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La dama es policía- La venganza

Por Monica Elisabeth Sacco

El blog de Monica Elisabeth Sacco

LA DAMA ES POLICÍA- LA VENGANZA

Añadido el 16/05/2017
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PRÓLOGO

BUENOS AIRES, 1983
Estaba tirado sobre una mesa, en una habitación mugrienta. Una lamparita desnuda colgaba miserablemente del techo. Oyó voces. Voces masculinas. Era extraño: podía ver y oír, pero no sentir su cuerpo. Era como estar desprendido de su humanidad. “¿Estoy muerto?”
Pensó palabras que se negaban a salir de su boca. Estaban allí, en el borde de su mente, las oía en su interior pero sus mandíbulas selladas no podían articularlas. El acto de respirar era torturante. Se ahogaba por no poder coordinar los músculos del tórax. Algo, alguien oscureció momentáneamente la luz implacable. Un hombre. Rubio, de contextura fuerte, facciones algo abotargadas. Los ojos, de tan claros, parecían vacíos. Crueles, espantosamente crueles, igual que la expresión apretada de la boca.
—¿Cómo estamos? —Hizo algo con las manos. —No tiene sensaciones. Nada. Perfecto. Te pasaste, Mengele.
El que llamaban “Mengele” se acercó.
—Una obrita de arte. Hay que tener mucha mano para esto. El movimiento justo en la vértebra exacta. Y sin tocar la médula. Cirugía mayor, pibe, —le palmeó la cara pero no sintió nada. El aire le faltaba dolorosamente.
—Te vamos a mandar de vuelta, franchute. ¿Entendés? Nous te renvoyerons. A ver si se dejan de joder con esas putas monjas. Les monnes, tu comprends? Sí que entendés.
—Callate, boludo —comentó alguien que se acercó desde atrás de su cabeza. Un morocho de bigotes tupidos se inclinó sobre él: sudamericano típico, cabello negro, tez mate, facciones aindiadas pero atractivas. El rubio giró sobre sus talones y, por el ruido, había agarrado al otro por la ropa.
—No te hagas el gallito conmigo, Tigre. —La voz sonó ronca.
—Pará, Briga. Pero mirá si éste...
—Éste es un muerto vivo. Esta vez Mengele se lució de veras. Les mandamos un avisito: no jodan más. Acá el quilombo terminó y somos intocables. Váyanse a investigar a la mierda.
Intentó moverse otra vez pero su cerebro estaba desconectado del resto del cuerpo. Nada. La furia hizo lugar a la desesperación en sus ojos, lo único vivo que le quedaba. Sintió que le faltaba el aire, que sobre el pecho tenía una manta de plomo. El que llamaban “Brigadier” lo miró detenidamente, evaluando el trabajo. La satisfacción en los ojos del otro lo llenó de pánico..
—Vas entendiendo, ¿eh? ¿Querés saber lo que les pasó a tus monjas? —Se sacudió la entrepierna con la mano derecha. —Esto les pasó. No nos gustan los terroristas. “Pelotón de fusilamiento" y "traslado".
—Se resistieron, las guachas. No querían firmar —acotó el morocho.
—Vístanlo, pónganle el pasaporte y el resto de los papeles en el maletín. De vuelta al hotel. El dueño ya sabe que llevan el paquete. Mañana avisa a la cana. Chau, Francia. Un placer.
Lo dejaron tirado en una cama, mudo, impotente, aterrorizado hasta la locura, hasta que al día siguiente llegó la policía.

INGRESA A MIS BLOGS DE NOVELA: EL ALTILLO DEL POLICIAL

Añadido el 16/05/2017
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http://elaltillodelpolicial.blogspot.com.ar/ es mi blog de cuentos policiales. ¡Date una vueltita!

