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Fábulas

Por Luis Cabello Muñoz

El blog de Luis Cabello Muñoz

FABULAS

Añadido el 11/07/2017
Imagen 1

EL GALLO

Había escondido ese año la gallina, sus huevos con verdadero esmero y ahínco; había la gallina encontrado un escondido lugar, un ponedero, que estaba fuera de la vista de todo curioso, de cualquier intempestivo ladrón de huevos; bien fuera para devorarlos o bien para manipularlos. En aquél escondido lugar, había incubado en secreto su tesoro, sus quince huevos, durante veintiún días.
Aquel venturoso día, todos los pollos comenzaron a romper los cascarones y acto seguido, comenzaron los hambrientos pollitos a piar; esto llenó de una inconmensurable alegría a la veterana gallina, que cloqueaba sin cesar, para que la escucharan sus pollos, pera que estos se habituaran al sonido de llamada de su madre, a la característica forma de llamarlos, que le permitiera a la madre, agruparlos ante cualquier contrariedad, ante cualquier peligro; el piar de los pollos y el cloquear de la gallina, duraron hasta que el sol comenzó a elevarse con claridad y determinación, sobre el horizonte; hasta que el primaveral día, dio entrada a una cálida mañana, soleada y prometedora.
Cuando la madre consideró, que reunía ya las condiciones adecuadas de luz y de temperatura, se levantó la protectora madre del nido y comenzó a cloquear, con la forma en que solo ella sabía y que sus pollos entendían a la perfección, con el ritmo que les indicaba a los pollitos, que la siguieran.
Los llevó primero, a un cercano páramo, en el que la poca hierba existente, deba cobijo a un sinfín de insectos; quería la gallina enseñar a sus hijos, a alimentarse; sin duda aquel lugar, reunía las condiciones adecuadas a tal fin; este sitio, le permitía a la afanosa madre, enseñar a sus hijos, a buscar pequeñas semillas y a cazar algún saltarín insecto, como cigarrones, u otros de menor tamaño y de inferior entidad.
Una vez estuvo la pollada en el lugar elegido, cuando los quince pollos pululaban en derredor de las patas de la gallina, que debía manejarlas con habilidad, para evitar pisotearlos, para no dañar a sus tiernos pollos, los pollitos, no prestaban demasiada atención a las patas de su madre y tenía que ser ella la que les proporcionara la seguridad necesaria y adecuada, además de mantenerles unidos y próximos a ellos y prestos a acudir a las solicitas llamadas de la gallina, que los llamaba cada vez que consideraban que podían picotear algunas semillas, o para dar alcance a algunos insectos, que pretendían huir despavoridos y que en una gran proporción, eran cazados por los pollitos.
Aquellos animalitos eran fieles a las características genéticas que definen a su especie, eran intrépidos y de carácter arriesgado, salvaje y tremendamente adaptados a aquel entorno lleno de libertades y de riesgos. Su madre pretendía adiestrarlos en unas y enseñarlos a controlar las otras; llevando estos últimos a una cota sostenible en el tiempo, razonable; para conseguir que la mayoría de sus pollos, consiguieran sobrevivir.
Esa era sin duda su misión en la vida y ella, se la tomaba con toda seriedad, dedicaba a ello todo su empeño y su esfuerzo; todo lo que le permitían las características de su especie. Ella y toda su prole, pertenecían a la sofisticada especie de los “gallos de pelea”, unos animales diseñados y criados por los hombres, para utilizarlos en peleas clandestinas, destinadas a proporcionarles el placer de la violencia extrema, desenfrenada y de las apuestas, en las que se jugaban el dinero que tenían y el que no tenían, provocando entre sus criadores y entre sus cuidadores, diversas circunstancias y verdaderos dramas sociales, verdaderas tragedias, que en ocasiones los habrían llevado hasta la desesperación y el suicidio, todo ello consecuencia de ruinas empresariales y familiares a las que eran arrastrados por las apuestas.
La gallina, había conseguido, que esta pollada, al haberla sacado adelante en la clandestinidad, en aquel nido oculto, habiendo incubado fuera de la vista de los criadores, se había permitido la gallina incubar huevos propios y además, haberlo hecho con todos los huevos que correspondían a una postura completa. Normalmente, sus cuidadores, manipulaban los nidos; procurando repartir los huevos en nidadas iguales; estaba la gallina segura, de que en más de una ocasión, el gallero, había cambiado sus huevos, por los de alguna otra gallina; por los de alguna hembra a la que habían cruzado con el semental que el criador, consideraba el adecuado.
