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Una flor en la oscuridad

Por J. R. Suárez

El blog de J. R. Suárez

UN ENCUENTRO CASUAL - CUENTO

Añadido el 07/07/2017

En una tarde de Mayo con un radiante sol, parado sobre el pasto verde Javier miraba fijamente al evento que tenía ante sus ojos, sin parpadear, sin perderse el más mínimo detalle. Vestía un traje que sus hijos le habían regalado y usaba por primera vez aquel día, le quedaba a la perfección y era de su color favorito: un azul tan oscuro que se confundía con el negro. Las aves cantaban pero los sonidos humanos parecían opacarlas, rodeado de un montón de personas que parecían no verlo, Javier seguía de pie sin voltearse a saludar a nadie, pero notando a personas las cuales tenía bastante tiempo sin verles el rostro. Todos los asistentes, al igual que él, parecían absortos en el evento que tenían frente a ellos… una brisa a lo lejos distrajo su atención al hacer volar decenas de hojas de los árboles cuando escuchó a sus espaldas:

-¿Qué haces aquí? – Le preguntó una voz familiar

-Pues… Supuse que debía verlo, total, ¿Qué puedo hacer?

-Tienes razón ¿puedo acompañarte?

-Siempre lo has hecho ¿no? – le dijo sonriente mientras volteaba a mirarla

-Pareces siempre tener la razón – respondió devolviendo la sonrisa

-Ya te lo he dicho: siempre la tengo – dijo Javier mirando los hermosos ojos dorados que tenía a su lado.

Sus hijos estaban de pie a unos cinco metros de él, dándole la espalda como todos los demás, observando. Allí estaban los dos: Valentina, copia exacta de su madre: cabello ondulado y largo que ella insistía en mantener lacio, piel dorada, ojos claros que deslumbraban a cuantos veían y unas mejillas rosadas que le hacían parecer la criatura más tierna del planeta; Julián, una mezcla de ambos: piel morena, cabello negro y lacio, ojos claros como su madre y tan alto como su padre. Estaban de pie uno al lado del otro dándoles la espalda, pero no era ese un impedimento para que Javier pudiera describirlos a la perfección. Un brazo de Julián rodeó el cuello de Valentina en un abrazo, mientras Valentina hacía lo propio por el torso de su hermano; ambos agacharon la cabeza.

-¿Y ahora qué? – preguntó a su compañera con un hilo de voz

-Y ahora solo queda esperar, tener esperanza… No hay nada más que hacer

-¿No crees que ya nosotros hemos perdido la esperanza, Lucía?

-Pues tal vez nosotros sí, pero ellos dos no… Y mientras ellos la tengan: debes confiar en ellos.

-Ahora pareces ser tú la que tiene la razón. – le respondió con una sonrisa un poco agria – Al parecer de todo lo malo siempre sale algo bueno – la haló levemente del brazo haciéndola acercarse hasta él y la abrazó.

-Siempre tú y tu optimismo – respondió al abrazo rodeando el cuerpo de Javier con su brazo

-No pensabas que lo iba a perder, ¿o sí?

-Ni por un segundo…

Un largo silencio se hizo dueño del lugar, solo se escuchaban los sonidos de algunas respiraciones agitadas, el sonido de las hojas de los arboles al chocar unas contra otras por el viento que soplaba y el del cantar de algunas aves que lograban mantenerse firmes sobre las ramas internas que no llegaba a alcanzar la fuerte brisa. Lucía rompió el silencio que se mantenía en el ambiente:

-¿Te quedarás hasta el final?

-Sí. ¿Tienes que irte?- Su voz denotaba tristeza. Agachó su cabeza para mirarla.

-No, Javier… Ya no – le respondió elevando su mirada, sonriendo y posando sus ojos dorados en los de él.

-Pues no me asustes de esa manera entonces – le devolvió la sonrisa mientras admiraba el brillar de aquellos ojos que conocía a la perfección.

El evento parecía estar llegando a su etapa cumbre y el silenció volvió a ser el protagonista, mientras todos mantenían su vista al frente, imperturbables, tal cual estatuas en un museo. Valentina y Julián estaban al frente de todos, seguían abrazados cuando algo pareció llamar la atención de Julián quien volteó rápidamente a la derecha y se mantuvo así un par de segundos para luego volver a fijar su vista al frente. Javier pensó en voltear a ver qué era lo que había llamado la atención de su hijo pero la rapidez con la que él volvió a poner su vista al frente lo hizo desistir. De nuevo fue Lucía quien rompió el silencio:

-Es increíble lo mucho que Javier se parece a ti, siempre lo dije, y aun cuando solo era un pequeño bebé podía encontrarle el parecido que tu decías ser inexistente.