CUENTO: UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO

Añadido el 16/05/2017
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El traje nuevo no le entraba. La bragueta amenazaba con el escándalo público y los botones del saco prometían vaciamiento de órbitas oculares ajenas. Se miró al espejo con desesperación. Se lo había puesto dos veces. Lo había pagado una fortuna, al menos desde su punto de vista presupuestario, y ahora no podía ponérselo. Rebuscó y pescó un pantalón gris que le apretaba pero que lo eximiría de cargos por exhibición indecente. Camisa blanca, corbata azul, saco azul marino que podía llevar sin abotonar. Menos mal que la formalidad de la ocasión no requería del uso del uniforme porque tampoco hubiera podido ponérselo.
Llegó temprano a pesar de los contratiempos estilísticos y pensó aprovechar para ordenar los expedientes amontonados en su escritorio cuando la oleada de saludos lo puso alerta.
Ella llevaba un traje entallado negro con raya diplomática color tiza, que la hacía ver como una institutriz inglesa. ¿Por qué todas esas brujas serán inglesas?
Tuvo que admitir que el aspecto brujeril no la desmerecía en absoluto. Los uniformados se habían lustrado las chapas y los botones dorados, todos peinaditos y sin olor a tabaco o a cosas peores. La comi le dedicó una mirada demasiado neutra para su gusto. Seguro esperaba verme con el traje nuevo. La puta madre, estoy meado por una jauría de mastines de Baskerville. Un estampido hizo girar todas las cabezas hacia su pecera: los expedientes para el archivo habían organizado un movimiento de protesta.
La llegada de la comitiva le ahorró más humillaciones. Los encargados de las erreerrepepé prodigaban sus modestos encantos al nuevo jefe, ocupado en componer su mejor cara de prócer. Él flanqueó en silencio a la comi dejando atrás al resto del personal. Al fin y al cabo soy el segundo del sector, qué carajo. El prócer saludó al aire y dio inicio a la visita de reconocimiento. Al capitán no se le escapó la ojeada oscura del tipo en dirección de la comi, ni el “vista al frente” de ella. Sin percatarse del cruce funesto, los erreerrepepé los presentaron. El tipo inclinó la cabeza con una mueca y la comi calcó el gesto. El capitán miró de reojo a la concurrencia: nadie parecía haber notado nada. ¿Me lo habré imaginado? El nuevo dio por concluída la visita al piso, dio media vuelta y enfiló para su despacho desde donde arengaría a la tropa que ya subía por las escaleras.
Cuando volvió a las oficinas, la puerta de la chapa dorada estaba cerrada. Abrió, asomó la cabeza y preguntó:
— Jefe, ¿se conocen con …?— cabeceó señalando el techo.
Ella asintió con una sonrisa forzada. Esto viene feo.
— Yo… Si me necesita, estoy en mi pecera.
— Gracias — respondió ella sin despegar los ojos de la pantalla. — Capitán…Tiene una mancha en el pantalón. En la rodilla.
Por eso las miradas… No tuvo tiempo de seguir compadeciéndose: el interno de la comi chirrió, ella levantó el auricular, respondió un “sí” seco y le dijo:
— Arriba. Quiere hablar con nosotros.
El jefe los esperaba detrás del escritorio monumental, sentado como si el sillón fuera un trono.
Los otros oficiales estaban llegando y se amontonaban en medio de un silencio incómodo. El discurso no fue nada del otro mundo: “vamos a trabajar duro”, “no voy a tolerar errores” y los demás lugares comunes de todos los nuevos en el día que asumen. Lo malo vino a continuación. Volvieron a sus escritorios en silencio. La comi cerró la puerta detrás de sí y él no tuvo más remedio que irse a su cubículo a recoger expedientes desparramados. El nuevo detestaba el desorden, el incumplimiento administrativo, los retrasos en los informes escritos y las manchas en los pantalones.
El peor lunes de su vida terminó sin más novedades y se fue a su casa sin que la puerta del despacho principal del piso se abriera en toda la tarde.
El día siguiente no fue mejor. La tropa sufría de un ataque virulento de burocracia y archivaba hasta los casos que no estaban cerrados. En su escritorio encontró un apercibimiento por llegada tarde. Furioso, agarró el papelucho y enfiló hacia el despacho principal. Entró sin golpear. La comi sostenía un papel sospechosamente parecido al suyo. Él dejó la nota sobre el escritorio, ella la tomó, la rompió junto con la suya y tiró el bollito al cesto.
— Vamos. Hay un cadáver esperando.
Trotó detrás de ella con una sonrisa de oreja a oreja.

El cuerpo los esperaba en una de las terminales de tren, cuidadosamente acuchillado. Los auxiliares del forense ya estaban sacando fotografías del inodoro y las paredes embadurnadas de sangre y algunos otros fluidos más escatológicos. Cuando retiraron el cuerpo, la comi se agachó junto al sanitario y le hizo señas para que se acercara.
— Mire, parecen letras — señaló unos trazos irregulares de color oscuro en las baldosas gastadas.
Se inclinó por encima de la comi para ver mientras ella fotografiaba las manchas emborronadas con el celular y después las paredes del retrete.
— Al jefe de estación no le va a gustar un carajo que le clausuremos el sanitario— dijo él.
— Por tiempo indefinido —ella completó con una ceja levantada.
Cuando salieron ya había gente reclamando frente al acordonamiento policial. Con disimulo, la comi sacó fotos de los protestones y de los alrededores.
Interrogaron al personal de vigilancia que en el momento del crimen estaba vigilando otra cosa, y a testigos que no habían presenciado ni oído nada que sirviera como testimonio. Al finado lo habían cosido a puñaladas sin que nadie se diera cuenta, en el retrete de un baño de estación terminal de tren.
La comi llamó a la morgue: el óbito podía establecerse dentro de la última hora y media. Le enviarían el resto de los detalles junto con el informe, clic.
— Mi Dios, qué formales estamos— suspiró ella cerrando el teléfono.
— O sea que lo liquidaron a la hora pico. Por eso nadie escuchó nada. Estaban todos ocupados en otra cosa.
— Vamos a averiguar quién era este sujeto— ella hizo un ademán invitándolo a seguirla.
— No parecía un empleado rumbo a la oficina. Por lo que llevaba puesto, digo.
— Más bien, un operario de alguna fábrica o taller. Pero, ¿en este horario? — lo miró.

