los de Huellas Digitales ya habían identificado el cuerpo y la comi verificó la versión del exconvicto. El informe forense estaba listo sobre el escritorio de la comi.
— ¿Cuánto tiempo estuvo este fulano adentro? — preguntó la comisario.
— Entre todas las condenas, unos doce años. La última vez estuvo cinco adentro, por reincidente. Todos robos menores.
— ¿Y el amigo borrachín?
— Robo a mano armada. La última condena fue de quince años, también por reincidencia.
La comisario sacó el celular de su bolso y lo conectó a la pc. Cliqueó acá y allá y giró la pantalla para mostrarle las imágenes tomadas en el baño donde había aparecido el cuerpo.
— De verdad parecen letras — admitió él —, aunque… Espere.
Tomó una hoja, metió los dedos en un pocillo de café y dibujó varios trazos. Ella mientras tanto, imprimió la fotografía.
— Hágalo otra vez.
Obediente, se mojó los dedos en el café y repitio el dibujo.
— Ahora, levante el dedo mayor— ordenó ella, tan entusiasmada que no se dio cuenta de que el café era el suyo.
— Acá está el listado de los que interrogamos hoy.
Lo revisaron juntos. Ella empujó su sillón con rueditas hacia atrás y resopló.
— Podría no tener nada que ver.
— Con probar no perdemos nada— replicó él, entusiasmado con el descubrimiento.
— ¿Quién va: Ud. o yo? Alguien tiene que quedarse a hacer el informe del día.
— Yo voy, Ud. escribe, jefe. Tiene más linda letra.
Ella le dedicó una ojeada asesina.
— El próximo lo hace Ud.
La verdad es que no quería que ella anduviera de nuevo entre borrachos y malandrines. Cuando llegó a la estación, los carteristas estaban tomando café en un mostrador y lo saludaron con un movimiento de cabeza. Preguntó por uno de los habituales y lo miraron como si preguntara por un ilegal vietnamita y tuvo que mostrarles la fotito del prontuario.
— ¡Ah! El Macana. Hoy no vino.
— Hace unos tres o cuatro días que no viene— intervino su compañero entre sorbo y sorbo — . Está pasando una temporadita adentro.
Los otros menearon la cabeza y se encogieron de hombros y el capitán descartó al Macana de la lista de los sospechosos.
— ¿Y… éste?— sacó otra foto.
— Bombón. Acabo de verlo en el andén 5. Está por llegar un convoy.
— ¿Y ustedes?
— Jefe, hay trabajo para todos. Si todos vamos al mismo lugar, las cosas terminan mal. Nos repartimos los andenes y los trenes buenos y nadie tiene quejas.
La información le hizo cambiar la estrategia. Consiguió una grilla de horarios y volvió al bar. Bombón había reemplazado a uno de sus compañeros en el mostrador.
— Dedos está en el 8 — aclaró Bombón con la boca llena de medialunas.
— Muchachos, ¿quién estaba trabajando y quién no cuando se cargaron al finado del baño? Traje un horario de trenes y…
— Jefe — respondió Bombón—, nosotros trabajamos a mano limpia, ¿entiende? Nada de fierros ni púas. Nunca. Así, cuando nos toca ir adentro, salimos rapidito y sin problemas.
— ¿Ninguno de ustedes…?
— No. No sería ético — respondió el hombre mirándolo a los ojos sin parpadear.
A la mierda. Acabo de darme un porrazo contra la ética de los carteristas.
— ¿Y los borrachines?
— Yo no pongo las manos en el fuego por ninguno — rezongó Dedos, que volvía de cumplir con sus tareas habituales.
— No exageres— replicó el otro—. Son buena gente.
— Pero cuando se pasan con el trago se ponen pesados.
— Y los sacan a patadas hasta el primer patrullero que pasa por la puerta.
— ¿Alguna vez los vieron en una discusión, o sacando un arma?— el capitán interrumpió la disquisición.
— Por lo general se van a las manos. Si tuvieran armas, los de vigilancia les habrían echado encima a la cana hace rato. Ninguno calza nada.
— Pero al tipo del baño lo apuñalaron— insistió el capitán.
— Ningún fijo de la estación, jefe — Dedos fue terminante.
— Podría haberse robado un cuchillo de algún bar — insinuó el capitán, aunque por la autopsia sabía que no se trataba de una hoja de cocina.
—La mayoría usa descartables y los que dan cubiertos de metal no dejan entrar indeseables— aseguró Bombón.
— ¿Y los sin-techo? Vi a unos cuantos escabulléndose en los baños— el capitán se negaba a darse por vencido.
— Esos son los que menos posibilidades tienen de cagarla. No tienen adónde ir. El jefe de acá es un buen tipo y se hace el que no los ve pero si alguno se pasa de la raya o molesta, adiós.
Se despidió de los muchachos cuando los altavoces anunciaban el ingreso de un convoy en el andén 2.
Sentado en uno de los bancos del hall central, llamó a la comisario.
— Estamos como al principio — gruñó.
— No— dijo ella—. Descartamos a unos cuantos sospechosos.
— ¡Claro, y nos quedan todos los pasajeros que a la hora del crimen pasan por la estación!
— Sólo los que fueron al baño.
¿Hoy te levantaste de buen humor, bruja? El pulso homicida le palpitó a la altura del plexo solar, pero la frase siguiente le apaciguó el ánimo.
— Capitán, Ud. y yo vamos a darnos una panzada de cine. Pida copia de todos los videos de vigilancia de la semana del homicidio.

Las manos le temblaron cuando cargó el video, no sabía si por cansancio o por exceso de cafeína. En el sillón de al lado, la comi se desperezaba como un gato.
— Dios, me duelen los ojos, la cabeza, la espalda, me aprietan los zapatos, me molesta el reloj…— murmuró ella mientras se removía tratando de sobrellevar sus malestares.
De reojo le pescó el gesto de estirar los breteles del corpiño y casi se ofreció a aliviar tanta tensión.
— ¡Ahí! Pare la película.
Saltó en su asiento lleno de pensamientos culpables.
— ¿Dónde?
— Antes. Un poquito más… Ahí— el dedito acusador se posó en el lugar de la pantalla donde un hombre bien vestido pasaba junto al finado, todavía vivo gracias al viaje en el tiempo del video.
— ¿Qué hay? — rezongó él— No sé qué tiene de distinto ese.
— Mírelo bien. Ahora, adelante la película a baja velocidad.
Un cuadro. El tipo pasaba sin mirar. Otro. El finado giraba la cabeza. Un poco más. El tipo se detenía a encender un cigarrillo. El finado giraba más la cabeza mirando fijo. Otro poco. El finado en el instante de levantarse. El siguiente. El finado de pie detrás del tipo de sobretodo. El del sobretodo que volvía la cabeza. Otro más. Se miraban. El del sobretodo se alejaba. El otro volvía al asiento.
— Bueno, se miraron, ¿y qué?
—Vaya al compilado del día siguiente en ese mismo horario.
El mismo tipo, con el mismo sobretodo, alejándose muy rápido del pasillo central. El finado se levantaba. Alcanzaba al del sobretodo. Caminaban juntos sin mirarse. El finado volvía a su asiento. Sin que la comi le dijera nada, el capitán buscó el video del día siguiente. Esta vez el finado se levantaba antes de que el tren terminara de detenerse y esperaba a la salida del andén. Montones de personas. El del sobretodo, con otro abrigo tan elegante como el primero. Se miraron con la comi y él pidió un acercamiento. El hombre bien vestido fumaba durante un minuto eterno frente al sin-techo. Después aplastaba el cigarrillo y se alejaba. El sin-techo volvía a su lugar. Diez minutos después se levantaba e iba a los baños, a la misma hora en que lo hacía habitualmente según se desprendía de los videos.
— Vea la expresión de odio de ese hombre.
— No le gustarán los sin-techo y éste le habrá pedido algo, un cigarrillo, quién sabe…
— Capitán, Ud. a veces me asombra — ella lo interrumpió.
— ¿De verdad? — preguntó ilusionado.
Ella lo miró con ojos como cuchillos.
— Ponga la cinta del día siguiente, ¿quiere?
Obedeció sin decir mu, no fuera cosa que de esa boquita pintada como un corazón brotaran insultos dignos de un camionero.
El andén se poblaba de hormigas vestidas para trabajo en oficina. El sin-techo estaba sentado en su banco habitual, leyendo un diario. El hombre del sobretodo se detuvo a su lado. Era obvio que hablaban pero el ruido de los altavoces de la estación tapaba cualquier conversación. El del maletín se iba. El otro esperaba, retomaba el diario y a la hora de siempre iba al baño.
— Un hombre de conducta.
— Ahórreme la escatología y vaya al día del crimen.
— ¡Síseñora!
El hombre del maletín pasaba de largo junto al banco del sin-techo, sin mirarlo. Caminaba algo más apurado que de costumbre y entraba a los sanitarios. El sin-techo doblaba el diario, se levantaba y también entraba a los baños. Las cámaras mostraban al hombre del maletín saliendo del baño rumbo a la entrada principal de la estación. El sin-techo ya no volvería a salir.
— Le afectó el cambio de horarios— bromeó el capitán.
— Mañana nos vamos a la estación bien tempranito a esperar a nuestro ejecutivo.
— Por si acaso voy al baño antes.
Ella ni siquiera se tomó la molestia de censurarle la humorada.
Se encontraron en la entrada principal cuando el convoy entraba al andén. Tuvieron que correr hasta sus puestos de observación. Interceptaron al hombre cuando se detenía a encender un cigarrillo. Puso cara de nada cuando le mostraron la foto del finado. La comisario abrió el bolso insondable y sacó un reproductor de DVD portátil. El capitán se amargó pensando en las sanciones que recibirían por retirar material sin autorización.
— Mire — la comi giró la pantallita hacia el hombre, que masticaba un cigarrillo— ¿Lo recuerda ahora?
El hombre tragó saliva y asintió. La comi lo invitó a continuar la conversación en su despacho.
Sí, su nombre y apellido empezaban con la misma inicial, ¿qué tenía de raro?
Nada, respondió la comisario, mientras el capitán aguantaba un saltito al recordar las letras que había dibujado el muerto con su propia sangre.
¿De dónde conocía al occiso?, continuó la comi.
Había conocido al finado en prisión. Era su primera condena, había salido por buena conducta. Ahora tenía un buen empleo y por supuesto, no conocían sus antecedentes. Unos días atrás había sido abordado por un hombre que resultó ser su antiguo compañero de celda. El tipo vivía en la estación, sin empleo ni posibilidad de conseguirlo. Y él había tenido éxito, ¿no? Iba bien vestido y viajaba en el horario de los oficinistas de clase alta. Seguro trabajaba en un buen lugar y vivía bien. ¿No quería ayudar a un amigo? Le consiguió la plata y se la había dado el día en que lo habían matado. En el baño. Él había salido primero y no lo había vuelto a ver.
El capitán le hizo una seña a la comisario y salieron de la sala de interrogatorios.
— Lo estoy pasando por el fichero para verificar la versión.
La sonrisa de gato esta vez fue para él solito.
— Bien, capitán, bien... Dejémoslo cocinándose un ratito más entonces.
Un cabo se les acercó agitando unos impresos.
— Comisario, capitán… — el pobre cabo vacilaba — Las… las salidas de hoy…
— No salimos. Ni siquiera vinimos esta mañana. Acabamos de llegar— interrumpió la comisario.
— Eso también. O sea... Los formularios…
Ella tomó los papeles y los rompió sin mirarlos.
— Gracias, cabo.
El pobre chico casi se atragantó del susto.
— Cabo, estamos esperando un informe del Servicio de Penitenciaría. ¿Me haría el favor…?
— Ya mismo, señora. Ya voy. Voy— salió corriendo y volvió corriendo en menos de dos minutos con un fax. La comi se apartó para leerlo.
— Capitán— jadeó el cabo—, por favor, yo les entregué los formularios y si no los llevo firmados …
— No se preocupe, Ud. cumplió con su deber. Ahora el problema es nuestro.
Volvió a la sala de interrogatorio y la comisario ya estaba sentada frente al tipo. Se paró detrás de ella, inexpresivo no por el posible asesino sentado del otro lado de la mesa sino porque se había visto en el reflejo del cristal y se había encontrado la mancha en la corbata.
— Cuatro años por estafa.
El tipo asintió.
— Pero esta foto no se le parece mucho.
— Bueno, uno se corta el pelo, baja de peso…
— Se hace una buena cirugía estética…
El tipo se removió incómodo.
— Me rompieron el tabique en prisión. Quisieron abusarme.
— Tuvo suerte de que fuera casi al final el intento. Por lo general les dan el primer día — retrucó ella en su tono más desagradable mientras sacudía el fax.
El tipo desvió la mirada. El capitán tomó las hojas y comparó la foto con el original en vivo.
— Y de paso, se arregló las orejas, las cejas, el mentón… Buen trabajo — comentó.
— No está prohibido, ¿no? — el otro se ofuscó.
— Para nada. Se consiguió una cara nueva, una vida nueva, casa. trabajo, amistades. Pero hay cosas de uno que no cambian nunca.
El hombre lo espió desde debajo de las cejas. El capitán se encogió de hombros mientras enumeraba con los dedos.
— La forma de caminar, de mirar, pararse, fumar. Hasta el modo en que uno enciende un cigarrillo.
Transcurrió un silencio durante el cual la respiración del tipo se volvió pesada.
— No tenía derecho a venir a joderlo— dijo la comi suavemente— . Ud se esforzó, cambió, se hizo una vida y él estaba ahí, haciendo lo que mejor sabía: nada. Un inútil, inservible. Ni siquiera era un buen ladrón. Se pasó la vida en cana, entrando y saliendo.
El tipo asentía con los ojos cerrados muy apretados.
— Y ese día el destino los cruzó. A pesar de todo, él lo reconoció cuando Ud. encendió el cigarrillo.
— Vino a pedirme fuego. Ni siquiera fumaba pero se acercó y me dijo: “Te queda bien”. Por la nariz, claro.
—Él fue el que se la rompió, ¿no?— preguntó ella.
El hombre asintió despacio. Transcurrió otra pausa densa.
— ¿Con qué lo amenazó en el baño?
El hombre tragó saliva. Le costaba despegar los labios.
— Creí que quería plata y nada más. Le hubiera dado lo que me hubiera pedido. “Yo todavía me acuerdo”, me dijo. “Te gustaba. A mí también. Podemos retomar la relación. Te voy a buscar a la oficina, ¿qué te parece?” . Y sonreía.
— ¿Y el arma?— preguntó el capitán y le pareció que su propia voz venía desde muy lejos.
— Una navaja suiza. Mía. Siempre había querido una y acababa de comprarla. La tiré en un cesto de basura de la calle.
Golpearon a la puerta. Era el juez de instrucción de turno. La comi le ofreció al hombre llamar a un abogado y él aceptó. Ellos dos subieron a su piso mientras los otros se quedaban esperando.