En esta ocasión por el contrario, nuestra gallina, se había cruzado que el semental que le había parecido bien o que le había venido en ganas. Este proceder de aquella vieja gallina, no le gustaba al gallero; por esta y por otras razones, el gallero solo la utilizaba de incubadora; ella era la encargada de sacar adelante los pollos de otras gallinas y de cuidarlos hasta que pudieran valerse por sí mismos; en la mayoría de las ocasiones, estaba segura la vieja gallina, que los pollos que había criado, no eran suyos; que había incubado y posteriormente criado, el producto de una cruza que el gallero había considerado la adecuada, la deseada por él; llevando a cabo una cruza prevista y seleccionada.
En esta pollada, en esta ocasión, estaba segura la vieja gallina, que al contrario que otras veces, en esta ocasión, todos los pollos eran suyos y que además eran hijos de casi todos, o al menos de la mayoría de los gallos del corral; ella se había cruzado con todos o con casi todos y ahora, aquellos pollitos, eran sus hijos. Pensaba la gallina, que quizás esta era su última pollada, que ya comenzaba a proporcionarles un gran placer, había querido disfrutar de ella, hacerla a su antojo en todo, construirla según le dictaba su instinto de gallinácea libre e intrépida; se permitiría disfrutar de aquella pollada, que desde el comienzo, le proporcionaba un gran disfrute, un enorme sentimiento de libertad y de autorrealización.
Recordó la vieja gallina, un suceso antiguo, recordó que en una ocasión ya muy lejana en el tiempo, en la que el gallero la utilizó para criar una pollada extraña; ya los huevos, le parecieron raros, pero aún más extraños le parecieron los pollos, eran mucho más pequeños que de costumbre; de un colorido muy uniforme y muy moteados. Pero aquellos pollos eran tremendamente vivarachos y muy rápidos en sus movimientos y en su correr; más tarde, por una compañera, se enteró de que se trataba de una nidada de perdiz; la vieja gallina, acabó tomando cariño a aquellos pollos; pero pudo disfrutar de ellos poco tiempo, el gallero se los quitó pronto, para evitar que los perdigones pudieran escaparse, valiéndose de sus vuelos rápidos y de gran alcance, si los comparamos con los vuelos de una gallina; en el fondo, la gallina les había tomado un enorme cariño; la vieja gallina, que por aquel tiempo no era tan vieja, pero sí muy experimentada; sin saber la razón, les había tomado cariño a aquellos extraños pollos, pintados y rayados, que le había tocado incubar y posteriormente cuidar con todo su empeño y proporcionándoles toda su enorme y esmerada protección.
Ahora, se disponía la vieja gallina, la negra, brillante gallina de la raza que los hombres dedicaban a gallos de pelea, se dispuso a llevar su nutrida nidada a otro lugar, a un lugar que le proporcionara nuevas semillas y nuevos insectos para sus pollos, activos y multicolores, aunque entre ellos, predominaba ostensiblemente el color negro; los había de muchos colores y tonos; ella ya comenzaba a reconocerlos a todos, uno a uno, individualmente, a asignar a cada uno su identidad; era todo un orgullo para la satisfecha madre, criar al final de su vida, una manada completa, de la que ella podía estar segura de su maternidad, aquellos eran todos hijos suyos.
Atravesaron, la experimentada gallina y sus pollos, una zona con menos vegetación, con poca hierba, pero con abundantes piedras de diferentes tamaños. La gallina se ocupaba de levantar las piedras, de una en una; de esa forma mostraba la experimentada hembra a sus polluelos, los animalillos que se refugiaban bajo las piedras, que se ocultaban, que se protegían bajo las piedras más planas; la vieja gallina, los descubría y luego los picoteaba, los dejaba atontados y permitía que los pollos los devoraran.
De debajo de una de las piedras, una que era un poco mayor que las otras, saltó la sorpresa, de ella, al voltearla la gallina, salió la pequeña lagartija, que corrió desesperada en busca de un nuevo refugio, a refugiarse bajo otra piedra que cubriera sus debilidades, sus zonas más blandas y frágiles, las que podían ser atacadas por el duro pico de la gallina.
Desde luego, que el pequeño y frágil pico de los pollitos, no podían producir por sí solos, daño alguno a la pequeña lagartija; tuvo que ser la madre, la que de un duro y certero picotazo, destrozara la columna vertebral del pequeño reptil, el segundo picotazo, abrió el cráneo del animalillo y luego, ayudándose de sus uñas y de su pico, la abrió en canal, dejando al descubierto todos sus órganos aun latentes; esto hizo las delicias de los pollos, que se alborotaron y gozaron aquella delicia; en pocos minutos, terminaron de despedazar al infortunado animal, acabaron de devorarlo, de engullirlo en su totalidad; aquellos pequeños reptiles, los hermanos de este primer infortunado, pasaron desde entonces, a formar parte de la dieta de la pollada.