El jefe de estación confirmó lo que sospechaban: el hombre dormía en la estación, como tantos otros sin-techo. A veces los corrían un poco, más que nada para cumplir con los reglamentos municipales, pero en invierno los dejaban en paz. Al fin y al cabo uno era un ser humano, ¿no? Por supuesto, asintieron. El finado era limpio y no pedía limosna. Se sentaba en los bancos a leer los diarios o revistas que encontraba tirados, ayudaba a cargar bultos en los vagones o a llevarlos hasta los taxis y aceptaba lo que le dieran con un gesto correcto. Jamás pedía. Se bañaba en las duchas públicas. No era de los que se emborrachaban o robaban a los pasajeros. A esos los tenían identificados, explicó el jefe con un encogimiento de hombros. Cada tanto los corrían, pasaban una o dos noches adentro y después volvían con alguna ropa nueva para camuflarse, pero ellos los tenían bien calados a todos. ¿Podían ver las grabaciones de vigilancia?, preguntó el capitán y y el jefe de estación los invitó a pasar a la oficina de monitoreo. Les mostró los borrachos y señaló dónde dormían; los carteristas se iban después de la última oleada del día y volvían al día siguiente, como los auténticos trabajadores que eran. Los ladrones de verdad, bueno, esos tardaban en regresar. Le pidieron una copia de las grabaciones y el capitán rezó mentalmente porque el programa de reconocimiento de imágenes estuviera funcionando.
De vuelta en su cubículo, se enteró de que Dios no había escuchado sus plegarias y que el jefe los había llamado varias veces a sus respectivos internos, sin respuesta. Obvio, estábamos en un procedimiento. ¿Por qué no llamó a los celulares?¿Se cree que los fiambres vienen hasta acá para hacer la denuncia?
La comisario acabó con sus preguntas retóricas.
— A partir de hoy, cada salida debe ser informada. Por escrito — sacudió un papel con membrete oficial y número de circular interna.
— ¿Me está jodiendo? — se le escapó entre dientes.
— Yo no. Él sí, — ella sacudió la cabeza señalando el techo.
— Me voy a ver las grabaciones de mierda.
— Vamos.
Cuatro grabaciones más tarde, habían identificado a casi todos los desconocidos de siempre de la estación. Entre los dos armaron la lista y se repartieron los interrogatorios.
— No se olvide de completar el formulario de salida de mañana— dijo ella mientras apagaba su pc.
Él masculló algo ininteligible e insultante dirigido al piso superior.
La mañana siguiente se la pasaron entre el hall central y los andenes, interrogando borrachos y asustando carteristas. A mediodía se sentaron ante dos cafés con leche y cuatro medialunas a intercambiar impresiones. Los carteristas recordaban al finado como uno que jamás tenía problemas con nadie. No podían imaginar quién querría cargárselo, ni el motivo.
A la hora de interrogar a los borrachos, por prudencia lo hicieron juntos. Uno de los pocos que estaban casi sobrios recordó que el finado había llegado a la estación hacía ocho meses. ¿Y por qué tanta precisión?, preguntó el capitán. Porque habían salido juntos de la cárcel de (***), habían tomado el tren y llegado a la terminal. ¿Y después? Después, él había intentado conseguir algún trabajito acá y allá pero claro, uno se pone viejo y n olo quieren en ningún lado. Y menos todavía con tus antecedentes, meditó el capitán. ¿Y su compañero? Nada, él se había quedado en la estación. No había vuelto a salir a la calle.
Los de Huellas Digitales ya habían identificado el cuerpo y la comi verificó la versión del exconvicto. El informe forense estaba listo sobre el escritorio de la comi.
— ¿Cuánto tiempo estuvo este fulano adentro? — preguntó la comisario.
— Entre todas las condenas, unos doce años. La última vez estuvo cinco adentro, por reincidente. Todos robos menores.
— ¿Y el amigo borrachín?
— Robo a mano armada. La última condena fue de quince años, también por reincidencia.
La comisario sacó el celular de su bolso y lo conectó a la pc. Cliqueó acá y allá y giró la pantalla para mostrarle las imágenes tomadas en el baño donde había aparecido el cuerpo.
— De verdad parecen letras — admitió él —, aunque… Espere.
Tomó una hoja, metió los dedos en un pocillo de café y dibujó varios trazos. Ella mientras tanto, imprimió la fotografía.
— Hágalo otra vez.
Obediente, se mojó los dedos en el café y repitio el dibujo.
— Ahora, levante el dedo mayor— ordenó ella, tan entusiasmada que no se dio cuenta de que el café era el suyo.
— Acá está el listado de los que interrogamos hoy.
Lo revisaron juntos. Ella empujó su sillón con rueditas hacia atrás y resopló.
— Podría no tener nada que ver.
— Con probar no perdemos nada— replicó él, entusiasmado con el descubrimiento.
— ¿Quién va: Ud. o yo? Alguien tiene que quedarse a hacer el informe del día.
— Yo voy, Ud. escribe, jefe. Tiene más linda letra.
Ella le dedicó una ojeada asesina.
— El próximo lo hace Ud.
La verdad es que no quería que ella anduviera de nuevo entre borrachos y malandrines. Cuando llegó a la estación, los carteristas estaban tomando café en un mostrador y lo saludaron con un movimiento de cabeza. Preguntó por uno de los habituales y lo miraron como si preguntara por un ilegal vietnamita y tuvo que mostrarles la fotito del prontuario.
— ¡Ah! El Macana. Hoy no vino.
— Hace unos tres o cuatro días que no viene— intervino su compañero entre sorbo y sorbo — . Está pasando una temporadita adentro.
Los otros menearon la cabeza y se encogieron de hombros y el capitán descartó al Macana de la lista de los sospechosos.
— ¿Y… éste?— sacó otra foto.
— Bombón. Acabo de verlo en el andén 5. Está por llegar un convoy.
— ¿Y ustedes?
— Jefe, hay trabajo para todos. Si todos vamos al mismo lugar, las cosas terminan mal. Nos repartimos los andenes y los trenes buenos y nadie tiene quejas.
La información le hizo cambiar la estrategia. Consiguió una grilla de horarios y volvió al bar. Bombón había reemplazado a uno de sus compañeros en el mostrador.
— Dedos está en el 8 — aclaró Bombón con la boca llena de medialunas.
— Muchachos, ¿quién estaba trabajando y quién no cuando se cargaron al finado del baño? Traje un horario de trenes y…
— Jefe — respondió Bombón—, nosotros trabajamos a mano limpia, ¿entiende? Nada de fierros ni púas. Nunca. Así, cuando nos toca ir adentro, salimos rapidito y sin problemas.
— ¿Ninguno de ustedes…?
— No. No sería ético — respondió el hombre mirándolo a los ojos sin parpadear.
A la mierda. Acabo de darme un porrazo contra la ética de los carteristas.
— ¿Y los borrachines?
— Yo no pongo las manos en el fuego por ninguno — rezongó Dedos, que volvía de cumplir con sus tareas habituales.
— No exageres— replicó el otro—. Son buena gente.
— Pero cuando se pasan con el trago se ponen pesados.
— Y los sacan a patadas hasta el primer patrullero que pasa por la puerta.
— ¿Alguna vez los vieron en una discusión, o sacando un arma?— el capitán interrumpió la disquisición.
— Por lo general se van a las manos. Si tuvieran armas, los de vigilancia les habrían echado encima a la cana hace rato. Ninguno calza nada.
— Pero al tipo del baño lo apuñalaron— insistió el capitán.
— Ningún fijo de la estación, jefe — Dedos fue terminante.
— Podría haberse robado un cuchillo de algún bar — insinuó el capitán, aunque por la autopsia sabía que no se trataba de una hoja de cocina.
—La mayoría usa descartables y los que dan cubiertos de metal no dejan entrar indeseables— aseguró Bombón.
— ¿Y los sin-techo? Vi a unos cuantos escabulléndose en los baños— el capitán se negaba a darse por vencido.
— Esos son los que menos posibilidades tienen de cagarla. No tienen adónde ir. El jefe de acá es un buen tipo y se hace el que no los ve pero si alguno se pasa de la raya o molesta, adiós.
Se despidió de los muchachos cuando los altavoces anunciaban el ingreso de un convoy en el andén 2.
Sentado en uno de los bancos del hall central, llamó a la comisario.
— Estamos como al principio — gruñó.
— No— dijo ella—. Descartamos a unos cuantos sospechosos.
— ¡Claro, y nos quedan todos los pasajeros que a la hora del crimen pasan por la estación!
— Sólo los que fueron al baño.
¿Hoy te levantaste de buen humor, bruja? El pulso homicida le palpitó a la altura del plexo solar, pero la frase siguiente le apaciguó el ánimo.
— Capitán, Ud. y yo vamos a darnos una panzada de cine. Pida copia de todos los videos de vigilancia de la semana del homicidio.