Encima de la pila eterna de expedientes había una nota con membrete oficial y firmada por el jefe. Lo habían suspendido. Salió de su cubículo echando humo, nada más que para ver a la comi salir de su despacho con el bolso y el abrigo puesto.
— ¿Adónde va? — ladró.
— A mi casa. Acaban de suspenderme.
— A mí también.
— Lo invito a tomar un café en algún lugar soleado.
— Excelente.
— Yo manejo.
— No joda, en su auto no entramos.
— Bueno, cada uno en su auto.
El cabo de los formularios entró a la carrera.
— Comisario… Capitán… —jadeó — El … El jefe quiere que le entreguen las placas y las armas…
La comi abrió el bolso y dejó sobre un escritorio una .38 corta y la placa.
— Buen día, cabo— sonrió la comi al pobrecito y después se volvió hacia él — ¿Vamos?
Él dejó su 9 mm y su placa primorosamente acomodados junto a la .38 y la placa dorada.
— Después de Ud., jefe. Cabo, salude al comisario de mi parte.

UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO - ABRIL

Añadido el 22/05/2017
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El frío estaba en retirada aunque la derrota no estaba asegurada todavía. Pero la tregua se prolongaba, dando esperanza a los míseros mortales. No porque hubiera dejado de llover: eso habría sido motivo de festejos. Claro que la capa para servicio en vía pública incautada en el depósito de materiales cumpía con su cometido acabadamente, protegiéndolo de los meteoros hídricos. Y no le quedaba nada mal, no señor. De hecho, se veía (y se sentía) imponente, la estatua en bronce de un héroe de la revolución, la mirada perdida en el horizonte por donde amanecería la república, la capa ondeando al viento… Una exclamación y un insulto contenido interrumpieron sus pensamientos sublimes: alguien había resbalado en el charquito de agua que indefectiblemente dejaba la puta capa. Levantó el interno y llamó a los de la limpieza, no fuera cosa que alguno se accidentara.
El murmullo general de la oficina subió y bajó.
"La comi acaba de llegar. "
Pasaron cinco minutos y el interno no sonaba.
" ¿No me va a llamar?"
Se incorporó a medias y espió por el vidrio de su pecera: la puerta del otro lado de la oficina estaba cerrada. Se sentó y continuó completando el informe, pero después de la tercera línea se impacientó.
"¿Por qué mierda no me llama? "
Salió del cubículo con la intención aparente de servirse café y verificar si habían secado el piso.
— Buen día, capitán.
— Buen día, sargento.
— Parece que va a dejar de llover.
— Sería maravilloso
Y otras intrascendencias por el estilo. La puerta seguía cerrada y su malhumor, en aumento.
Volvió a su pecera, cerró la puerta, se sentó, agarró la lapicera, la soltó, cerró el expediente de un tortazo, se levantó y salió. ¿Quién se creía ella que era él, que no le daba ni la hora? De reojo, se acomodó la camisa dentro del pantalón y le puso gesto adusto al reflejo en el vidrio. Iba a paso firme hacia el despacho cuando la puerta se abrió. Casi se cayó de culo. ¿Qué hacía ese tipo ahí?
— Ah, capitán, estaba a punto de llamarlo. Pase. Siéntese.
"¿Para qué? ¿Quién carajo es este individuo? "
El otro se sentó en el sillón de la comisario y abrió una carpeta.
— Capitán, su expediente personal deja un poco que desear últimamente…
¿Quién era ese imbécil para evaluar su expediente personal? No aguantó más.
— ¿Dónde está la comisario…?
El otro no lo dejó terminar.
— Ah, claro. Ud. también estuvo suspendido. La comisario fue transferida.
¿Adónde? ¿De qué habla este tipo?
— Espero que tengamos una colaboración productiva y ordenada— dijo el tipo ese, sin ocuparse más de "su" comisario. La suya. El tipo tenía un discurso calcado del jefe, con informes, partes, formularios, firmas, autorizaciones y circulares internas. Lo único que él pudo hacer fue asentir sin pronunciar palabra para que no se le escaparan todas las barbaridades que le estrangulaban el paso del aire.
— Ah, capitán, una cosa más— el tipo se puso doctoral—. Estamos preocupados por el estado físico de todos nuestros agentes. Consideramos que debe ser óptimo para cumplir óptimamente con nuestro trabajo, de fundamental importancia para la sociedad. Un equipo médico nos visitará para evaluar al personal. Mañana. Le sugiero puntualidad. Eso es todo.
Se levantó agarrándose de los brazos del sillón como si quisiera arrancarlos. Salió de la oficina como un zombie. Caminó hasta la máquina de café de memoria, sin saludar a los que lo cruzaban.
¿Para esto había hecho carrera en la policía? ¿Para llenar formularios, planillas y estadísticas? ¿Para que lo suspendieran por llegar tarde? ¿Para que le echaran en cara las manchas del pantalón? ¿Para que lo llamaran gordo, así, sin descaro alguno? ¿Para que a ella la hubieran trasladado o transferido o lo que fuere sin que él supiera adónde? El café le salpicó la mano y la otra pernera del pantalón. Volvió a su cubículo atestado de papeles: encima de la pila más baja había un juego de formularios.
Se atornilló al silloncito desvencijado y ni siquiera asomó la nariz para tomar un café. La furia le vino bien porque completó varios expedientes y los apiló en la bandeja de “Archivo”. Estaba a punto de irse a su casa sin saludar a nadie cuando el cabo de los formularios entró.
— Capitán… — murmuró el pobre chico—, los… ¿formularios? — señaló apenas con la mirada los papeles impresos.
— ¿Qué quiere? — farfulló él.
— Necesito… llevarlos… completos.
Imágenes de violencia extrema le cruzaron la mente. Se contuvo como pudo, manoteó un bolígrafo y empezó a escribir.
— Capitán, ¿no tiene una lapicera azul o negra? — murmuró el cabo, horrorizado.
— No.
Firmó con rúbrica enorme, megalómana y roja y deslizó los papeles por encima del escritorio.
— Ya está.
— Gracias.
Una idea lo asaltó.
—¡Cabo!
El chico se quedó paralizado en la puerta.
— ¿En qué sector está la comisario?
El otro lo miró durante décimas de segundo sin entender y después:
— Yo… la vi por el piso de abajo… —dijo el cabo antes de salir corriendo.
Voló por las escaleras con un mal sentimiento en el pecho. ¿Fichero general?¿Informaciones? ¿Finanzas y Presupuesto?
"No, no es posible… "
Entró a la oficina y dos administrativos con aires de superioridad lo miraron con algo muy parecido al desprecio. ¿A quién buscaba? Se los dijo y uno señaló una puerta a la izquierda. Abrió la puerta sin golpear ni preguntar.
La comisario se repantigó en un sillón que chilló por la falta de respeto.
— ¿Qué está haciendo acá? — él casi ladró.
— Tardó todo un día en encontrarme. ¿Está perdiendo el entrenamiento?
"Encima me toma el pelo."
No sabía si alegrarse o acogotarla. Puso jeta y se sentó.
— Estuve todo el día completando expedientes y toneladas de formularios de mierda— gruñó.
— ¿Vio qué cantidad de formularios nuevos?— la comi se balanceó en su sillón con un brillito sospechoso en la mirada.
— Duplicado, triplicado, verdes, amarillos, numerados, con letras… ¡Por Dios! Lo de los expedientes, bueno, reconozco que soy un poco vago y… se me juntan en el escritorio, pero, ¿permisos de salida? ¿Apercibimientos por llegada tarde? ¿Qué mierda es esto, una escuela? ¡Como si ya no tuviéramos suficientes papeles! ¿Quién se ocupa de los delincuentes en este lugar?
La sonrisa de depredador de la comi lo inquietó.
— Nosotros.
El capitán casi saltó del sillón.
—¿Nosotros? ¡Ud está anclada en este sector de mierda y yo no paro de llenar papeles! ¡La gran…!
— Capitán— la voz sedosa lo detuvo—, le recuerdo que la defraudación también es un crimen.
—¿Y para qué están los de Delitos Económicos?
— Que por lo general se ocupan de delitos externos…
— ¿Qué quiere decir?
— ¿No se lo imagina?
Silencio. Cruce de miradas. Él levantó una ceja. “¿Acá?”
Ella encogió un hombro. “¿Y por qué no?”.
El capitán acercó su silloncito al escritorio y bajó la voz.
— ¿De quién estamos…?
— Ud. lo dijo, capitán. Hay demasiados papeles nuevos dando vueltas.
La insinuación de la comisario le retorció el escroto.
"Nos van a cortar la cabeza. Y algo más también. A mí por lo menos." El pulso de adrenalina le aceleró la respiración.
— ¿Qué hacemos? — susurró.
— Juntar papeles— respondió la comisario mientras se levantaba del sillón y rodeaba el escritorio — Vámonos.
Mientras salían, la comi le explicó qué tenía que hacer.
— Tenemos que reunir pruebas, capitán.
— Será un placer, jefe.