-Solo veía sus ojos, sus ojos no son míos y tú lo sabes

-Pero míralo, eres tú… Eres tú cuando te conocí.

-Que tiempos… ¿Aún recuerdas ese día?

-Como si fuese sido ayer…

-Yo podría olvidar mi nombre, pero no ese día…

Se fueron alejando hasta una distancia bastante apartada del resto de las personas, pero desde donde podían ver muy bien bajo la sombra de un árbol. El evento parecía haber llegado a su fin, todos voltearon y se dispersaron caminando sobre el verde pasto que tenían a sus pies. Valentina y Julián fueron los últimos en voltear y comenzar a alejarse de allí.

-Si hay algo que siempre agradeceré a la vida: es que mis hijos tienen los ojos de su madre – dijo Javier mirando fijamente los brillantes ojos de Lucía, que mantenía una enorme sonrisa en su rostro.

Una mano de lucía se posó sobre la de Javier y empezó a inspeccionar sus dedos hasta llegar al anular.

-Aun lo llevas – dijo tocando el anillo de bodas de Javier

-Y siempre lo llevaré… - Le respondió mirándola mientras ella seguía regalándole aquella sonrisa que le fascinaba

Luego de que todos se alejaron de allí, ellos caminaron como hacía bastante tiempo no lo hacían: tomados de la mano como un par de jóvenes enamorados. Al llegar a lo que había sido el epicentro del evento, ambos agacharon la cabeza y pudieron ver una piedra recién tallada en el suelo:

Javier S.

Lucía De. S

Descansen en Paz

     -Ironías de la vida, que lo que nos separó: hoy nos vuelve a unir… - Lucía apretaba fuertemente la mano de Javier.

-¿Ahora qué haremos? – Preguntó Javier

-Pues tenemos mucho tiempo… Más que antes, ¿me concedes tu compañía?

-Hasta que la muerte nos separe…

J.R. Suárez

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DÍA SEIS - CUENTO

Añadido el 07/07/2017

Las gaitas le anudaban la garganta y ponían a flor de piel sus sentimientos, un trago más de un Santa Teresa añejo que guardaba para celebrar el año nuevo, pero que las circunstancias lo habían obligado a adelantar el descorche luego de haberse tomado todo lo que tenía en casa. El apartamento se sentía vacío sin ella, no quería admitirlo pero aquella delgada hada de piel morena le daba vida a todo lo que tocaba, y se llevaba la vida de todos cuando se iba; habían pasado ya 5 días y no había tenido ni un mísero mensaje de texto que le dijera que ella estaba bien, ni siquiera esa escasa muestra de compasión… Pero, ¿qué podía esperar de la vida? Luego de tanto recibido y tan poco dado en algún momento sabía que le tocaría pagar… y vaya que estaba pagando, con intereses y demás.

Desde que ella se había ido se dedicaba a hacer un repaso mental de todas las almas que había arrancado de cuerpos a balazos, de todas las mujeres que había engañado, que había seducido por el simple hecho del chaleco anti-balas, el revólver, una chapa colgada en el pecho y el dinero de unos cuantos “favores” que había hecho, y, cuando el alcohol le ganaba solamente se dedicaba a evocar mentalmente a aquella majestuosidad de piel canela y hacerle el amor en un espejismo que duraba unos pocos minutos y se desvanecía con la ayuda de Morfeo. La ebriedad daba paso a una larga estadía en el baño en un proceso: excusado-regadera que se podía traducir también en un: vómito-ducha que se alargaba por el transcurso de una noche, o quizá medio día completo hasta que podía recobrar sus funciones motoras a una capacidad en la que pudiese tener dominio de su cuerpo para ir a por otra botella en la licorería de planta baja, hasta que acabó con su dinero y recurrió a las botellas de colección que guardaba en una vidriera.

Era el comienzo del sexto día, y su miseria aumentaba conforme su ebriedad se iba, apenas eran las 4 de la mañana del 30 de diciembre y la brisa de la madrugada lograba refrescarlo un poco mientras el sudor corría por su cuerpo y lo hacía heder a alcohol. Miraba al estacionamiento del edificio cuando las luces de un vehículo alumbraron de frente a sus puestos del estacionamiento, había llegado, sabía el ritual de cada vez que llegaba y era por lo menos media hora en el vehículo antes de bajarse; una sonrisa se dibujó en su rostro y a un paso acelerado fue a su habitación a buscar el ramo de flores que había comprado el día que ella se había ido y había dejado en la cama aquella misma noche.