Las manos le temblaron cuando cargó el video, no sabía si por cansancio o por exceso de cafeína. En el sillón de al lado, la comi se desperezaba como un gato.
— Dios, me duelen los ojos, la cabeza, la espalda, me aprietan los zapatos, me molesta el reloj…— murmuró ella mientras se removía tratando de sobrellevar sus malestares.
De reojo le pescó el gesto de estirar los breteles del corpiño y casi se ofreció a aliviar tanta tensión.
— ¡Ahí! Pare la película.
Saltó en su asiento lleno de pensamientos culpables.
— ¿Dónde?
— Antes. Un poquito más… Ahí— el dedito acusador se posó en el lugar de la pantalla donde un hombre bien vestido pasaba junto al finado, todavía vivo gracias al viaje en el tiempo del video.
— ¿Qué hay? — rezongó él— No sé qué tiene de distinto ese.
— Mírelo bien. Ahora, adelante la película a baja velocidad.
Un cuadro. El tipo pasaba sin mirar. Otro. El finado giraba la cabeza. Un poco más. El tipo se detenía a encender un cigarrillo. El finado giraba más la cabeza mirando fijo. Otro poco. El finado en el instante de levantarse. El siguiente. El finado de pie detrás del tipo de sobretodo. El del sobretodo que volvía la cabeza. Otro más. Se miraban. El del sobretodo se alejaba. El otro volvía al asiento.
— Bueno, se miraron, ¿y qué?
—Vaya al compilado del día siguiente en ese mismo horario.
El mismo tipo, con el mismo sobretodo, alejándose muy rápido del pasillo central. El finado se levantaba. Alcanzaba al del sobretodo. Caminaban juntos sin mirarse. El finado volvía a su asiento. Sin que la comi le dijera nada, el capitán buscó el video del día siguiente. Esta vez el finado se levantaba antes de que el tren terminara de detenerse y esperaba a la salida del andén. Montones de personas. El del sobretodo, con otro abrigo tan elegante como el primero. Se miraron con la comi y él pidió un acercamiento. El hombre bien vestido fumaba durante un minuto eterno frente al sin-techo. Después aplastaba el cigarrillo y se alejaba. El sin-techo volvía a su lugar. Diez minutos después se levantaba e iba a los baños, a la misma hora en que lo hacía habitualmente según se desprendía de los videos.
— Vea la expresión de odio de ese hombre.
— No le gustarán los sin-techo y éste le habrá pedido algo, un cigarrillo, quién sabe…
— Capitán, Ud. a veces me asombra — ella lo interrumpió.
— ¿De verdad? — preguntó ilusionado.
Ella lo miró con ojos como cuchillos.
— Ponga la cinta del día siguiente, ¿quiere?
Obedeció sin decir mu, no fuera cosa que de esa boquita pintada como un corazón brotaran insultos dignos de un camionero.
El andén se poblaba de hormigas vestidas para trabajo en oficina. El sin-techo estaba sentado en su banco habitual, leyendo un diario. El hombre del sobretodo se detuvo a su lado. Era obvio que hablaban pero el ruido de los altavoces de la estación tapaba cualquier conversación. El del maletín se iba. El otro esperaba, retomaba el diario y a la hora de siempre iba al baño.
— Un hombre de conducta.
— Ahórreme la escatología y vaya al día del crimen.
— ¡Síseñora!
El hombre del maletín pasaba de largo junto al banco del sin-techo, sin mirarlo. Caminaba algo más apurado que de costumbre y entraba a los sanitarios. El sin-techo doblaba el diario, se levantaba y también entraba a los baños. Las cámaras mostraban al hombre del maletín saliendo del baño rumbo a la entrada principal de la estación. El sin-techo ya no volvería a salir.
— Le afectó el cambio de horarios— bromeó el capitán.
— Mañana nos vamos a la estación bien tempranito a esperar a nuestro ejecutivo.
— Por si acaso voy al baño antes.
Ella ni siquiera se tomó la molestia de censurarle la humorada.
Se encontraron en la entrada principal cuando el convoy entraba al andén. Tuvieron que correr hasta sus puestos de observación. Interceptaron al hombre cuando se detenía a encender un cigarrillo. Puso cara de nada cuando le mostraron la foto del finado. La comisario abrió el bolso insondable y sacó un reproductor de DVD portátil. El capitán se amargó pensando en las sanciones que recibirían por retirar material sin autorización.
— Mire — la comi giró la pantallita hacia el hombre, que masticaba un cigarrillo— ¿Lo recuerda ahora?
El hombre tragó saliva y asintió. La comi lo invitó a continuar la conversación en su despacho.
Sí, su nombre y apellido empezaban con la misma inicial, ¿qué tenía de raro?
Nada, respondió la comisario, mientras el capitán aguantaba un saltito al recordar las letras que había dibujado el muerto con su propia sangre.