Cuando llegó al día siguiente, una nota en su escritorio lo citaba en la oficina X de la planta baja, diez minutos atrás. Se sirvió un café y morosamente bajó las escaleras, saludando a cuanto ser viviente se cruzó, incluídas las arañas. Delante de la oficina X había una cola de cinco o seis oficiales conversando en voz baja. El capitán no acababa de dar los buenos días que la puerta se abrió y un sujeto con guardapolvo blanco asomó diciendo su nombre. El se identificó y el otro lo recriminó por llegar tarde. No fue la única humillación que le infligió el sujeto: le tomó el pulso y la presión; lo obligó a toser, a desvestirse y a subirse a la balanza. Llenó dos planillas sin mirarlo y le tendió un fajo de papeles, entre ellos un certificado que decía “PROVISORIO” en letras de neón.
— En una semana deberá presentarse con todos estos estudios al nutricionista para que le prepare una dieta adecuada más un plan de ejercicios— escupió el tipo, mirándolo con un dejo de desprecio—. El buen estado físico debería ser una prioridad para los oficiales de las brigadas.
Farfulló un saludo, le arrancó los papeles de la mano y salió.


Dos días después, el capitán había extraviado el certificado y las órdenes para análisis y había reunido una pila de formularios en varios colores, por duplicado y triplicado que le daría envidia a la Torre de Babel. No había sector, división, brigada o departamento que no hubiera sido favorecido con la asignación de por lo menos cinco formularios nuevos.
A las nueve menos cuarto de la noche del jueves el capitán depositó en el escritorio del segundo piso de la comisario, una caja de archivos a la que no podía cerrársele la tapa. La comi levantó una ceja, después levantó la tapa y sonrió como un gato de cacería.
Afuera no quedaba nadie, lo que no era de extrañar: el departamento de Finanzas y Presupuesto no resolvía casos fuera de horario. Se encerraron en el despacho a clasificar los papeles. Cuarenta y cinco minutos más tarde, los habían separado en tres pilas, correspondientes a tres proveedores diferentes. La comisario se volvió hacia su pc y abrió una pantalla que el capitán sólo conocía de vista pero a la que no tenía acceso, como la mayoría de los miembros de la fuerza.
— ¿Cómo es que puede acceder ahí? — preguntó el capitán.
— Bueno, todavía tengo amigos acá adentro — dijo ella mientras los deditos le volaban por encima del teclado.
El capitán se descubrió imaginando esos deditos tecleando sobre algunas partes de su anatomía y sacudió la cabeza para espantar los pensamientos.
— ¿Está cansado? — preguntó la comi sin despegar los ojos de la pantalla.
— ¡Eh? ¡Ah, no! Es que me quedé pensando…en …
La impresora lo salvó de dar más explicaciones. La comi le alcanzó las hojas y él casi se atragantó con su propia saliva mientras leía.
— Esto es…
— Un delito— ella terminó la frase con una sonrisa que él calificó de felicidad.
— ¿Cómo seguimos?
— Juntamos todo y nos vamos derechito al Ministerio del Interior.
— ¿A esta hora?
— Ajá.

El secretario de Finanzas del Ministerio tenía una cara de culo que espantaba.
— Es mi aniversario de casados. Mi mujer me va a matar.
— Le prometo que va a estar de vuelta en menos de media hora — dijo la comi mientras le plantaba encima del escritorio la caja de archivo.
— ¡No pretenderá que revise todo esto!— ladró el tipo.
— El grueso es evidencia. Vea estas cinco páginas, nada más.
El secretario tomó los papeles y la cara le cambió a medida que leía.
— ¡Es inconcebible! ¡Nos tomaron por idiotas!
Ni el capitán ni la comisario osaron confirmar los dichos del secretario.
"Tampoco es cuestión de ofenderlo."
El hombre sacó un celular y le ladró a los cuatro o cinco incautos que respondieron a esa hora. En menos de diez minutos aparecieron dos de los convocados, jurando que otros dos estaban en camino. El secretario les pidió al capitán y a la comisario que esperaran fuera.
— Se les viene la filípica— comentó el capitán.
— Y algo más. A estos niños prodigio de las finanzas se les escapó la tortuga— aseguró la comisario.
La puerta se abrió y cuatro jóvenes funcionarios con un futuro dudoso salieron a toda velocidad, llevándose la evidencia incriminatoria. El secretario se asomó y les hizo señas para que entraran.
— Comisario, capitán, Acabo de hablar con el Ministro. Las cosas van a cambiar muy pronto.
Iban por el pasillo cuando el secretario salió de su despacho hablando por celular. Los sobrepasó a toda velocidad mientras juraba que en cinco minutos estaba en el restaurante. El capitán se quedó meditando sobre la eficiencia de los funcionarios públicos casados en ocasión de celebraciones conyugales.

