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Dioses Mortales: Las Profecías Profanadas

Por Ezequiel Posdeley

El blog de Ezequiel Posdeley

Añadido el 08/06/2017

Llegamos a un punto donde el camino parecía empinarse un poco; apenas sí escuchamos desde lejos el peculiar rebuznar de los mantheils, pero nadie hizo mayor caso hasta que la catarata de miembros chorreantes y estirados se acercaba estrepitosa y violenta por el corredor helado y las paredes escabrosas; yo desenfundé mi espada y corrí hacia ellos, enloquecido de venganza; gritaba en un tono más alto que sus chillidos mientras cercenaba todo cuanto se ponía en mi camino y cuando noté que me había adelantado lo suficiente como para que me rodeasen, saqué de mi cintura una daga con la mano izquierda; la sangre fría salpicaba por todas partes mientras yo los abría como peces.
La furia no me dejó sentir la piedad sino tiempo después, porque estas criaturas estaban realmente desorientadas; adquirir la visión cuando nunca han gozado de ella les
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había jugado una terrible pasada, ni si quiera reconocían sus propias figuras aunque ni el suelo o las paredes, por sus peculiaridades de transparencia, dejaba notar las sombras con nitidez… Esas criaturas habían sido masacradas sin poder defenderse, abrazando los filos entre sus carnes, ahora con ojos para mirar a los de sus asesinos.
La maraña de pieles y carnes pululantes que dejamos atrás daba cuenta de que ninguno de los allí presentes daríamos paso a la clemencia, y en una de las peculiares referencias que la vida hace a las frases populares, ―matar o morir‖ sería uno de los parágrafos principales en los mandamientos de esta nueva misión.
Atravesamos la cueva de los mantheils sólo para avizorar una panorama completamente diferente al anterior, totalmente opuesto; un paisaje repleto de sierras y pequeñas formaciones erógenas de rocas humeantes; aves gigantescas del tamaño de un hombre mediano circunvalaban en el cielo, quebrando el ambiente con sus hirientes graznidos; a lo lejos, en la llanura de una enorme montaña, lejana hacia el norte, se alzaba un negro ejército, curiosamente con caballos blancos; no costaba demasiado trabajo individualizarlo… El de las botas de hierro.
Bredrion… allí espera… negro como la hiel de mil demonios… los ojos intimidantes como los de una serpiente clavaban su ponzoña directamente en los corazones de los hombres… maldad pura y maciza… medía poco más de dos metros y medio… los brazos, la espalda, el tórax, las piernas, todo por donde se lo observara mostraba profundas cicatrices… colosal… los músculos de roca estiraban de sobremanera la piel, tanto así que parecía que se ajaría por si sola… era una verdadera abominación creada pura y exclusivamente para destruir… para asesinar… para odiar.