¿De dónde conocía al occiso?, continuó la comi.
Había conocido al finado en prisión. Era su primera condena, había salido por buena conducta. Ahora tenía un buen empleo y por supuesto, no conocían sus antecedentes. Unos días atrás había sido abordado por un hombre que resultó ser su antiguo compañero de celda. El tipo vivía en la estación, sin empleo ni posibilidad de conseguirlo. Y él había tenido éxito, ¿no? Iba bien vestido y viajaba en el horario de los oficinistas de clase alta. Seguro trabajaba en un buen lugar y vivía bien. ¿No quería ayudar a un amigo? Le consiguió la plata y se la había dado el día en que lo habían matado. En el baño. Él había salido primero y no lo había vuelto a ver.
El capitán le hizo una seña a la comisario y salieron de la sala de interrogatorios.
— Lo estoy pasando por el fichero para verificar la versión.
La sonrisa de gato esta vez fue para él solito.
— Bien, capitán, bien... Dejémoslo cocinándose un ratito más entonces.
Un cabo se les acercó agitando unos impresos.
— Comisario, capitán… — el pobre cabo vacilaba — Las… las salidas de hoy…
— No salimos. Ni siquiera vinimos esta mañana. Acabamos de llegar— interrumpió la comisario.
— Eso también. O sea... Los formularios…
Ella tomó los papeles y los rompió sin mirarlos.
— Gracias, cabo.
El pobre chico casi se atragantó del susto.
— Cabo, estamos esperando un informe del Servicio de Penitenciaría. ¿Me haría el favor…?
— Ya mismo, señora. Ya voy. Voy— salió corriendo y volvió corriendo en menos de dos minutos con un fax. La comi se apartó para leerlo.
— Capitán— jadeó el cabo—, por favor, yo les entregué los formularios y si no los llevo firmados …
— No se preocupe, Ud. cumplió con su deber. Ahora el problema es nuestro.
Volvió a la sala de interrogatorio y la comisario ya estaba sentada frente al tipo. Se paró detrás de ella, inexpresivo no por el posible asesino sentado del otro lado de la mesa sino porque se había visto en el reflejo del cristal y se había encontrado la mancha en la corbata.
— Cuatro años por estafa.
El tipo asintió.
— Pero esta foto no se le parece mucho.
— Bueno, uno se corta el pelo, baja de peso…
— Se hace una buena cirugía estética…
El tipo se removió incómodo.
— Me rompieron el tabique en prisión. Quisieron abusarme.
— Tuvo suerte de que fuera casi al final el intento. Por lo general les dan el primer día — retrucó ella en su tono más desagradable mientras sacudía el fax.
El tipo desvió la mirada. El capitán tomó las hojas y comparó la foto con el original en vivo.
— Y de paso, se arregló las orejas, las cejas, el mentón… Buen trabajo — comentó.
— No está prohibido, ¿no? — el otro se ofuscó.
— Para nada. Se consiguió una cara nueva, una vida nueva, casa. trabajo, amistades. Pero hay cosas de uno que no cambian nunca.
El hombre lo espió desde debajo de las cejas. El capitán se encogió de hombros mientras enumeraba con los dedos.
— La forma de caminar, de mirar, pararse, fumar. Hasta el modo en que uno enciende un cigarrillo.
Transcurrió un silencio durante el cual la respiración del tipo se volvió pesada.
— No tenía derecho a venir a joderlo— dijo la comi suavemente— . Ud se esforzó, cambió, se hizo una vida y él estaba ahí, haciendo lo que mejor sabía: nada. Un inútil, inservible. Ni siquiera era un buen ladrón. Se pasó la vida en cana, entrando y saliendo.
El tipo asentía con los ojos cerrados muy apretados.
— Y ese día el destino los cruzó. A pesar de todo, él lo reconoció cuando Ud. encendió el cigarrillo.
— Vino a pedirme fuego. Ni siquiera fumaba pero se acercó y me dijo: “Te queda bien”. Por la nariz, claro.
—Él fue el que se la rompió, ¿no?— preguntó ella.
El hombre asintió despacio. Transcurrió otra pausa densa.
— ¿Con qué lo amenazó en el baño?
El hombre tragó saliva. Le costaba despegar los labios.
— Creí que quería plata y nada más. Le hubiera dado lo que me hubiera pedido. “Yo todavía me acuerdo”, me dijo. “Te gustaba. A mí también. Podemos retomar la relación. Te voy a buscar a la oficina, ¿qué te parece?” . Y sonreía.
— ¿Y el arma?— preguntó el capitán y le pareció que su propia voz venía desde muy lejos.
— Una navaja suiza. Mía. Siempre había querido una y acababa de comprarla. La tiré en un cesto de basura de la calle.
Golpearon a la puerta. Era el juez de instrucción de turno. La comi le ofreció al hombre llamar a un abogado y él aceptó. Ellos dos subieron a su piso mientras los otros se quedaban esperando.