El lunes, un ventarrón seco barrió todas las nubes y una circular del Ministerio del Interior barrió las cúpulas de varias brigadas y de algunas jefaturas, y devolvió a sus puestos a oficiales superiores que estaban vacacionando en departamentos tan diversos como Finanzas y Presupuesto, Recursos Humanos y Prensa y Relaciones Institucionales.
Por primera vez en varias semanas, el capitán llegó sin su equipo para la lluvia, aunque si ese día estuviera diluviando, no le habría importado demasiado. Apenas entró miró hacia el despacho principal: la puerta estaba abierta y había olor a café recién hecho. Entró, se sirvió un café y se sentó frente a la comi.
— Me debe una explicación.
— Todas las que quiera — dijo ella.
— ¿Cómo fue que se dio cuenta del operativo que habían montado estos tipos?
— ¿Sabe, capitán? Tuve suerte: me mandaron a Finanzas y Presupuesto pensando que como no tengo formación contable ni nada parecido, lo único que haría sería llenar formularios que fueran necesarios y arrastrarme de rodillas para volver a mi brigada . El resto lo resolvió mi padre.
— No sabía que su padre era policía.
La comisario sonrió y esta vez era una sonrisa amorosa y no la de depredador a la que lo tenía acostumbrado.
— No. Papá es funcionario público jubilado de la Secretaría de Vivienda. Cuando le conté cómo nos habían tapado de papeles y burocracia nueva de la noche a la mañana, me explicó que ninguna repartición puede contratar a terceros por encima de determinados montos sin una licitación pública. Ni el Ministerio del Interior se salva de esa. Los proveedores deben estar identificados y autorizados y los pliegos de licitación, publicados en medios oficiales lo mismo que las adjudicaciones. Y que obviamente todo eso lleva tiempo; por lo general, meses. La contratación directa sólo es válida para montos pequeños que establece cada repartición. Busqué y no había rastros de licitación para la impresión de todos esos formularios: sólo un montón de pagos de facturas recientes de proveedores que nunca antes habían trabajado con el Ministerio o la policía. Si bien los montos no superaban cierto valor, el total para cada proveedor superaba el máximo permitido para contratación directa. Después fue cuestión de reunir el material, conseguir los comprobantes de los pagos y demostrar que se estaba cometiendo un ilícito.
— O sea que todo ese fárrago era nada más que la cobertura para la estafa.
La comisario se levantó a buscar más café y replicó:
— Exacto. Pero no creo que terminara ahí y nada más.
— ¿Cómo es eso?
— Los papeles ocupan mucho lugar. En cuanto empezáramos a archivar los benditos formularios, nos encontraríamos en la disyuntiva de echar gente para poner armarios, o mudarnos a un edificio más grande y con más capacidad de archivo…
— O construir un depósito, o un edificio de oficinas nuevo o… lo que fuese…¡Ah!
— ¿Lo ve?
— Más licitaciones, aunque esta vez fueran verdaderas, más proveedores…
— Seguramente algunos nuevos…
— Seguramente amigos de alguien con el poder de adjudicarles la obra…
Se quedaron callados y pensativos, saboreando café.
— Resta un solo interrogante— dijo él mientras dejaba la tacita sobre el escritorio— ¿Qué van a hacer ahora con todos esos papeles inútiles?
Ella lo miró con una ceja levantada.
— Esa es una muy buena pregunta.
— Mientras no llamen a licitación…
Se sonrieron con ferocidad.
— Ah, capitán… — la comisario lo detuvo justo cuando él cruzaba la oficina general rumbo a su escritorio—. Llamaron del servicio médico. Ud. faltó a una cita con el nutricionista.
— El nutricionista se puede ir a la …
— Nuevas directivas. El estado de salud de la oficialidad debe ser motivo de orgullo para la fuerza.
— ¡Nunca estuve más sano en mi puta vida!
La comi se levantó y le alcanzó un fax de un metro de largo con una chorrera de análisis clínicos.
— Me lo dejaron esta mañana en mi escritorio. Es mi responsabilidad velar por la salud de mis subordinados. Mañana, en ayunas. Lleve una muestra de orina. Y después vaya a ver al nutricionista.
Dio media vuelta y cerró la puerta de su despacho tras de sí y volvió a abrirla de inmediato.
— Es una orden.
Menos mal que volvió a cerrar, porque si le hubiera leído los labios lo habría mandado a la unidad de Ciclistas.
"Perra."

UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO - JUNIO

Añadido el 04/06/2017
Imagen 1

El despertador lo arrancó de un sueño maravilloso en el que se zampaba un plato humeante de mondongo a la alsaciana. Furioso, estuvo a punto de estrellar al inoportuno contra la ventana. La realidad diaria lo golpeó en medio del estómago y se levantó muerto de hambre y de rabia. Abrió la heladera nada más que por costumbre, porque adentro no había nada de lo que solía encontrar. Cero mermelada, cero manteca, cero crema suave y untuosa con la que prolongar el placer del café. Cero vida placentera y maravillosa de disfrute gastronómico.
Un miserable envase de queso untable descremado y sin sal, anodino, casi estúpido, era el único ocupante del estante otrora repleto de delicias. Manoteó el tetrapak de leche totalmente descremada ("Esto no es leche ni una mierda. Agua sucia, diría mi madre y tendría razón…") y el queso despreciable. Se preparó el café y untó unas miserables galletas de arroz (encima me tengo que volver chino) con la cola vinílica en envase de queso. La imitación de leche no tenía gusto a nada pero lo mismo se la agregó al café.
“Descafeinado, ¡jamás!”, se había plantado frente al torturador con diploma de la Facultad de Medicina y el sádico había accedido a esa mínima concesión, aunque se tomó venganza con todo el resto.
Cumplido el triste acto de romper el ayuno matutino, se fue a duchar. Como siempre, el celular sonó en la mitad del enjabonado. Insultó a las compañías de telefonía celular mientras se enjuagaba a toda velocidad, nada más que para agarrar el aparatito cuando en pantalla aparecía “1 Mensaje recibido”. Era de la comi. El texto lo hizo secarse a las apuradas. Tiró de una percha rebelde que se negaba a soltarse del barral y consiguió arrancarlo y arrastrar toda la ropa detrás. De pie en medio del tornado, trataba de identificar el pantalón elegido cuando el celular sonó de nuevo.
— ¡Ya voy! — ladró.
Error. Era el aviso de deuda de la compañía de celulares.
"¡Y a mí qué carajo me importa si el teléfono lo paga el Estado!"
¿Dónde mierda estaban los pantalones? ¿Y la camisa? Ring. Teléfono. Por un momento anheló ser cristiano para insultar a todo el santoral católico.
— No hice retirar el cuerpo todavía. Estoy esperándolo.
Ni “hola” ni “hasta luego” ni “disculpe por interrumpir”. A la mierda los modales y la buena educación.
Y hablando de mierda, ¿dónde mierda estaba el pantalón? Rebuscó y tiró de una pernera gris oscuro. Un puño de camisa asomaba tímido en medio de los restos del tifón. Tiró. ¿Corbata? ¿Saco? Empezó a vestirse a la carrera con lo que encontraba y salió sin mirarse al espejo.
El dulce calor de la mañana lo reconfortó y sintió que podía enfrentar al mundo pese a estar subalimentado.
— Buen día, capitán. La comisario preguntó por usted cuatro veces— le dijo el agente de guardia.
"Yo me acordé de ella unas cuantas más esta mañana."
— Llega tarde— dijeron a sus espaldas.
— Usted llegó demasiado temprano.
La comi lo miró con una ceja levantada.
— Son las ocho y diez— dijo él mostrando el reloj.
La comi se chupó las mejillas y volvió al interior del local mientras lo ponía al tanto.
— Masculino, 32 años, lo encontraron apuñalado en el sótano. Bueno, apuñalado es un decir.
— ¿Por qué?
Ella lo miró con mirada de gato: hierática, cruel.
— Le clavaron una estaca.
— ¿Como a Drácula?
— Una estaca de caramelo.
— ¡Ja! ¡Un Drácula diabético! ¿En el corazón? ¡Vamos! El caramelo será duro pero no tanto.
—En el cuello — replicó ella en ese tono de voz que equivalía a llamarlo “idiota”.
El forense estaba levantando el cuerpo.
— ¡No entren! — ladró.
El piso estaba lleno de manchas de sangre y salpicaduras de harina, azúcar, confites, cacao y todo lo que uno pudiera desear encontrar en las alacenas de una pâtisserie. Las estanterías metálicas estaban colmadas pastelería horneada y lista para la venta; en una heladera de exhibición, las más bellas creaciones de la repostería sugerían placeres impensables en ese momento crucial de su vida. Gallettes, croquembouches, bûches de chocolate y crema y dacquoises componían una visión del paraíso perdido. En un instante de lucidez comprendió la crueldad de la situación: todo constituía evidencia y por lo tanto, era intocable.
Los técnicos de la Científica, enfundados en trajes descartables y con los zapatos envueltos en bolsitas de polietileno, sacaban fotos y recogían huellas y muestras del suelo, mesadas, puertas y alacenas. Por debajo del olor de la sangre y los químicos surgían los aromas arrobadores de los budines. Mejor salgo de acá o cometo una locura.
La comisario había subido y estaba en el local, hablando con una mujer que llevaba de regular a mal su cincuentena y que tenía los ojos rojos de llanto y una venda en la mano izquierda.
— ¡Estaba tan ilusionado!— decía la mujer, mirando a su alrededor — Su primer local propio, sus creaciones… ¡Dios mío, por qué él! ¡No es justo! — sollozó.
El saloncito de ventas era una delicia que invitaba a más delicias. Pequeño pero elegantemente equipado, mostraba que el propietario tenía buen gusto también para las instalaciones.
Alguien ladró “¡Permiso!” y cuando el capitán dejó paso, los camilleros sacaron la bolsa negra. Los sollozos de la mujer se escuchaban desde la calle y empezó a juntarse gente alrededor del cordón policial. El capitán compuso su mejor cara de bulldog, le ordenó al oficial de guardia que despejara el paso hasta la ambulancia y lanzó una ojeada amenazadora a la concurrencia, que retrocedió medio paso. Todos menos uno. Un tipo bajo y macizo, con las manos en los bolsillos del abrigo innecesario en una mañana tan tibia.
"Salvo que te levantes muy temprano, cuando todavía está fresco."
Siguió los ojos del tipo, que no se despegaban del bulto que estaban subiendo a la ambulancia. Mientras el resto de la audiencia abría los ojos y murmuraba en voz baja con el que tenía al lado, el hombre no hablaba con nadie.
— ¡Capitán!
La comi reclamaba su atención. Le hizo señas de esperar y cabeceó hacia el hombre. Ella se adelantó y disimuladamente le tomó una foto al tipo con el teléfono celular.
"Y yo que pensaba que tener celular con cámara de fotos era una boludez."
— Tiene una actitud llamativa— comentó la comi después de guardar el telefonito.
El tipo dio media vuelta y se perdió entre la gente.
El local se había vaciado de policías, técnicos y ayudantes del forense. Quedaban ellos dos, la mujer que lloraba y el oficial de guardia, que estaba empezando a aburrirse. Se miraron y asintieron al mismo tiempo. La comisario se acercó a la mujer, celular en mano.
— Señora, ¿conoce a esta persona? — preguntó la comi mostrándole la foto.
La mujer miró la foto y los miró a ellos.
— ¿No saben quién es?
Ambos negaron. La mujer los miró como si fueran de otro planeta. Ese hombre, les explicó, era el maître patissier más importante de la ciudad. O del país, mirándolo bien. El capitán miró la foto en la pantallita: ¿ese tipo con pinta de matón de la mafia era “el” maestro de maestros? ¿El que publicaba libros de repostería, daba conferencias y tenía la cadena más grande de pâtisseries del país? ¿Así, tan vulgar?
— Bueno, ya sabemos por dónde empezar a interrogar— comentó el capitán.
— Perfecto. Encárguese — dijo la comi mientras se alejaba rumbo a su auto.
— ¿Adónde va?
— A la morgue, a sacarle información al forense. Nos vemos en mi oficina.
"Bueno, por lo menos sé en dónde encontrarlo."
Podría decirse que conocía el camino de memoria y con los ojos cerrados.
"Y con el olfato, el gusto, el tacto y el oído, sí, el oído tambien, ¿o acaso el hojaldre no cruje delicioso al ser mordido? Y ahora tengo que entrar, pasar de largo frente a las vitrinas, hacer de cuenta que no veo ni huelo, interrogar al más grande pastelero de la ciudad y salir sin comprar siquiera una medialuna. La vida es injusta."
Las empleadas lo recibieron con la efusividad destinada a los clientes fieles.
— Nada por hoy, chicas.
— ¡Oh! ¿No me diga que está a dieta? — le preguntó la encargada. No tuvo más remedio que admitirlo y las chicas lo miraron con compasión.
"Sí, debo dar lástima."
— En realidad vengo por un asunto de trabajo. ¿Puedo ver al patrón?
— Acaba de llegar. Ya le aviso— dijo la encargada y bajó la voz—. ¿Pasó algo?
— Rutina— se encogió de hombros con media sonrisa falsa.
"¿Qué les voy a explicar, que el número uno estaba presente en el lugar de un homicidio?" Clavó los ojos en los zapatos para resistir a la tentación de comprar una porción de…
"No, mejor no pensar en nada. Cero pensamientos. Cero carbohidratos, cero grasa, verde el cero…"
— Capitán…— la encargada le hacía señas desde detrás del mostrador.
El hombre lo hizo pasar a una oficina minúscula pero ordenada, en el pasillo que llevaba al sector de elaboración y horneado. El aroma era enloquecedor.
"Concentración, concentración, cara de perro y concentración… "
Compuso una imagen mental de sí mismo cincelada en mármol, incorruptible, inalcanzable y sobre todo, sin hambre ni ganas de comer. Con el ceño fruncido, empezó a interrogar al hombre al que admiraba secretamente.
— Policía — asintió el hombre —. Me imaginé que vendrían en algún momento. Vinieron rápido.
— Ud. estaba esta mañana en la puerta del local— al capitán no le gustaba la frasecita “en la escena del crimen”.
"Eso es de serie de televisión."
— Sabía que hoy inauguraba el local y pasé a ver qué iba a pasar.
— ¿Cómo es eso? — preguntó el capitán.
— Era un tipo jodido. De los que roban recetas, copian sin pedir permiso y se declaran los autores. No fue popular entre mis estudiantes y no era popular entre los colegas. La verdad, me esperaba que le rompieran la vidriera o algo parecido, pero nunca esto, claro.
— ¿Fue su estudiante?
— Entre otros — y mencionó una lista de confiterías y pastelerías de primera categoría y los nombres de sus titulares— Todos fueron mis alumnos. Podría decir que las últimas camadas de maestros pasteleros que merezcan el título, salieron de mis talleres.
— Pero usted sigue siendo el número uno…
— Hasta que me retire. O aparezca alguno nuevo. Tuve y tengo buenos alumnos. Todos tienen buena pasta, son buenos en lo suyo y trabajan bien, pero un genio no aparece todos los días.
"Bueno, tenemos un ego. Aunque no es para menos…"
Le pidió un listado de los compañeros de taller del muerto.
— Una última pregunta. ¿Dónde estuvo desde anoche hasta hoy a las 8.30?
El hombre sonrió de costado.
— En casa hasta las tres de la mañana. A esa hora vengo a trabajar. Salí a las 8. 15 a darme una vuelta y conocer el local y me encontré con la gente en la calle.
— Espero que no le moleste que verifiquemos.
El hombre negó con la cabeza. El capitán se despidió y casi corrió hasta la calle: estaban sacando la segunda horneada de la mañana.