La gallina, la veterana madre, eran muy aficionada a cazarlos, disfrutaba con ello y también sabía que eran fundamentales para completar la dieta de sus pollos; también era la gallina experta en darles muerte y en despedazarlos, para facilitar a sus pollos el poder disfrutar de ellos, de su carne nutritiva y deliciosa.
Se ocupaba la gallina, de mantenerlos durante la mayor parte del día, ocupados en buscar semillas y en cazar insectos; procuraba la madre, no mezclarlos con el resto de los pollos de la granja, de la gallera, no cruzarse con otras nidadas; temía la celosa madre, que el pollero, le cambiara unos pollos por otros, creía que podía hacer lo mismo que tantas veces había hecho con los huevos de sus anteriores nidadas; aunque esto era totalmente irracional, ya que el pollero nunca cambiaría unos pollos por otros, sin tener certeza de su procedencia, de cuáles eran sus progenitores; en este caso, lo que tenía claro el gallero, es que eran hijos de ella y esto los descalificaba ante sus ojos; ya que la vieja gallina, solo había sido usada como incubadora, nunca como reproductora.
Para evitar este supuesto cambio, consideró la gallina, que lo mejor, era no dormir en el gallinero; procurar refugio a sus pollos en lugares apartados y de difícil acceso para el gallero; de esa forma, creía ella garantizado que sus hijos, continuaran siendo los suyos, los mismos que había tenido la mañana anterior; que los que amanecieran a su lado, fueran los mismos que se habían acostado con ella.
Una de las amenazas que más preocupaban a la veterana gallina, eran los ataques de los halcones; una pareja de rapaces, que anidaba todos los inicios de verano, en uno de los huecos de la tapia que marcaba los límites de la pequeña finca; aquella pareja, cuando se veía impulsada, forzada por el hambre de sus pollos, se convertían en el mayor peligro para los componentes de la nidada de la veterana gallina; esa era la principal razón, de que la madre, siempre tuviera un ojo atento al vuelo de los halcones y a todas y cada una de sus evoluciones; forzaba a la vieja gallina, a reaccionar ante cualquier cambio de actitud de las rapaces.
Aquella calurosa tarde de comienzos del verano, traería graves consecuencias para la nidada de la vieja gallina; mientras la numerosa pollada correteaba por el páramo, en busca de semillas y de insectos, el macho de los halcones, volaba pausadamente y a gran altura sobre ellos, procurando no ser visible, confundirse en el inmenso azul del cielo; pero todas estas estratagemas, no le servían de nada a la rapaz, en su maniobra de camuflaje, frente a la vigilancia a la que lo sometía la gallina; aunque sí le valía para desaparecer del campo visual de los inexpertos pollos; de repente, cuando le pareció oportuno, el halcón, lanzó su ataque furibundo y desenfrenado, desde una altura superior a los trescientos metros, el ave encogió sus alas, las plegó sobre su propio cuerpo, hasta casi hacerlas desaparecer, hasta juntarlas tanto a los flancos de su cuerpo, que las hacía inapreciables; esta maniobra, permitió que su peso, además de la forma de flecha de todo su cuerpo, adquirieran una velocidad próxima a los trescientos kilómetros a la hora, una alucinante velocidad.
La gallina percibió la maniobra desde su inicio, tan pronto como plegó sus alas; en el mismo momento en que la rapaz giró su cuerpo y estiró su cuello, procurando estilizar su figura y ofrecer la mínima resistencia al aire, la maniobra fue captada por la gallina y ella comenzó con su maniobra evasiva.
Un grito escandaloso y alborotado, seguido de un característico cacareo, que en su forma de expresarse, advertía a sus pollos del inminente peligro, indicándoles en su lenguaje, que el ataque venía del aire. Todos los pequeños, corrieron a esconderse; pero no todos con igual suerte, o tal vez con igual habilidad, algunos, la mayoría, consiguieron refugiarse bajo una planta áspera, espinosa y dura; esta áspera planta, los protegía a la perfección del ataque de los halcones; por el contrario, otros, unos pocos, no tropezaron con ese refugio y corrían despavoridos de un lugar a otro; la madre procuraba llamarlos, para atraerlos hasta ella y protegerlos con sus alas y con su propio cuerpo; la madre consiguió su objetivo con algunos; pero el halcón macho, raudo como el rayo, agarró con sus garras a uno de ellos y un segundo más tarde, también la hembra atrapo a uno; cada una de las aves, ascendió hacia el cielo con sendos pollos entre sus garras; ese día, los polluelos de los halcones, desayunarían carne de pollo, de cría de gallina de pelea.