Encima de la pila eterna de expedientes había una nota con membrete oficial y firmada por el jefe. Lo habían suspendido. Salió de su cubículo echando humo, nada más que para ver a la comi salir de su despacho con el bolso y el abrigo puesto.
— ¿Adónde va? — ladró.
— A mi casa. Acaban de suspenderme.
— A mí también.
— Lo invito a tomar un café en algún lugar soleado.
— Excelente.
— Yo manejo.
— No joda, en su auto no entramos.
— Bueno, cada uno en su auto.
El cabo de los formularios entró a la carrera.
— Comisario… Capitán… —jadeó — El … El jefe quiere que le entreguen las placas y las armas…
La comi abrió el bolso y dejó sobre un escritorio una .38 corta y la placa.
— Buen día, cabo— sonrió la comi al pobrecito y después se volvió hacia él — ¿Vamos?
Él dejó su 9 mm y su placa primorosamente acomodados junto a la .38 y la placa dorada.
— Después de Ud., jefe. Cabo, salude al comisario de mi parte.

UN AÑO EN LA VIDA DE UN POLICÍA GORDO - ABRIL

Añadido el 22/05/2017
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El frío estaba en retirada aunque la derrota no estaba asegurada todavía. Pero la tregua se prolongaba, dando esperanza a los míseros mortales. No porque hubiera dejado de llover: eso habría sido motivo de festejos. Claro que la capa para servicio en vía pública incautada en el depósito de materiales cumpía con su cometido acabadamente, protegiéndolo de los meteoros hídricos. Y no le quedaba nada mal, no señor. De hecho, se veía (y se sentía) imponente, la estatua en bronce de un héroe de la revolución, la mirada perdida en el horizonte por donde amanecería la república, la capa ondeando al viento… Una exclamación y un insulto contenido interrumpieron sus pensamientos sublimes: alguien había resbalado en el charquito de agua que indefectiblemente dejaba la puta capa. Levantó el interno y llamó a los de la limpieza, no fuera cosa que alguno se accidentara.
El murmullo general de la oficina subió y bajó.
"La comi acaba de llegar. "
Pasaron cinco minutos y el interno no sonaba.
" ¿No me va a llamar?"
Se incorporó a medias y espió por el vidrio de su pecera: la puerta del otro lado de la oficina estaba cerrada. Se sentó y continuó completando el informe, pero después de la tercera línea se impacientó.
"¿Por qué mierda no me llama? "
Salió del cubículo con la intención aparente de servirse café y verificar si habían secado el piso.
— Buen día, capitán.
— Buen día, sargento.
— Parece que va a dejar de llover.
— Sería maravilloso
Y otras intrascendencias por el estilo. La puerta seguía cerrada y su malhumor, en aumento.
Volvió a su pecera, cerró la puerta, se sentó, agarró la lapicera, la soltó, cerró el expediente de un tortazo, se levantó y salió. ¿Quién se creía ella que era él, que no le daba ni la hora? De reojo, se acomodó la camisa dentro del pantalón y le puso gesto adusto al reflejo en el vidrio. Iba a paso firme hacia el despacho cuando la puerta se abrió. Casi se cayó de culo. ¿Qué hacía ese tipo ahí?
— Ah, capitán, estaba a punto de llamarlo. Pase. Siéntese.
"¿Para qué? ¿Quién carajo es este individuo? "
El otro se sentó en el sillón de la comisario y abrió una carpeta.
— Capitán, su expediente personal deja un poco que desear últimamente…
¿Quién era ese imbécil para evaluar su expediente personal? No aguantó más.
— ¿Dónde está la comisario…?
El otro no lo dejó terminar.
— Ah, claro. Ud. también estuvo suspendido. La comisario fue transferida.
¿Adónde? ¿De qué habla este tipo?
— Espero que tengamos una colaboración productiva y ordenada— dijo el tipo ese, sin ocuparse más de "su" comisario. La suya. El tipo tenía un discurso calcado del jefe, con informes, partes, formularios, firmas, autorizaciones y circulares internas. Lo único que él pudo hacer fue asentir sin pronunciar palabra para que no se le escaparan todas las barbaridades que le estrangulaban el paso del aire.
— Ah, capitán, una cosa más— el tipo se puso doctoral—. Estamos preocupados por el estado físico de todos nuestros agentes. Consideramos que debe ser óptimo para cumplir óptimamente con nuestro trabajo, de fundamental importancia para la sociedad. Un equipo médico nos visitará para evaluar al personal. Mañana. Le sugiero puntualidad. Eso es todo.
Se levantó agarrándose de los brazos del sillón como si quisiera arrancarlos. Salió de la oficina como un zombie. Caminó hasta la máquina de café de memoria, sin saludar a los que lo cruzaban.
¿Para esto había hecho carrera en la policía? ¿Para llenar formularios, planillas y estadísticas? ¿Para que lo suspendieran por llegar tarde? ¿Para que le echaran en cara las manchas del pantalón? ¿Para que lo llamaran gordo, así, sin descaro alguno? ¿Para que a ella la hubieran trasladado o transferido o lo que fuere sin que él supiera adónde? El café le salpicó la mano y la otra pernera del pantalón. Volvió a su cubículo atestado de papeles: encima de la pila más baja había un juego de formularios.
Se atornilló al silloncito desvencijado y ni siquiera asomó la nariz para tomar un café. La furia le vino bien porque completó varios expedientes y los apiló en la bandeja de “Archivo”. Estaba a punto de irse a su casa sin saludar a nadie cuando el cabo de los formularios entró.
— Capitán… — murmuró el pobre chico—, los… ¿formularios? — señaló apenas con la mirada los papeles impresos.
— ¿Qué quiere? — farfulló él.
— Necesito… llevarlos… completos.
Imágenes de violencia extrema le cruzaron la mente. Se contuvo como pudo, manoteó un bolígrafo y empezó a escribir.
— Capitán, ¿no tiene una lapicera azul o negra? — murmuró el cabo, horrorizado.
— No.
Firmó con rúbrica enorme, megalómana y roja y deslizó los papeles por encima del escritorio.
— Ya está.
— Gracias.
Una idea lo asaltó.
—¡Cabo!
El chico se quedó paralizado en la puerta.
— ¿En qué sector está la comisario?
El otro lo miró durante décimas de segundo sin entender y después:
— Yo… la vi por el piso de abajo… —dijo el cabo antes de salir corriendo.
Voló por las escaleras con un mal sentimiento en el pecho. ¿Fichero general?¿Informaciones? ¿Finanzas y Presupuesto?
"No, no es posible… "
Entró a la oficina y dos administrativos con aires de superioridad lo miraron con algo muy parecido al desprecio. ¿A quién buscaba? Se los dijo y uno señaló una puerta a la izquierda. Abrió la puerta sin golpear ni preguntar.
La comisario se repantigó en un sillón que chilló por la falta de respeto.
— ¿Qué está haciendo acá? — él casi ladró.
— Tardó todo un día en encontrarme. ¿Está perdiendo el entrenamiento?
"Encima me toma el pelo."
No sabía si alegrarse o acogotarla. Puso jeta y se sentó.
— Estuve todo el día completando expedientes y toneladas de formularios de mierda— gruñó.
— ¿Vio qué cantidad de formularios nuevos?— la comi se balanceó en su sillón con un brillito sospechoso en la mirada.
— Duplicado, triplicado, verdes, amarillos, numerados, con letras… ¡Por Dios! Lo de los expedientes, bueno, reconozco que soy un poco vago y… se me juntan en el escritorio, pero, ¿permisos de salida? ¿Apercibimientos por llegada tarde? ¿Qué mierda es esto, una escuela? ¡Como si ya no tuviéramos suficientes papeles! ¿Quién se ocupa de los delincuentes en este lugar?
La sonrisa de depredador de la comi lo inquietó.
— Nosotros.
El capitán casi saltó del sillón.
—¿Nosotros? ¡Ud está anclada en este sector de mierda y yo no paro de llenar papeles! ¡La gran…!
— Capitán— la voz sedosa lo detuvo—, le recuerdo que la defraudación también es un crimen.
—¿Y para qué están los de Delitos Económicos?
— Que por lo general se ocupan de delitos externos…
— ¿Qué quiere decir?
— ¿No se lo imagina?
Silencio. Cruce de miradas. Él levantó una ceja. “¿Acá?”
Ella encogió un hombro. “¿Y por qué no?”.
El capitán acercó su silloncito al escritorio y bajó la voz.
— ¿De quién estamos…?
— Ud. lo dijo, capitán. Hay demasiados papeles nuevos dando vueltas.
La insinuación de la comisario le retorció el escroto.
"Nos van a cortar la cabeza. Y algo más también. A mí por lo menos." El pulso de adrenalina le aceleró la respiración.
— ¿Qué hacemos? — susurró.
— Juntar papeles— respondió la comisario mientras se levantaba del sillón y rodeaba el escritorio — Vámonos.
Mientras salían, la comi le explicó qué tenía que hacer.
— Tenemos que reunir pruebas, capitán.
— Será un placer, jefe.