Entró al despacho de la comisario sin golpear, con la excusa de traer un café en cada mano. Dejó los vasitos sobre el escritorio y se acomodó en el sillón venido a menos. La comi dejó en paz al pobre teclado y agradeció el café con una sonrisa.
"Empecé mal el día pero está mejorando."
Después de informarle de sus averiguaciones, le preguntó por la autopsia.
—La hora de la muerte se estableció entre las 12.00 am y las 3.00 am. Resultó que usted tenía razón— la comi meneó la cabeza—. El caramelo es duro pero no para tanto. Dentro de la estaca que el tipo tenía clavada en la yugular, había un pedazo de aguja de tejer.
— Ouch.
— Eso le dio rigidez a la estaca y le permitió perforar la piel— ella añadió.
— O sea que hubo premeditación.
— Toda la que queramos.
— ¿Y ahora? ¿Buscamos una aguja de tejer rota?
— Ahora los de la Científica buscan identificar el tipo de aguja, quién las fabrica, dónde se venden…
— Y esperamos unos tres o cuatro años para resolver el caso…— bufó el capitán.
— No sea tan pesimista. Yo diría unos dos años.
— Tendremos que ponernos a trabajar.
— ¿Se creyó que estaba en una serie de la tele?
— De esas en que resuelven todo en el laboratorio... Qué lindo, ¿no?
— No se haga ilusiones. ¿Por dónde va a empezar?
— ¿Quién, yo?
— No se haga el gracioso. A trabajar.
La comi giró el silloncito hacia la pantalla y lo despidió con un ademán mayestático.
— Cité a la mujer de esta mañana. Ya debe estar esperando abajo.
— ¿No va a venir conmigo? — preguntó el capitán desde la puerta.
Ella lo miró de reojo.
— ¿Le dan miedo las estacas de caramelo?
"Si te contesto, te mando al carajo."

La mujer resultó ser prima segunda del muerto y ex futura encargada del local, así que se había quedado sin empleo ni pariente. Sí, conocía bien al finado. Un buen muchacho que había vivido con su madre hasta la muerte de ésta, seis meses atrás. Había decidido independizarse. ¿De quién?, preguntó el capitán. De su anterior empleo. La madre, o sea la tía abuela de la mujer, era muy estricta y muy conservadora y jamás le hubiera permitido arriesgar el capital en un negocio propio. Él tenía ahorros más lo que había dejado la madre viuda, y ahí volvió a sollozar, pobrecito, tan ilusionado que estaba, no era justo. El capitán salió a buscar una caja de pañuelos descartables.
¿Era soltero?, preguntó el capitán cuando la mujer dejó de moquear. Ella lo miró con esa mirada de ver marcianos. Por supuesto que era soltero.
— Era muy especial, ¿sabe?
— Gay— dijo el capitán.
Ella lo miró sin entender.
— Homosexual— aclaró él.
Ella hizo un gesto mínimo con los labios apretados, como si la palabra la incomodara.
—Era un muchacho maravilloso. Muy afectuoso y considerado. ¡No se imagina cómo cuidaba a su mamá! Y conmigo siempre se portó muy bien— agregó y se sonó la nariz
El capitán se lo imaginaba muy bien. ¿Ella conocía a algún amigo?
La mujer asintió con una sonrisita débil. Uf, un montón. Todos chicos muy educados, serios, nunca un escándalo. De la explicación dedujo que los amigos también eran gays, pero se guardó de mencionarlo.
— Y pensar que anoche lo llamé tantas veces…¿Cómo pudo haber pasado esto?
Le preguntó si tenía acceso al local y la vivienda de su primo; ella le mostró las llaves y aclaró que nunca había usado las del departamento: el primo era muy reservado y ella respetaba su intimidad. Ella no iba al departamento desde la muerte de su tía, pero que él le hubiera dado llaves era una prueba de confianza, ¿no? Por supuesto dijo el capitán y se las pidió, explicándole que debían revisar las pertenencias del muerto para tratar de encontrar alguna evidencia. La mujer volvió a llorar y él le prometió que le devolvería las llaves tan pronto como el juez de instrucción librara la orden de allanamiento.
El departamento no parecía el de un hombre que hubiera vivido con su madre durante un tiempo demasiado largo. Era elegante, masculino aunque en exceso prolijo para su gusto. En el estudio, junto a la laptop ultramoderna había una delgada agenda de cuero. Guardó ambas en una bolsa plástica; pensó en vaciar el archivero pero eligió cargarlo hasta el auto. Revisó el escritorio sin encontrar nada útil o sospechoso. En el baño había dos batas. Titubeó y las metió en otra bolsa. Nadie sospecharía que la cocina exigua pertenecía a un chef pastelero de renombre. Revisó los placards: demasiada ropa para una sola persona. Algo con relación a los zapatos no terminaba de convencerlo. Levantó dos pares y verificó que eran de números diferentes.
"Nuestro chef no vivía solo, entonces. ¿Quién será el compañero? ¿Por qué la prima no lo mencionó? ¿No lo conoce o lo está ocultando?"

— ¿Y?
— Tengo más preguntas que antes.
Le explicó a la comi lo de los zapatos, las dos batas, la cocina y el resto de lo que había traído del departamento.
—En el laboratorio están analizando las batas y los zapatos, buscando trazas de ADN para analizar.
— Bueno, revisemos la agenda, la laptop y ese archivero.
— Son recetas— el capitán se encogió de hombros.
— No importa, revisamos lo mismo. Pero…— ella frunció la boca.
— Siempre hay un pero, jefe. Escúpalo.
— Escupir es vulgar. No entiendo nada de patîsserie.
— Es lo mío. Usted encárguese de la laptop y la agenda.
Veinte minutos después, se cruzaron en el pasillo.
— En las recetas hay cosas que no me gustan.
— Y yo que creía que cualquier dulce le venía bien— disparó la comi.
— Me volví exigente con los años. ¿Qué encontró Ud.?
— En la laptop hay archivos de dos propietarios distintos.
—¿Cómo sabe que son distintos? El tipo podría usar seudónimos.
—Los temas y estilos de escritura corresponden a dos personas.
—El finado podría tener doble personalidad…
—No descarte la hipótesis pero antes investiguemos si había alguien más viviendo con la víctima.—la comi siguió—La agenda es la del finado y encontré uno de los nombres del listado del taller de pâtisserie. Vea — le tendió la agenda y la lista.
— Lo citamos.
— Por supuesto. Y ya que va a volver a lo del maître pâtissier…
— ¿Cómo supo…?
— Acaba de decirme que hay algo raro en las recetas y me había comentado que el finado era un vulgar copión… ¿En dónde más puede conseguir información de primera mano?
— Por eso usted es la jefa y yo su esclavo.
— No se haga el gracioso. Digo que ya que va, pregúntele por ese condiscípulo de la víctima.


