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Una visita inesperada

Por Elmer López Guevara

El blog de Elmer López Guevara

UNA VISITA INESPERADA

Añadido el 28/07/2017
Imagen 1

— ¿Terminaron entonces entre sábanas, angelito? —dijo el padre Oteiza.
Hubo un momento en que unas nubes negras cubrieron el paraje y empezó a llover.
— ¿Pasamos a mi habitación, ángel? —dijo Dulcinea Ramón, tomándole de la mano cuando caían las primeras gotas.
—No tanto así, Oteiza. No lo digas tan suelto —dijo el ángel—. Nos acostamos y solo conversamos, palabra. Habíamos entrado a guarecernos de la lluvia que se había desatado.
— ¿Se acuesta, ángel? —dijo Dulcinea Ramón, que estaba echada sobre la cama desde que ingresaron a la habitación.
—¿Te hizo pecar, ángel? ¿Te hizo pecar?
—¿Por qué se asombra, ángel? —dijo Dulcinea Ramón—. Después de todo ya me ha visto desnuda esta mañana.
—Ya te di mi palabra, Oteiza— dijo el ángel—. Solo hablamos.
Oscurecía cuando Premio Olivares encendió el generador de luz eléctrica. Las primeras en llegar fueron las hermanas Velezmoro, unas jovencitas de pelo largo y mirada retadora, algunos las llamaban mellizas, tan solo para fastidiarlas porque sus diferencias eran bastante evidentes: Gardenia, la más alta, tenía la piel blanquísima y la nariz aguileña; Floriluz era morena y tenía los brazos y las piernas delgadas y acostumbraba llevar una bufanda que escondía su largo cuello. Eran las conocidas visitantas de los «cuartos de visitas». Eran muy amables y cariñosas y se dejaban acompañar más de lo debido. Solían aparecer siempre a las siete de la noche. Nadie sabía de dónde venían, lo cual era lo menos que se quería saber siempre que no dejaran de atender a los hombres al punto de que nadie salía insatisfecho de su servicio. Eran las únicas chicas, aparte de Dulcinea. A veces hacían llegar otras chicas, pero era de forma esporádica.