Cuando llegó al día siguiente, una nota en su escritorio lo citaba en la oficina X de la planta baja, diez minutos atrás. Se sirvió un café y morosamente bajó las escaleras, saludando a cuanto ser viviente se cruzó, incluídas las arañas. Delante de la oficina X había una cola de cinco o seis oficiales conversando en voz baja. El capitán no acababa de dar los buenos días que la puerta se abrió y un sujeto con guardapolvo blanco asomó diciendo su nombre. El se identificó y el otro lo recriminó por llegar tarde. No fue la única humillación que le infligió el sujeto: le tomó el pulso y la presión; lo obligó a toser, a desvestirse y a subirse a la balanza. Llenó dos planillas sin mirarlo y le tendió un fajo de papeles, entre ellos un certificado que decía “PROVISORIO” en letras de neón.
— En una semana deberá presentarse con todos estos estudios al nutricionista para que le prepare una dieta adecuada más un plan de ejercicios— escupió el tipo, mirándolo con un dejo de desprecio—. El buen estado físico debería ser una prioridad para los oficiales de las brigadas.
Farfulló un saludo, le arrancó los papeles de la mano y salió.


Dos días después, el capitán había extraviado el certificado y las órdenes para análisis y había reunido una pila de formularios en varios colores, por duplicado y triplicado que le daría envidia a la Torre de Babel. No había sector, división, brigada o departamento que no hubiera sido favorecido con la asignación de por lo menos cinco formularios nuevos.
A las nueve menos cuarto de la noche del jueves el capitán depositó en el escritorio del segundo piso de la comisario, una caja de archivos a la que no podía cerrársele la tapa. La comi levantó una ceja, después levantó la tapa y sonrió como un gato de cacería.
Afuera no quedaba nadie, lo que no era de extrañar: el departamento de Finanzas y Presupuesto no resolvía casos fuera de horario. Se encerraron en el despacho a clasificar los papeles. Cuarenta y cinco minutos más tarde, los habían separado en tres pilas, correspondientes a tres proveedores diferentes. La comisario se volvió hacia su pc y abrió una pantalla que el capitán sólo conocía de vista pero a la que no tenía acceso, como la mayoría de los miembros de la fuerza.
— ¿Cómo es que puede acceder ahí? — preguntó el capitán.
— Bueno, todavía tengo amigos acá adentro — dijo ella mientras los deditos le volaban por encima del teclado.
El capitán se descubrió imaginando esos deditos tecleando sobre algunas partes de su anatomía y sacudió la cabeza para espantar los pensamientos.
— ¿Está cansado? — preguntó la comi sin despegar los ojos de la pantalla.
— ¡Eh? ¡Ah, no! Es que me quedé pensando…en …
La impresora lo salvó de dar más explicaciones. La comi le alcanzó las hojas y él casi se atragantó con su propia saliva mientras leía.
— Esto es…
— Un delito— ella terminó la frase con una sonrisa que él calificó de felicidad.
— ¿Cómo seguimos?
— Juntamos todo y nos vamos derechito al Ministerio del Interior.
— ¿A esta hora?
— Ajá.