Tuvo la vieja gallina que encajar el golpe, el terrible mazazo de perder a dos de sus pollos y de verlos ascender en el cielo, prendidos de las garras de los halcones, mientras sus tiernos pollitos, piaban desesperadamente; pudo la gallina escucharlos hasta que llegaron al nido de los halcones, situado sobre la sorda tapia, en un hueco situado a mediana altura; en ese momento pudo la gallina escuchar los últimos píos de sus pollos, hasta que los halcones, utilizando diestramente, sus duros y curvos picos, rompieron los cuellos primero y luego los cráneos de las tiernas crías de la gallina.
Desde su posición, al pie del grueso muro de piedra y tierra, horadada por mil huecos que posibilitaban el establecimiento de los nidos de algunos pajarillos; la vieja y veterana gallina, podía escuchar, o tal vez tan solo intuía, imaginaba, el corvo y duro pico de los halcones, romper los huesos de los pollos, arrancar sus tibias carnes, destrozar los tendones, partiendo a los pollos en pequeños trozos, que luego introducían en los picos aún inmaduros de sus pequeños y hambrientos pollos, que tragaban los trozos de carne que luego digerirían.
Corrían los días del verano y los pollos de pelea, crecían y se desarrollaban con gran velocidad, conforme a la genética de su especie y a la capacidad que tenían para llegar a ser adultos en pocos meses, de esa forma, cuando los calores del verano estaba ya mediados, el gallero se ocupó de apartar las gallinas y permitir que las diferentes polladas, formaran un solo grupo de jóvenes, machos y hembras que correteaban todo el día, por el entonces ya reseco páramo; por las tardes, tras un intenso día de cazar insectos, el gallero les repartía algo de grano de maíz y de trigo, para que de esa forma completaran su alimentación y de esa manera alcanzaran su máximo desarrollo.
Durante esas reuniones de toda la nutrida bandada, compuesta por los diferentes nidadas que se habían criado ese año, eran frecuentes los enfrentamientos entre los diferentes jóvenes machos que aspiraban al liderato, al mando de la bandada, que pretendían establecer una jerarquía, un orden en el mando.
Aquellas peleas, conforme crecía el celo en los jóvenes machos, eran cada vez más cruentas y llegaban los pollos a infringirse graves lesiones los unos a los otros; llegado el caso, era el gallero quien tenía que ocuparse de curarlos, de lavar sus ojos hinchados y cerrados por la sangre y por las supuraciones, que brotaban de sus heridas mal cicatrizadas, abiertas, purulentas; el gallero se ocupaba de limpiar esas heridas y de desinfectarlas con mucho cuidado; a pesar del exquisito trabajo que realizó aquel hombre, las bajas que causaron aquellas peleas, fueran numerosas, muchas fueron las infecciones y las heridas que se trasformaron en llagas purulentas, llegando algunas de ellas a verse convertidas en refugios de gusanos y de larvas, que se comían la carne putrefacta y sanguinolenta.
Por todas estas razones y por otras muchas, hubo más de treinta bajas entre los jóvenes machos, que sin duda eran los más perjudicados por las peleas y por las consecuencias que estas causaban; tuvo el gallero que hacer una gran fosa y en ella tuvo que enterrarlos a todos con cal viva; de esta forma evitaba las infecciones, colocaba una capa de cadáveres en la fosa, sobre ellos una capa de cal y así sucesivamente; de esta forma no solo evitaba las infecciones, sino también las epidemias y de paso conseguía que no acudieran las alimañas, que sin duda buscarían aquel festín y de paso podrían causar otros graves problemas, atraídos por los suculentos cadáveres, dispuestos para ser devorados.
De esta forma, más o menos accidentada, trascurriría el verano, durante el que las peleas, tanto los machos como las hembras, ganaban tamaño y también fortalecían sus cuerpos; eran ya capaces los pollos de dar grandes vuelos, de algunos cientos de metros de longitud y de dos o tres metros de altura, pero esto no era lo suficiente, como para qué los vuelos tuvieran la suficiente potencia, como para superar la gran tapia que rodeaba la finca en su integridad.
El final del verano determinó otro crucial momento para los pollos; las hembras estaba ya próximas a iniciar su ciclo sexual, comenzarían a ser capaces de reproducirse y de atraer la atención de los jóvenes machos, pronto comenzarían las jóvenes hembras a poner huevos y a dejarse “pisar” por los jóvenes machos; esto no debía permitirlo el gallero, en caso de permitirlo, alteraría a los jóvenes machos y los distraería de su fin, del objetivo principal de su desarrollo; era imprescindible por lo tanto el evitarlo, el impedir que esto sucediera y así lo hizo el veterano gallero.