El maestro pastelero leyó el nombre de la agenda y sonrió de costado.
—Fueron mejores amigos cuando empezó el curso, después dejaron de tratarse.
—¿Sabe por qué?
El tipo volvió a sonreír despectivamente mientras revisaba las recetas una por una y las separaba en pilas.
—Porque le robó una creación. Vea: estos— señaló la primera— son clásicos que cualquier pastelero que se respete debe saber elaborar impecablemente. Son parte de mi curso.
El capitán tomó las hojas ajadas y manchadas por el uso.
— Se ve que las consultaba a menudo— comentó.
— Siempre dudaba a la hora de los pesos de los ingredientes. Era sumamente inseguro con todo. Estas otras— el maestro siguió con la segunda pila—, que por las fechas se corresponden con exámenes en los que debía presentar creaciones personales. ¿Vio las fotografías? Bueno, ahora vea esto— cargó un DVD en la pc.
En la pantalla se sucedían maravillas del más refinado arte pastelero, la chocolatería y las figuras y esculturas de caramelo. Varias de las fotos del archivo se parecían sospechosamente a las imágenes de la pantalla, que exhibían la fecha, lugar y nombre de su creador.
— Por mi trabajo debo mantenerme al día con las tendencias y me documento todo lo que puedo. Cuando veo un trabajo excepcional de algún alumno, investigo para saber si es original, recreación o copia.
— ¿Cuál es la diferencia entre recreación y copia?
— Al recrear, un artista toma una receta o un elemento de ésta y lo modifica pero respetando el espíritu.
— Una copia elegante.
— Digámoslo así — sonrió el maestro— Pero el que recrea, admite que lo hace y presenta su obra como una versión. En cambio el que copia a escondidas es un vulgar ladrón.
—¿Y la última pila?
— La última es una colección de intentos fallidos. Más algunos aplazos.
Efectivamente, estaban marcadas con una “X” roja. Le preguntó por los bochazos.
— De nuevo, copia.
—¿Entonces, cómo — estuvo a punto de decir “mierda”— lo aprobó?
— ¿Y quién le dijo que lo aprobé?
— Pero estaba abriendo su propio negocio…
— Bueno, eso no lo puede impedir nadie.
— Hay algo que no entiendo. Si el tipo era un inseguro, como Ud. dice, que copiaba y que no aprobó sus exámenes, ¿cómo — otra vez casi dijo “mierda”— se largó a montar un negocio en el que no descollaba por su calidad profesional?
El maestro lo miró como si él fuera un deficiente mental.
"Ya es la segunda vez en el día que me miran así y no me está gustando un carajo."
— Tenía un socio, ¿no habló con él todavía?
— No — no aclaró que no lo sabía — Tengo que citarlo. Lo llamé al número que encontramos pero no responde— mintió.
— Ah, pruebe entonces con éste— y le dio un número de celular.
— ¿El socio era buen pastelero?
— Uno de mis mejores alumnos— dijo el maestro sin poder evitar una leve mueca de disgusto.
Se despidió y salió a la carrera esquivando la tanda de pastelería de la tarde.

— Ese teléfono no figura en ninguna parte— dijo la comi— Verifiqué la agenda escrita, la electrónica, los listados en la compu y nada.
— ¿Y el celular? ¿Qué dijeron los de la Científica?
— Ningún número que no tengamos registrado— sacó el celular de la bolsa plástica de evidencias.
Se miraron.
— Lo marcaba de memoria— dijo él.
— Marquemos nosotros— dijo la comi. Tecleó los números en el telefonito y activó el altavoz.. Una voz masculina respondió a los gritos “¡Te dije que me dejaras en paz!”. Clic furioso.
Se miraron de nuevo.
— Voy a pedir el rastreo del número— dijo él.— ¿Qué hay de los correos electrónicos?
La comisario levantó un fajo de papeles impresos.
— Nada personal. Raro. Debe haber otra cuenta que no usaba desde su pc.
— ¿Y el celular? Es uno de esos bien modernos…— "no como el mío que ni fotos saca."
— Podría ser— tipeó un correo para los de Científica — A ver si están de humor y responden rápido.
Estaban de humor porque la respuesta tardó menos de cinco minutos y llegó con una dirección de correo y un adjunto: los textos de los correos intercambiados. Asuntos íntimos y una pelea. Con la misma persona.

El hombre de algo más de treinta años estaba nervioso pero cuando se abrió el cajón refrigerado, se desmayó con la gracia de una piedra. Cuando volvió en sí no paró de llorar hasta que el capitán lo hizo sentar en el despacho de la comisario, que le recriminó con una mirada helada el no haber llevado al tipo a una sala de interrogatorios. Para evitar discusiones en público, el capitán salió y volvió con tres cafés.
—¿Dónde estuvo ayer? — la comisario inició el interrogatorio sin decir “agua va”.
—Nos peleamos la noche del lunes… Salí a la calle, me subí a un taxi, me fui a la estación y me tomé el tren… Fui a la casa de fin de semana… ¡Dios mío, por qué no me quedé!— el hombre estalló en sollozos.
—¿Por qué discutieron? — ella insistió en tono medido y seco.
—Lo de siempre: celos. Me descontrolé…
Eran pareja desde hacía dos años y vivían juntos desde hacía unos seis meses. El finado era atractivo, simpático, encantador. Un Casanova, pero se habían enamorado. Se habían conocido en el curso de pastelería. Fue un flechazo mutuo. A él no le importaba lo que dijeran el maestro o los compañeros. Ellos se querían y él estaba dispuesto a compartir lo que sabía y lo que aprendía. Al principio le pareció que al maestro no le caía muy bien la relación, pero no les dijo nada. Lo mismo, el maestro se había vuelto demasiado exigente con el finado y al final, lo aplazó.
La comisario y el capitán intercambiaron una mirada de entendimiento.
—Yo soy mal vendedor. En cambio, André es… era… un marketinero nato. Podía venderle cualquier cosa a cualquiera. Cubitos en el polo Norte, qué se yo— se entusiasmó— Y tiene tan buen gusto, es tan elegante— aguantó un sollozo—. Me compró toda la ropa que uso y me prestaba la de él. Usamos... usábamos el mismo talle, ¿vio? Dijo… decía… que ahora que iba a ser empresario, yo no podía andar por ahí vestido con cualquier cosa…— no pudo seguir.
— ¿Por quién discutieron? — la comi siguió implacable.
—El arquitecto que decoró el local.
Las ideas eran todas del finado y el arquitecto no había parado de elogiarle el buen gusto y la personalidad.
—Me puse como loco— admitió el pobre tipo.
—¿Quién querría o tendría motivos para matar a su amigo?
—¡Nadie! Ya le dije, era simpático, encantador, alegre… Un poco Don Juan, pero bueno, yo le perdonaba todo… ¡Si hasta las mujeres se morían por él! La prima esa que iba a trabajar en el local, ¡uf!, se llenaba la boca hablando maravillas… Pobre, yo creo que estaba medio enamorada de él. Claro, una solterona a la que todo el mundo maltrató, que de repente se encuentra con el primo joven y buen mozo que la trata como a una reina… A mí también me hubiera pasado. Me acuerdo cuando la invitó a cenar y le dijo que sería la encargada del local. Estaba feliz, pobrecita. André me había pedido que le enseñara algunas cositas para ayudar en el negocio y empecé a enseñarle figuras de caramelo. Nada complicado, pero en fin, ella estaba entusiasmada. Yo creo que… hasta estaba empezando a aceptarme…
—¿Quién?— preguntó el capitán.
—La prima. Que se yo, no es tan vieja, pero es medio chapada a la antigua y me pareció que al principio no entendía nuestra relación.
La comi se recostó contra su sillón sin despegar los ojos del tipo y jugueteando con la lapicera entre los dientes.
"Como siga haciendo eso, salto por encima del escritorio y le arranco la lapicera de un mordisco", pensó el capitán y de inmediato ahogó el pensamiento en un trago de café frío.
—¿Tiene en dónde quedarse durante uno o dos días? El departamento está temporariamente clausurado por la investigación— dijo ella, sacándose la lapicera de la boca. El capitán respiró más tranquilo.
—Puedo quedarme en lo de mi hermano pero necesito algo de ropa.
El capitán se ofreció a acompañarlo a retirar efectos personales. Cuando volvió subió hasta el despacho de la comisario a la carrera. Ella no estaba. El capitán salió furioso.
—¿Adónde fue?—ladró en medio del piso. Un sargento que pasaba se encogió de hombros.
El capitán sacó el celular. Nada: la bruja había apagado el suyo. Veinte minutos después recibió un mensaje de texto: “Estoy volviendo. Espéreme”. Se sentó en el despacho de la comi a tomar café. Cuando la comi entró, encima del escritorio había una fila de ocho vasitos descartables.
—Le va a hacer mal tanta cafeína— dijo la jefa mientras se sentaba.
—Se fue sin esperarme—ladró pero ella no pensaba hacerle caso.
—Fui a ver al maestro pastelero. Tiene una coartada comprobable así que de momento podemos descartarlo. ¿Y usted consiguió sacarle algo más al socio?
— El tipo no paró de hablar en todo el camino y me comentó que el suéter que el finado llevaba el día en que lo asesinaron era el mismo que le había prestado a él cuando le presentó a su prima.
—¿Está pensando lo mismo que yo?— aventuró ella, levantándose del sillón para recoger el bolso.
—Vamos— dijo el capitán mientras le cedía el paso a su superior.