Se acercó al auto con el ramo de flores en una mano, tambaleándose, luchando contra el mareo producido por la deshidratación e intentando soportar el olor a alcohol que el mismo emanaba y había intentado ocultar. Llegó a un lado del vehículo y dio un par de golpes con su dedo en la ventana del copiloto, el sonido de los seguros levantarse le invitó a entrar y sentarse dentro del auto. Su ropa estaba perfecta, una camisa blanca abierta hasta el pecho que hacía notar dos perfectos senos llenos de silicona que no necesitaban un sostén en lo absoluto y unos pantalones negros ajustados que hacían resaltar un par de piernas que cualquiera quisiera tener enrolladas en la cintura.

-¿No me esperaste para tomar? – le dijo ella con una sonrisa indescifrable

-Quise, pero tardaste bastante…

-Pero ya estoy aquí, y eso lo que importa ¿no? – una hermosa sonrisa se hacía mostrar tras unos labios perfectamente rojos que podían volver loco a cualquiera.

-Pues… Sí – dijo sonriente también – y te traje esto – le mostró el ramo – pero antes quería contarte algo…

-Por supuesto – respondió intrigada – cuéntame… Y luego puedo compensarte los días perdidos – le puso la mano en la entrepierna y lo apretó, él estuvo imperturbable.

-El día que te fuiste fui con mi comisión a un operativo – comenzó a contarle – donde según encontraríamos al pez gordo, al que nos daría de todo por solo dejarlo libre… Y pues, lo encontramos.

-¿Y qué pasó? – preguntó con sorpresa

-Nos ofreció de todo: armas, dinero, carros… Cada quien escogió lo que quería…

La curiosidad no se hizo esperar

-¿Y tú? ¿Qué escogiste?

-Algo muy especial. – Dijo riendo levemente – Dame tu mano, lo que escogí está dentro del ramo.

Ella, ni corta ni perezosa le entregó su mano, de la que él tomó su dedo anular y lo guio dentro del ramo, la sonrisa en el rostro de ella crecía conforme se iba adentrando en el ramo entre las rosas y algunos claveles que había allí hasta que metió su dedo dentro de una pequeña circunferencia metálica y la sonrisa de aquella mujer no podía ser más grande, el sostuvo su mano completa y le dijo:

-No la saques, aún no, por favor… Quiero decirte que eres la mujer más hermosa que conozco, y que todo tenemos defectos, como no, pero que eso no importa, que te amo, y que quiero pasar la eternidad a tu lado… ¿Qué me dices?

Movida por el interés y por la imaginación que volaba al pensar en cuantas cosas más podría tener a costillas de aquel pobre hombre ella solo atinó a decir que sí levemente y a sacar su mano con brusquedad fuera del ramo para ver la argolla en su dedo, y su sonrisa se desvaneció tan rápido como la de él aparecía al ver en el dedo anular de ella la argolla del seguro de una granada. Ella intentó voltearse para salir pero él le tomó con fuerza las manos y se lo impidió mientras le seguía sonriendo.

-Sabía que aceptarías.

J.R. Suárez

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PRIMERA SONATA - POEMA

Añadido el 07/07/2017

Recorro tu cuerpo cual pianista a través de las teclas

Mientras tu mirada me susurra tus secretos,

Tu piel se eriza a mi roce;

Mi sonrisa delata mi goce.

Los bordes de tu encaje no son más

Que la frontera al paraíso

La cual consigo cada noche en mi cama

O en la cocina por las mañanas.

Mi paraíso andante

Sin órbita definida

¿Cómo es que llegaste ahora a alegrarme la vida?

Muéstrame la luz que habita en tu alma

A la vez que me regalas el calor de tu piel.

No sé cuántas almas has conquistado

Con el dulce brillar de tus ojos

Que al parecer lo manejas a tu antojo,

Pero déjame empeñarte la mía

Mientras me das tu cuerpo en calidad de préstamo

Tal vez nunca te pague,

Tal vez nunca me la devuelvas:

Es el riesgo que hay que correr.



Déjame probar el elixir de tu cuerpo

Mientras trazo el mapamundi en tu espalda

Hasta recorrer la sabana de tu abdomen

Con mis dedos en tu cuerpo:

Como teclas en un piano.