Todos los pollos acudían a dormir al gallinero, esto lo conseguía el veterano cuidador, dándoles de comer, arrojándoles grano de maíz a última hora del día, cuando la luz comenzaba a difuminarse, después de que el sol se hubiera puesto; el gallero repartía abundante grano de maíz en el interior del gallinero; esta estratégica maniobra, conseguía reunir a todos los pollos y meterlos en el interior del recinto; cuando todos estaban dentro, el gallero cerraba la puerta y de esa forma los pollos dormían protegidos, a buen recaudo.
Esa noche, cuando la oscuridad y el silencio de la noche se habían apoderado del gallinero, con todos los pollos, tanto los machos como las hembras, durmiendo sobre los palos que cruzaban la estancia a diferentes alturas, de pared a pared. En el gallinero, provisto de una linterna y de un saco, irrumpió con decisión y violencia el gallero, lo hizo cuando ya se había superado la media noche, cuando estuvo seguro de que todos los pollos estaban profundamente dormidos.
El veterano cuidador, fue cogiendo de una en una, e introduciéndolas en el saco, todas y cada una de las hembras; cuando el saco estuvo repleto, lo amarró el gallero y lo sacó del gallinero; luego cogió el gallero otro saco vacio y continuó con su faena hasta haber metido todas las jóvenes hembras en el saco, sin dejar ninguna suelta.
Todas las jóvenes gallinas estaban dentro de los dos sacos y allí permanecieron hasta la mañana siguiente; a primeras horas, antes de que el sol se levantara sobre el horizonte de levante, llevó el gallero ambos sacos, repletos de gallinas jóvenes y cacareantes, a un lugar apartado de las dependencias habitables, también llevó el gallero dos sacos más, estos últimos estaban vacios y bien doblados sobre el suelo.
Una vez situado el gallero en su apartado lugar, esta fue extrayendo de una en una las “pollitas” y con su ganchuda y curva navaja, la misma que solía utilizar para vendimiar, cortaba las cabezas de las hembras tal y como las iba extrayendo del saco, luego, sin cabeza. Las arrojaba al suelo, donde las ya decapitadas jóvenes gallinas, revoloteaban un rato, mientras se desangraban y luego morían entre horribles convulsiones, silenciosas, solo se escuchaba el batir de sus alas.
Cuando el gallero hubo decapitado a todas las gallinas, de nuevo las introdujo en los sacos y las llevó a la parte posterior de su humilde casa, donde habían colocado unos grandes recipientes en los que hervía el agua, que llenaba medio bidón de chapa, de chapa muy osca y rudimentaria y que recibía directamente el fuego de una candela en la que ardían unos troncos de encina, que era la encargada de proporcionarle la energía suficiente como para mantener el agua en ebullición; en esta agua arrojó el gallero las gallinas decapitadas; posteriormente llamó a su mujer, que acudió rápidamente a la llamada de su marido.
Entre los dos, se ocuparon de desplumar a las tiernas gallinas, luego de haberles permitido hervir durante unos minutos, para que se enternecieran las plumas y fueran más fáciles de arrancar; después de quitarles las plumas, les extrajeron las vísceras y luego, por fin, limpias de plumas y vacías de vísceras, las fueron introduciendo en un perol con aceite hirviendo, en el que las dejaron cocer primero y freírse un poco, durante unos minutos; una vez cocinadas a medias, las introdujeron en unas orzas y las cubrieron con aceite; allí se conservarían hasta que fueran solicitadas para dar sabor a algún delicado guiso; las gallinas guisadas, servirían de fondo y de aporte de sabrosas proteínas; aquella reserva de carne, podía ser guardada durante meses, siendo utilizadas en el momento más necesario, en el instante en que fueran requeridas.
Una vez eliminado el inconveniente de las hembras, los jóvenes machos se adueñaron de la finca y pronto, su única preocupación eran las rivalidades típicas de su género, aunque las reyertas y escaramuzas eran constantes; normalmente, “la sangre no llegaba al rio”, la desaparición de las hembras, enfrió y retrasó el celo de los jóvenes machos y esto les permitió completar su desarrollo físico y le hizo alcanzar cuerpo de adultos.
Fue entonces cuando llegó el final del verano y con él, aparecieron en el horizonte las primeras tormentas, unas tormentas que marcaron y de qué manera, la vida de los jóvenes gallos; tormentas, que al caerles encima, al ser bañados por las torrenciales lluvias, aguaceros que al mojar sus plumas, provocaron en los animales una terrible confusión, provocaron que los unos no se reconocieran a los otros y por lo tanto, que pasaran a ignorar las leyes de la jerarquía, que había mantenido la paz en la bandada de la finca.