El secretario de Finanzas del Ministerio tenía una cara de culo que espantaba.
— Es mi aniversario de casados. Mi mujer me va a matar.
— Le prometo que va a estar de vuelta en menos de media hora — dijo la comi mientras le plantaba encima del escritorio la caja de archivo.
— ¡No pretenderá que revise todo esto!— ladró el tipo.
— El grueso es evidencia. Vea estas cinco páginas, nada más.
El secretario tomó los papeles y la cara le cambió a medida que leía.
— ¡Es inconcebible! ¡Nos tomaron por idiotas!
Ni el capitán ni la comisario osaron confirmar los dichos del secretario.
"Tampoco es cuestión de ofenderlo."
El hombre sacó un celular y le ladró a los cuatro o cinco incautos que respondieron a esa hora. En menos de diez minutos aparecieron dos de los convocados, jurando que otros dos estaban en camino. El secretario les pidió al capitán y a la comisario que esperaran fuera.
— Se les viene la filípica— comentó el capitán.
— Y algo más. A estos niños prodigio de las finanzas se les escapó la tortuga— aseguró la comisario.
La puerta se abrió y cuatro jóvenes funcionarios con un futuro dudoso salieron a toda velocidad, llevándose la evidencia incriminatoria. El secretario se asomó y les hizo señas para que entraran.
— Comisario, capitán, Acabo de hablar con el Ministro. Las cosas van a cambiar muy pronto.
Iban por el pasillo cuando el secretario salió de su despacho hablando por celular. Los sobrepasó a toda velocidad mientras juraba que en cinco minutos estaba en el restaurante. El capitán se quedó meditando sobre la eficiencia de los funcionarios públicos casados en ocasión de celebraciones conyugales.

El lunes, un ventarrón seco barrió todas las nubes y una circular del Ministerio del Interior barrió las cúpulas de varias brigadas y de algunas jefaturas, y devolvió a sus puestos a oficiales superiores que estaban vacacionando en departamentos tan diversos como Finanzas y Presupuesto, Recursos Humanos y Prensa y Relaciones Institucionales.
Por primera vez en varias semanas, el capitán llegó sin su equipo para la lluvia, aunque si ese día estuviera diluviando, no le habría importado demasiado. Apenas entró miró hacia el despacho principal: la puerta estaba abierta y había olor a café recién hecho. Entró, se sirvió un café y se sentó frente a la comi.
— Me debe una explicación.
— Todas las que quiera — dijo ella.
— ¿Cómo fue que se dio cuenta del operativo que habían montado estos tipos?
— ¿Sabe, capitán? Tuve suerte: me mandaron a Finanzas y Presupuesto pensando que como no tengo formación contable ni nada parecido, lo único que haría sería llenar formularios que fueran necesarios y arrastrarme de rodillas para volver a mi brigada . El resto lo resolvió mi padre.
— No sabía que su padre era policía.
La comisario sonrió y esta vez era una sonrisa amorosa y no la de depredador a la que lo tenía acostumbrado.
— No. Papá es funcionario público jubilado de la Secretaría de Vivienda. Cuando le conté cómo nos habían tapado de papeles y burocracia nueva de la noche a la mañana, me explicó que ninguna repartición puede contratar a terceros por encima de determinados montos sin una licitación pública. Ni el Ministerio del Interior se salva de esa. Los proveedores deben estar identificados y autorizados y los pliegos de licitación, publicados en medios oficiales lo mismo que las adjudicaciones. Y que obviamente todo eso lleva tiempo; por lo general, meses. La contratación directa sólo es válida para montos pequeños que establece cada repartición. Busqué y no había rastros de licitación para la impresión de todos esos formularios: sólo un montón de pagos de facturas recientes de proveedores que nunca antes habían trabajado con el Ministerio o la policía. Si bien los montos no superaban cierto valor, el total para cada proveedor superaba el máximo permitido para contratación directa. Después fue cuestión de reunir el material, conseguir los comprobantes de los pagos y demostrar que se estaba cometiendo un ilícito.
— O sea que todo ese fárrago era nada más que la cobertura para la estafa.
La comisario se levantó a buscar más café y replicó:
— Exacto. Pero no creo que terminara ahí y nada más.
— ¿Cómo es eso?
— Los papeles ocupan mucho lugar. En cuanto empezáramos a archivar los benditos formularios, nos encontraríamos en la disyuntiva de echar gente para poner armarios, o mudarnos a un edificio más grande y con más capacidad de archivo…
— O construir un depósito, o un edificio de oficinas nuevo o… lo que fuese…¡Ah!
— ¿Lo ve?
— Más licitaciones, aunque esta vez fueran verdaderas, más proveedores…
— Seguramente algunos nuevos…
— Seguramente amigos de alguien con el poder de adjudicarles la obra…
Se quedaron callados y pensativos, saboreando café.
— Resta un solo interrogante— dijo él mientras dejaba la tacita sobre el escritorio— ¿Qué van a hacer ahora con todos esos papeles inútiles?
Ella lo miró con una ceja levantada.
— Esa es una muy buena pregunta.
— Mientras no llamen a licitación…
Se sonrieron con ferocidad.
— Ah, capitán… — la comisario lo detuvo justo cuando él cruzaba la oficina general rumbo a su escritorio—. Llamaron del servicio médico. Ud. faltó a una cita con el nutricionista.
— El nutricionista se puede ir a la …
— Nuevas directivas. El estado de salud de la oficialidad debe ser motivo de orgullo para la fuerza.
— ¡Nunca estuve más sano en mi puta vida!
La comi se levantó y le alcanzó un fax de un metro de largo con una chorrera de análisis clínicos.
— Me lo dejaron esta mañana en mi escritorio. Es mi responsabilidad velar por la salud de mis subordinados. Mañana, en ayunas. Lleve una muestra de orina. Y después vaya a ver al nutricionista.
Dio media vuelta y cerró la puerta de su despacho tras de sí y volvió a abrirla de inmediato.
— Es una orden.
Menos mal que volvió a cerrar, porque si le hubiera leído los labios lo habría mandado a la unidad de Ciclistas.
"Perra."