El departamento era antiguo y sombrío y las cortinas cerradas no contribuían a darle un aspecto más alegre.
—Vivo sola desde que mamá falleció, mucho antes que mi tía. Mamá era la mayor. ¿Aceptan un café o un té?—preguntó la mujer con amabilidad, haciéndolos pasar a un salón atestado de porcelanas baratas y de carpetitas, almohadones y cortinas tejidos en distintas variedades de beige.
Le agradecieron la oferta. La comi aceptó un té y él, un café.
"Y a la mierda con el nutricionista y la cafeína."
—Le gusta tejer— mencionó la comisario mirando la canasta con hilos y agujas.
—Me entretengo. Paso tanto tiempo sola…
—El empleo en la pastelería hubiera sido un buen pasatiempo.
—Yo me había hecho tantas ilusiones…Y André…Mi primo, ya sabe, estaba tan entusiasmado…Hasta empezó a enseñarme algunas cositas simples, como para poder dar una mano… Más adelante, claro. Yo soy muy buena en repostería casera, pero claro, el negocio es otra cosa.
—¿Le enseñó a trabajar con caramelo?
—No, ese fue el socio. Un poco. Es muy difícil, ¿sabe? ¡Y las quemaduras!
—Como la que tiene en la mano izquierda— la comi señaló una quemadura pequeña pero profunda, todavía con la piel enrojecida y húmeda.
—¡Ah! No es nada. Me la hice con el caramelo para el flan. Como mucho flan, por el estómago.
—Claro. Entonces usted sabía que el pastelero del local sería el socio de su primo, que en cambio estaría a cargo de las ventas— la comi dijo con vocecita inocente.
—Bueno, según mi primo, el otro tenía más experiencia en la elaboración profesional.
"El otro". El capitán tomó nota del sutil desprecio de la mujer. El primo tenía nombre, era suyo. El socio era simplemente el otro.
—Eran pareja. Usted lo sabía, ¿verdad?— la comisario preguntó y la mujer enrojeció.
—Yo nunca me metí en la vida privada de mi primo. Así que no sé si eran pareja.
—Pero usted sabe que vivían juntos.
—No, no lo sabía.
—Pero conoció a la pareja de su primo cuando él la invitó a cenar para ofrecerle el puesto.
—André me lo presentó sin aclarar nada— porfió la mujer— y yo no tenía por qué suponer nada.
—Entonces, tampoco sabe que usaban el mismo talle.
—¿Y por qué tendría que saberlo?
—Y que muchas veces intercambiaban la ropa. Como ocurrió el día en que su primo fue asesinado. Llevaba puesto el suéter rojo con rombos que usted le había visto al amigo cuando la invitaron a cenar.
—No sé. No me fijé.
—No, porque si se hubiera fijado, no habría asesinado a su adorado primo por error.
La mujer palideció. La comisario dejó la taza de té encima de una carpetita.
—El socio estorbaba en su relación, o lo que usted creyó que era la relación entre usted y su primo. Y no tuvo mejor idea que usar el mismo caramelo con el que el otro la había quemado para liquidarlo. Claro que necesitaba de algún refuerzo y entonces usó una aguja de tejer para bañarla en caramelo y preparar un punzón. Una aguja como ésta— la comisario tomó una de la canasta.— La noche anterior a la inauguración, su primo tuvo una pelea con su pareja, que se fue a la casa de fin de semana. Su primo lo llamó por teléfono varias veces pero no consiguió convencerlo para que volviera y fue él al local para terminar de armar los exhibidores. Pero ese mismo día, antes de la discusión, el socio la había citado a usted para hacer ese trabajo juntos, porque André no podría ir. Usted preparó la estaca de caramelo, llegó al local, abrió con su llave y sólo reconoció el suéter. Le clavó la estaca desde atrás y sólo comprendió que se había equivocado cuando André se dio la vuelta para mirar a su asesino.
La mujer se puso de pie despacio.
—Ese… ¡ese marica!—escupió — ¡Quería robarme a mi André! ¡Asqueroso, pervertido! ¡Yo no lo iba a permitir! ¡André me quería a mí, no a él! ¡El tiene la culpa de todo, él!


Mientras el patrullero se alejaba, el capitán sacó un cigarrillo y aspiró con placer. La comi lo miró de reojo.
—La dieta no incluye dejar de fumar— aclaró por las dudas: la jefa siempre le rompía las pelotas con el cigarrillo — Dice que por ahora, bastante stress tengo con el cambio de hábitos alimenticios.
—Yo no lo noto estresado. Pero está mucho más delgado. Le queda bien.
Instantáneamente cuadró los hombros y metió barriga, mientras fumaba como Humphrey Bogart en “Casablanca”.
"¿O mejor “El bosque petrificado”? Aunque “El halcón maltés” me gusta, claro, por lo de Phillip Marlowe y…"
—Pensaba invitarlo a comer, pero como está a dieta mejor volvemos al trabajo— dijo la bruja mientras se subía al autito de juguete.
Y para colmo, tenía que ir con ella.
"Por qué mierda no vinimos en mi auto. Así por lo menos, si la mataba, no nos estrellábamos contra ningún monumento."