Con sus plumas mojadas, el desconocimiento de unos hacia los otros, fomentó el que comenzaran las peleas, los sanguinarios enfrentamientos que en la mayoría de los casos eran fratricidas; el caso fue, que se organizó una gran pelea de todos contra todos y tuvo el gallero, que andar ligero para evitar males mayores.
Procedió el gallero a encerrarlos en jaulas individuales, que desde entonces pasarían a ser su residencia habitual y permanente; tras encerrarlos, tuvo además el laborioso hombre, que dedicarse a curarlos de sus heridas; tuvo que llevar a cabo este trabajo durante varios días; en algunos casos, estas heridas revestían verdadera gravedad; tantas y tan graves eran las heridas causadas por la multitudinaria pelea, que llegó a diezmarse la bandada; hubo tres muertos a consecuencia de las infecciones y de las subsiguientes fiebres, que no pudo achicar el gallero.
Desde ese momento, los jóvenes animales perdieron toda su libertad, ya no saldrían del confinamiento que ejercían sobre ellos los jaulones de malla metálica, los que los confinaban en un espacio de menos de medio metro cúbico, allí, a duras penas podían dar unos pasos en un sentido, cuando se veían obligados a dar los mismos en el sentido contrario; también tenían racionada la comida y pronto olvidaron sus cacerías de insectos y de otros animalillos, como lombrices o pequeños reptiles; su vida se convirtió en una rutina agobiante y dirigida hacia el único fin que desde ese momento tendrían sus agobiantes vidas; desde aquellos momentos, las vidas de los jóvenes pollos, estarían dirigidas hacia la pelea, a pelear entre ellos para divertir a los hombres, para que estos sintieran emociones que les proporcionarían la terrible violencia que eran capaces de desarrollar aquellos animales; también le proporcionaban a los hombres aquellas violentas peleas de gallos, la posibilidad de jugarse el dinero y la posibilidad de competir, de dar lugar a rivalidades irreconciliables, que en muchas ocasiones, acababan en odios y rencillas.
Eran los pollos sometidos a algunos entrenamientos rutinarios, que supuestamente los prepararían, para las futuras peleas reales a muerte, peleas de emplumados gladiadores, en las que morían casi el cincuenta por ciento de los contendientes, esto sucedía en las peleas reales, donde unos morían directamente sobre el “reñidero” y otros a consecuencia de las heridas recibidas.
En estas “tientas” o entrenamientos, por el contrario, no solían morir ninguno, pero se repetían miméticamente las pautas que se seguirían en las peleas reales; la principal diferencia radicaba, en que se les tapaban las pullas, sus defensas naturales; estas les eran enfundadas con unas caperuzas de cuero que eran amarradas fuertemente a sus patas, con el fin de evitar que se infringieran heridas de consecuencias irreparables, o lesiones que trajeran como resultado la perdida de algún ojo u otro órgano de similar importancia o gravedad.
Se pretendía con estas tientas, probar el valor, la resistencia, la agresividad y la habilidad de los futuros gladiadores, bajo cuya responsabilidad quedaría el resultado o desenlace de las cuantiosas apuestas, que se llevarían a cabo durante las sanguinarias y fatales peleas, que se llevarían a cabo cuando el gallero los considerara preparados para tal fin.
Evidentemente, en estos entrenos, en estas “tientas”, se producía indefectiblemente, una primera y muchas veces trágica selección; los jóvenes pollos, debían tener el comportamiento de ellos esperado, en caso contrario, la decisión que se tomaba era inmediata; era absurdo, alimentar, cuidar, entrenar y curar a un animal que no fuera a dar el rendimiento esperado, un rendimiento diferente al que correspondía a la pureza de su sangre y que por lo tanto, debía dar esplendor a la gallera, a su “hierro”, a su marca y por lo tanto a su dueño y a los numerosos apostantes que jugaban su dinero a favor de la gallera; esta circunstancia debía cuidarse mucho, de ello dependían muchas cosas, que podían determinar la continuidad o no de la gallera.
En aquella primera tienta, a los pollos ya peleados y con una corta preparación, se les permitió por primera vez pelear durante diez minutos, sobre el metálico reñidero con piso de esparto sobre suelo de madera; una primera toma de contacto, que los llevaría hasta el ardor y a la excitación necesaria, para dejar adormecidas sus sensibilidades al dolor, para que se contrajeran sus vasos sanguíneos superficiales; esto era fundamental para evitar una hemorragia, que de otra forma sería profusa y peligrosa, quizás mortal.
Cuando los pollos, tras diez minutos de pelea, de frenético ejercicio y de golpes de sus patas sobre la cabeza del rival, que conseguían contraer sus venas y también conseguían que sus cabezas se encontraran adormecidas por los golpes, el gallero los tomaba en sus rudas manos, los colocaba sobre una mesa de madera y con su afilada navaja ganchuda, la misma que utilizaba para vendimiar, amputaba sus crestas y también los apéndices que les colgaban de la parte inferior de su cabeza, de los apéndices que colgaban blandamente de debajo de sus picos, , donde comenzaba la parte inferior de sus cuellos.
Los apéndices amputados, eran arrojados a un lado y sus heridas abiertas, eran taponadas con una pluma de su blando plumón, del más mullido, del plumón que nace bajo sus alas; esto era suficiente apósito para cortar con rapidez la hemorragia; luego los pollos, los jóvenes gallos, eran devueltos a sus jaulas; al día siguiente, serían curados nuevamente, cuando una gruesa y dura corteza del coágulo de sangre, se hubiera formado sobre sus heridas, aún sanguinolentas.
Estas tientas se sucedían. Se repetían con monótona frecuencia; en cuanto las cicatrices de sus heridas curaban, de nuevo eran los pollos sometidos a tientas, a peleas más o menos cortas con sus hermanos y rivales; estas peleas, cada vez eran más largas, se aproximaban más y más a la duración de una pelea normal, aunque el gallero continuaba tapando sus puyas, con la dura funda de cuero, este aparejo evitaba que sus heridas y las consecuencias de las mismas, fueran irreparables; pero que permitiera que mediante estas tientas, el gallero pudiera llevar a cabo una selección cada vez más exigente.
Tenía ya lugar la tercera tienta y tras ella, la selección fue despiadada; uno de los pollos, tras recibir una fuerte paliza, sintió en su oído izquierdo como se estampaba el cuero que cubría el espolón de su contrincante, de su adversario. El pobre pollo, joven e inmaduro, sintió un dolor insoportable y este intenso dolor, lo indujo a cacarear, a “cantar la gallina”: esto fue todo un momento, una debilidad; este cantico suponía una rendición, que se rendía, que renunciaba a la pelea.
Ante aquel cantico, la reacción del gallero fue inmediata, tomó en sus manos al asustado pollo, lo llevó hasta la mesa de madera que había en la gallera, allí, sin dudarlo un solo momento, con su ganchuda, navaja le cortó el cuello.
Ese día, en esa tienta, fueron cuatro los pollos que pagaron con su vida las diferentes carencias en su carácter o en su forma de pelear, el no emplearse a fondo en su única y vital misión, en la que les había sido encomendada por los hombres, a los que no se les ocurría otro empleo, otra utilidad que darle a esos animales. Los cuatro animales muertos, los donó el gallero al asilo que había en las proximidades de la gallera, seguro que aquellos viejos abandonados por la fortuna, agradecerían aquel aporte de carne fresca a su aburrida dieta.
La preparación, el entrenamiento de los pollos, mantuvo su rutina y fue aumentando de intensidad conforme se aproximaba la temporada de peleas; los animales no lo sabían, pero tras los cuatro meses de competición que formaban, que componían la temporada de peleas; por una u otras razones, más de la mitad de aquellos aún tiernos animales, de aquellos jóvenes pollos, perderían su vida en aquella temporada deportiva; los unos morirían en el reñidero, los otros lo harían durante la convalecencia, a causa de las complicaciones sobrevenidas por las heridas recibidas; otros, los más, morirían a causa del afilado filo de la ganchuda navaja del gallero.
Uno de aquellos días de peleas y de fiestas, le tocó el turno al pollo preferido por el gallero, su favorito, en él había el veterano gallero depositado la mayor parte de sus esperanzas, la posibilidad de tener un fenómeno, por el que podría obtener una pequeña fortuna, que le llegaría gracias a alguna oferta de compra suficientemente generosa, realizada por algún caprichoso deseoso de notoriedad y de protagonismo en la gallera; este pollo, el preferido del gallero, había sido bautizado con el nombre de “Gallino”; le había dado el gallero ese nombre a causa de su color negro, un negro casi uniforme, liso, solo unas pocas pintas doradas, adornaban la parte más baja de su cuello; esas eran las únicas señas que lo distinguían del pelaje tradicional de las gallinas de su raza, de ahí su nombre y también quizás, su forma muy particular de pelear, su forma de plantear las peleas, tan táctica, tan poco impetuosa, tan inteligente y tan medida.