EL GATO

Añadido el 14/06/2017
Imagen 1

Ni siquiera maullaba. Emitía unos chirridos quejumbrosos, más parecidos a los de un pájaro o un insecto que a los gañidos de un gato. Me acerqué, no porque el bicho me cayera simpático, sucio y con barro pegado por todas partes como estaba, sino porque quería asegurarme de que era él quien emitía esos ruiditos irritantes.
Estiré la mano y el zaparrastroso me tiró un zarpazo minúsculo pero atrevido.
Gato de mierda.
Estuve a punto de patearlo pero lo pensé mejor y di media vuelta para meterme en casa, a salvo del diluvio. Los chirridos arreciaron más lastimeros que antes y se agregó un ruido nuevo. El bicho estaba arañando la puerta. La puta puerta de madera maciza con tableros replanados, con cinco capas de laca brillante y manijas de bronce, espléndida. La habíamos colocado la semana pasada y los vecinos pasaban despacito para admirarla: enorme, de doble hoja, magnífica como la entrada a un palacio. Y ese gato boludo estaba arañando mi puerta.
Lo voy a reventar.
Abrí con brusquedad y ahí estaba, mojado como un pato – mentira, los patos no se mojan, tienen entre las plumas del lomo una glándula de la que extraen una sustancia sebácea que les impermeabiliza las plumas y además los mantiene calientes, pensé con erudición zoológica-. Pero los gatos no tienen esa glándula así que éste se estaba mojando como... como un gato abajo del agua y chillaba como no sé qué bicho del escalafón evolutivo. Los ojos amarillos enormes me miraban con desesperación o lo que sientan los gatos cuando se mojan. No logró conmoverme: nada más me dije que si quería salvar mi puerta, tenía dos opciones: matar al cuadrúpedo o dejarlo pasar y guarecerse del temporal. Obvio, la segunda opción no tiene la menor probabilidad de ocurrencia, me dije con sapiencia estadística y me preparé física y mentalmente para el correspondiente shot en el tujes de la bestia.
El monstruito fue más rápido de lo que yo pensaba y se escurrió con habilidad digna de un gato, con qué otra, por el huelgo minúsculo de la puerta entornada. Salió disparado como un piedrazo negro hacia el garage y lo último que vi fue su cola desapareciendo debajo de la camioneta. Mis, mis, llamé al divino botón. Evidentemente, éste no tiene idea de las onomatopeyas habituales con que se convoca a los morrongos. Debe ser un callejero de aquéllos.
Cerré todo y me fui a mi suite con doble circulación, vestidor y baño compartimentado.
En cuanto pare de llover le doy el raje.
Por encima de la monotonía de la lluvia resonó el chirridito irritante del micho. ¿Y ahora qué? Otra vez ese ruido infernal de arañazos. ¿Qué está haciendo?
Casi me tiré por la baranda de las escaleras: el ruido era distinto, sonaba a sus uñitas de navaja pasando... ¡por la camioneta! Si me la rayó, lo estrangulo. Abrí de un manotón la puerta del garage para dos autos, el scooter del mayor y las bicicross de fibra de carbono de toda la familia y ahí estaba él, trepado orondamente al techo de la cabina de la Cherokee. El parabrisas estaba sembrado de sus huellas de dibujo animado y ahora se entretenía en estamparlas en el techo de nuestra 4x4, violentamente hermosa en su brutal manifestación de patrimonio.
Rayámela, gato, y es el último acto de tu perra vida. ¿O gata vida? ¿Quiénes viven peor, los perros o los gatos? Mientras filosofaba a la velocidad de la luz, trataba de apuntarle un chancletazo rasante al bicho podrido, no fuera cosa de embocar en los cristales importados y hacerlos pelota. ¿Cómo le explico al seguro que el parabrisas se rompió mientras le daba el raje a un gato?
Me dí cuenta de que el mostrenco no me miraba a mí, sino a lo que yo tenía detrás. Fue un instante, volver la cabeza y ver con el rabillo del ojo una bola negra y peluda pasar a la altura de mi oreja, esquivando el marco de la puerta. Se había metido en casa. Más veloz que un pájaro, un avión o Superman, el felino traicionero enfiló sus malhadados pasos con una seguridad que no se condecía con su dudosa procedencia. Iba directo a la cocina. Dudé menos de un segundo entre limpiar las huellas de sus patitas apestosas y seguirlo, acorralarlo y llamar a los bomberos, la policía o al veterinario de Larry, Curly y Moe, mis tres rottweillers seleccionados del criadero alemán Von Algo, siempre son Von-no-se-qué, debe ser que los alemanes se entienden mejor con los perros por lo del idioma. Digo, que parece que ladran. Lo van a destrozar cuando llegue y encima voy a tener que limpiar la sangre y los pelos, ay, qué asco.
Corrí hasta mi cocina equipada con electrodomésticos también alemanes de última generación, magnífica en su esplendor marmóreo e inoxidable, pisando las huellas mojadas. Me estaba esperando, con esos ojos amarillos gigantescos y preguntones muy abiertos y una expresión de triunfo en el morrito renegrido. Pero no esperaba en cualquier lado: estaba adentro del tarro de comida de los perros, devorando a sus anchas trozos de alimento balanceado más grandes que su boca o sus zarpitas ridículas. No sé cómo hacía para meterse semejantes pedazos entre los dientecitos de juguete y masticarlos hasta reducirlos a un polvillo que empezaba a formar una aureola alrededor del tarro de Curly.
De mis tres perros, Curly es el de peor humor. Bueno, no es que los perros tengan sentido del humor, claro, lo que pasa es que una tiende a humanizarlos, lo vi en un programa del Animal Planet. El caso es que Curly apareció en ese instante de cavilaciones psicológicas, directo a su tarro de comida. Un rayo estalló en alguna parte, lo supe por el ruido metálico y espantoso que retumbó por toda la casa y que hizo que se disparara la alarma de la 4x4. El gato de porquería chirrió, Curly chilló, todavía no entiendo cómo hizo para chillar porque los perros no lo hacen, ¿no? y después se puso a gemir como un idiota, aterrorizado por la tormenta. Yo pegué un salto que me despegó medio metro del suelo y cuando aterricé, la casa seguía atronada por la alarma de la camioneta y un granizo impío del tamaño de huevos de paloma que azotaba mis tejas francesas esmaltadas y los vidrios dobles de mis ventanas con carpintería de madera lustrada interior y exterior de aluminio anodizado, todo carísimo, y ese gato podrido y andrajoso que viene a meterse en mi casa y embarrármela. ¿El seguro cubrirá granizo?
Asustados por la tormenta, Larry y Moe llegaron a la carrera desde el jardín ladrando, chocaron con Curly y vieron al gato. Hubo un silencio, el mismo que se produce en los instantes previos a una catástrofe natural, como por ejemplo la persecución y muerte de un gato callejero invasor por parte del fiel perro de la casa. Durante unas décimas de segundo, el universo osciló en equilibrio inestable. Mis mastines, inmóviles, temblaban de pura energía asesina contenida. El gato erizó el lomo y siseó como una pava de agua hirviendo. Los perros gruñeron y la baba les caía de las fauces entreabiertas. El gato mostró los dientecitos de alfiler en una imitación de gran felino, ¡pobre imbécil! El instante fuera del tiempo pasó y mis tres rottweillers se desgañitaron en gañidos y ladridos infernales mientras trataban de robarse cada uno el el honor de ser quien desnucara al harapiento.
La bestezuela demoníaca tenía más trucos: saltó por encima de las cabezas rugientes, les enterró las uñitas de navaja en los lomos lustrosos a fuerza de alimento balanceado de primera línea para razas grandes y recorrió el espacio entre la mesada y la puerta saltando encima de los perros igualito que Tarzán por encima de los cocodrilos. Pero estaba decidido a no darme paz. En lugar de volver a su hábitat natural: la calle, el inmundo enfiló para la escalera y se metió en el cuarto de los más chicos. Los perros se precipitaron detrás dispuestos a acabar con el intruso a cualquier precio, incluso el de mis alfombras nuevas.
Supe que mis intentos por detener la matanza y el enchastre serían inútiles. Toda la casa resonaba como algún infierno del Dante en el que ladran los perros.
Dios mío, los edredones de plumas importados, grité y corrí.
Tarde, como el tango, porque las plumas flotaban como copos de nieve por toda la habitación. Algo negro pasó entre mis pies y tres bultos de unos cuarenta y cinco kilos cada uno me pasaron uno a cada lado y el último por debajo, con lo que comprendí que yo había dado un involuntario salto mortal hacia atrás. Cuando aterricé, alcancé a ver una selva de patas "black-and-tan" desembarcando al mejor estilo Día-D en mi suite. Nunca hubiera imaginado que había tantas toallas y frascos en el baño compartimentado y tampoco me acordaba de todas esas corbatas italianas que habíamos guardado porque estaban pasadas de moda. Un rastro rojo en las paredes me hizo concebir falsas ilusiones: no era el gato sino el lomo de Moe el que sangraba. Enardecida cual Brad Pitt haciendo de Aquiles, grité reviéntenlo, reviéntenlo a ese gato de mierda, y mis obedientes mastines intentaron cumplir con mis órdenes inapelables sin resultados positivos.
El animalejo del diablo se trepó por las colgaduras de mi cama king-size con baldaquín y se deslizó por el otro lado usando sus uñas como ganchos de alpinismo, con lo cual las mencionadas colgaduras estilo isabelino – o algo así dijo el decorador de interiores – quedaron hechas flecos. Quién sabe, hubieran podido zurcirlas si Larry y Curly no hubieran intentado alcanzar al bicho tironeando de la tela a mordiscón limpio. Más decidido, Moe saltó sobre la cama y desde allí se impulsó hacia el dosel, con el consiguiente deterioro de mi edredón sueco de duvet, las sábanas importadas, la tela importada del baldaquín y el cuadro original de no sé qué pintor, que adornaba la cabecera. Un horror. El desastre, digo, no el cuadro. Qué se yo, el cuadro era lindo y los colores quedaban bien con las telas, todo en composé, unas telas francesas lindísimas, el decorador me dijo que eran provenzales.
Otro rayo retumbó y se cortó la luz, hecho que no me permitía individualizar a los cuadrúpedos que encima de mi cama, se enfrentaban como si de una riña de perros se tratara, que es precisamente lo que era porque el gato se escurrió muy tranquilo. Lo supe porque había suficiente luz como para que los ojitos amarillos la reflejaran mientras pasaba a mi lado mirándome descarado y chirriando como una bisagra sin aceitar. Te voy a matar, grité y le tiré una patada que no llegó a destino porque le acerté a un mueble y me fisuré dos dedos del pie.
Tirada en el piso y chillando de dolor, me vi atropellada por la jauría enardecida que salió en persecución del demonio disfrazado de gato. La alarma de la casa, programada para dispararse ante cortes de energía eléctrica, aullaba con intensidad digna de un carro de los bomberos desde que cayera el rayo y se le acababa de sumar la sirena de un patrullero. Golpearon a la puerta, claro, si el timbre no funcionaba porque no había luz, pero yo no podía bajar rápido porque me dolían los dedos fisurados. Volvieron a golpear y me di cuenta de que esta vez no lo hacían con la mano sino con algo más contundente.
Me van a rayar la puerta estos turros.
Ya voy, grité, pero los ladridos de los perros eran más fuertes. Bajé la escalera a los saltos, esquivando como podía los destrozos causados por el escuadrón "Perros" en pos del enemigo público número uno. Abrí la puerta y constaté que los muchachos del patrullero la habían decorado estilo "martelé" con las cachiporras, tratando de llamar la atención de quienes estuvieran dentro. Mi puerta nueva, de madera maciza laqueada y con manijas de bronce. Ahí aflojé y me regodeé en la representación de un hermoso cuadro histérico.
Se portaron muy bien conmigo, muy solícitos. Me ayudaron a apagar las alarmas. Se preocuparon un poco al ver la sangre en mi baño, tanto que llamaron a una ambulancia y el médico los convenció de que no era humana, menos mal porque habían empezado a mirarme medio de costado y encima yo estaba muy alterada. Una crisis nerviosa, dijo el médico. Tómese un sedante, señora, no fue nada. Se ve que el tipo quería irse porque aunque yo me sentía muy mal y me dolían los dedos, tuve que insistir para que me revisara, cosa que hizo con cara de culo. Al fin y al cabo para eso le pagan. Para eso pagamos los impuestos, ¿no? aunque yo ni piso un hospital público, no sé, me da una cosa, como una sensación rara. En cuanto se vayan llamo a la prepaga y que me internen o me hagan algo, qué se yo, una RMN para ver el estado de los metatarsos. Para eso pago la cuota más alta. Éste debe ser un enfermero, con suerte.
Uno de los policías me hizo el favor de llamar a la veterinaria y pedir que vinieran a revisar a los perros porque estaban todos lastimados. El otro llamó a mi marido a la empresa y le dijo que se quedara tranquilo, que no me había pasado nada. Mi marido se preocupó más cuando le dije lo de la camioneta. Claro, la ventanilla estaba abierta, el gato de mierda se metió, uno de los perros se trepó tratando de agarrarlo y el tapizado quedó destrozado. No quise dar muchos detalles por teléfono de la cocina, el cuarto de los más chicos y nuestra suite. No sé, vamos a ver cómo hacemos con el seguro. ¿Estaría cubierto el ataque de fieras salvajes? Mi marido dijo algo ininteligible y cortó diciendo que ya venía. ¿Y el gato?, pregunté. Ni rastros del muy cobarde. Nada. Al igual que Atila, había pasado, había arrasado y se había desvanecido en la Historia.
Llegó mi marido y el de la ambulancia tuvo que volver porque se desmayó. Siempre lo mismo, la que sufre en silencio, la que se banca todos los desastres soy yo y él se lleva los laureles por el logro escénico. En lugar de atenderme a mí con mi crisis nerviosa y mis metatarsos fisurados, lo tuvieron que reanimar a él. No es justo.
La ambulancia y el patrullero se fueron dejando la casa en un silencio sepulcral. Fue entonces cuando escuché el chirridito. El corazón me dio un salto y estoy segura de que me dejó de latir.
¿Está vivo? ¿Ese gato de porquería está vivo?
Espié por la mirilla: un cartonero pasaba empujando un carrito de supermercado desvencijado por el exceso de carga. Seguro que son las ruedas, suspiré con alivio. Y me hubiera quedado tranquila si no hubiera sido porque encima de la montaña de cartones, chapas y desperdicios, trepadito como un alpinista al Everest, iba muy aposentado el zaparrastroso. El cartonero empezó a revisar las bolsas y lo llamó, mis, mis, y esa abominación bajo la forma de gato condescendió a ponerse bajo la mano del hombre, que lo acarició con afecto. Te mojaste, paparulo, le dijo. Viste, te hubieras quedado conmigo y yo te metía adentro de la campera, y se señaló el interior de algo que una vez fue una prenda de vestir. Le hablaba como quien le habla a un chico y el gato se franeleaba contra las ropas mugrosas. Bicho de mierda, volviste adonde pertenecías, pensé con orgullo de raza. Debería denunciar al tipo ese por llevar animales peligrosos. Y encima se está llevando los despojos de mi casa. Despojos fabricados por ese monstruo. Si el animal es de él, debería exigirle una compensación, ¿no? Su bicho me destrozó la cocina, los dormitorios, el baño, la camioneta, los metatarsos y los nervios. ¿Quién se hace cargo de todo esto, eh? ¿Con qué derecho anda con ese animal peligroso suelto por la calle? Si hasta podría estar rabioso. ¿Y si me contagió a los perros?
De pronto, los diabólicos ojitos amarillos se clavaron en la mirilla y me mostró los dientecitos ridículos. El cartonero desvió un instante la mirada indiferente y perdida hacia mi puerta y siguió revisando bolsas. El gato saltó al suelo y lo perdí de vista, hasta que una boca de lengua rosada y dentadura de alfileres se abrió desafiante ante la mirilla, haciéndome retroceder del susto y con taquicardia.
Ese gato me odia.