No basaba “Gallino” sus peleas en la preponderancia muscular, física; por el contrario, su planteamiento era muy táctico, buscaba “Gallino” los golpes más certeros, la forma de meter sus puyas en el cuello y en la cabeza de su adversario, de forma que le produjeran el mayor daño posible, que esos puyazos fueran minando sus resistencia y robándole golpe a golpe la vida y el aliento, restando fuerza a su físico.
La superioridad física del rival, del contrario, era manifiesta, aunque los gallos hubieran sido emparejados, casados, mediante pesos iguales y puyas también iguales; el poderío físico del rival era evidente, su acometividad era grande y su agresividad resultaba incontenible, tan grande eran estas cualidades del contrario, que “Gallino” buscaba una y mil formas de zafarse de su agobiante poderío; escondía la cabeza bajo el ala de su rival y cuando salía de su escondite, buscaba la sorpresa, sorprender al contrario, encontrarlo desprevenido.
En una de las fuertes acometidas del rival, resultó evidente, que este había alcanzado a “Gallino” en un ojo; una de las puyas del contrario, había entrado con limpieza en el ojo de “Gallino” y lo había vaciado; el negro animal, acusó el evidente y duro castigo; pero haciendo de “tripas corazón”, tras algunos minutos de desconcierto; consiguió “Gallino” cambiar su táctica de pelea de forma que compensara su deficiencia; se inventó el negro gallo, un movimiento de rotación, mediante el que esperaba la acometida de su rival, tras la acometida, daba media vuelta sobre sí mismo y atacaba desde su ojo bueno, por el que aún conservaba la visión y de esa forma conseguía levantar sus patas y meter sus puyas de forma que alcanzaran con claridad, la cabeza de su rival. Con esta táctica, “Gallino” fue poco a poco recuperando el terreno perdido; por otro lado, las heridas que provocaba en su rival mediante la táctica que estaba empleando, fueron compensando sus propias deficiencias, las inferioridades que lo lastraban, como la terrible perdida de su ojo, que ya había asumido y asimilado.
El gallero se mostraba ufano y orgulloso de la demostración que estaba realizando su pollo favorito, que salto tras salto, puyazo tras puyazo, conseguía inclinar la contienda a su favor; pero cuando todo parecía ganado, de nuevo, un impetuoso salto del rival, extrajo limpiamente el otro ojo de “Gallino”, que a partir de ese momento quedó completamente ciego, de nuevo las tornas se volvían en contra y el desconcierto, la incertidumbre era total.
“Gallino”, daba picotazos de ciego y no acertaba a encontrar a su rival, por más que buscaba afanosamente el cuerpo y en particular la cabeza de su rival. Durante algunos segundos, el gallo negro parecía entregado, pero poco a poco fue habituándose a su nuevo estado y comprendió que el buscar con su pico al rival, era inútil, así que optó por otra posibilidad, permaneció atento y cuando su rival picaba en su cuello, para lanzar de nuevo sus patas al aire y procurar dar con sus puyas en el objetivo, era “Gallino” el que se anticipaba y el que lanzaba sus patas, valiéndose de la orientación que le proporcionaba su rival; de esa forma, conseguía adelantarse al ataque de su rival y ser él, el que colocara sus certeras pullas en el objetivo; lanzaba “Gallino” sus patas, guiado por el pico de su rival; mediante esta táctica, consiguió primero igualar la contienda y por fin, con un certero puyazo, clavó una de sus espuelas en la parte trasera del cráneo de su enemigo, consiguiendo alcanzar su bulbo raquídeo y darle la “puntilla”; lo había apuntillado inmisericordemente.
Tras el puyazo, el rival quedó en el suelo, sacudido por estertores de muerte. Cuando “Gallino” lo sintió muerto, lo buscó con sus patas, se permitió “Gallino”, lanzar un desafiante cántico que atronó el reñidero, era el cántico del vencedor. El gallero subió al recinto metálico, cogió su gallo y lo levantó en el aire, para mostrarlo a los asistentes, que aplaudieron con fuerza.
El gallero, se dirigió con él en sus manos, hasta la gallera; quería examinarlo a fondo, antes de tomar una decisión; todo aquello era muy importante, aquel animal era muy especial; sin duda, se trataba de un fuera de serie.
Con verdadera atención y mayor esmero, abrió el gallero uno de los ojos de su gallo favorito; el cuenco estaba sanguinolento y vacío, luego abrió el otro ojo, subió el destrozado parpado y el resultado fue el mismo; también estaba vacío; era indudable que aquello no tenía solución.
Los dedos del gallero, buscaron en el bolsillo de su pantalón; allí encontraron la ganchuda navaja; un tajo certero, fue suficiente para separar la cabeza del resto del animal; de su cuerpo, que tras algunos estertores, quedó inerme sobre el suelo.



FIN