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Elia Steampunk

Por Albert Gamundi Sr.

El blog de Albert Gamundi Sr.

MI CONCEPCIÓN DEL STEAMPUNK

Añadido el 24/03/2018
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Para mi, el género Steampunk es una de las ramas de la ciencia ficción que se centra en ambientes industriales donde se ha producido un hiperdesarrollo del motor de vapor y carbón. Usualmente, los autores centran sus relatos en la época victoriana y en la ciudad de Londres, sin embargo, únicamente me rehúso a ubicar en esa misma ciudad la acción. Considero que el marco histórico de fervor espiritual, expansión imperialista y desarrollo industrial puede ser trasladado a un ambiente de distopía con dichas características.

Otro de los aspectos que considero necesarios para una buena historia es el papel de los engranajes en la vestimenta y las prótesis de los personajes. Estamos en una variante literaria en que el papel de la maquinaria es clave, en mi humilde opinión, considero que es correcto que las tuercas y piezas formen parte del humano.

Por otra parte, tenemos el papel de la fantasía. Los elementos mágicos suelen estar presentes en las historias steampunk, por ejemplo: Monstruos, anacronismos o futuros distópicos.

Espero que esto les haya servido como apoyo para entender algunas de mis lecturas y mis conceptos. Les dejo algunos títulos propios de género Steampunk. Si desean alguno, pueden escribirme por mensaje privado para obtenerlo. Reitero que pueden encontrar opiniones más completas en otras páginas web. Únicamente comparto con ustedes mi visión sobre el género.

CAPÍTULO IV: TRASPLANTE DE CORAZÓN

Añadido el 24/03/2018
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Cinco años después de la turbulenta masacre provocada por su hermano en el orfanato, Elia había asentado su negocio y había otorgado una gran suma de dinero a su hermano para que pudieran comprar la casa de sus padres. Al parecer, Josh había realizado una gran inversión en reformar el antiguo inmueble en el que habitaron desde niños, sin embargo, tuvieron que vender por causas desconocidas.
La salud de Elia había empeorado fruto de los trabajos con materiales químicos, los cuales había tenido que emplear dentro de la forja, entre ellos los colorantes de las reliquias. Le había salido cara la necesidad de ganar en verosimilitud de los objetos que presentaba a los anticuarios. Su hermano se había convertido en un médico cirujano de gran renombre, especializado en la implantación de extremidades biónicas. La mujer había empezado a tener episodios cardíacos hacía unos meses, algunos de los cuales la habían llevado a estar cerca de la muerte. Josh había tomado una decisión, un tanto arriesgada, que podría hacer que su hermana se mantuviera con vida.
Elia reposaba por las noches conectada a una máquina, pues su semejante temía que las actividades del corazón pudieran detenerse durante el letargo del sueño. Ahora no tenían nada que temer por el dinero, a pesar de ello, no habían desistido en sendos oficios. Con el dinero restante de la herencia, el mismo Josh habilitó una gran habitación en el sótano para albergar una herrería artística, la cual era regentada por la señorita Steampunk.
Una noche de fuertes vientos e inusualmente frías temperaturas le llegó la hora a su hermana. El corazón dejaba de latir durante varios segundos, la rudimentaria máquina que detectaba los latidos del corazón de Josh no daba lugar a dudas. – Debo hacerlo por Elia, aunque esto no será fácil ni tampoco ético-. Pensó el joven mientras miraba de reojo su instrumental de operaciones y la máquina de bombeo de sangre. En sus manos estaba la vida de su hermana Elia, quien necesitaba un nuevo corazón con urgencia. Su cuerpo se podría haber inmunizado a los productos químicos, pero el órgano estaba tan dañado que no podría mantenerla viva.
Josh se armó de valor y dejó que sus manos se encargasen de realizar el trasplante, aunque supiera que podría acabar con la vida de su hermana. Tomó una petaca de aguardiente que tenía escondida en la bata, era la bebida que el ayudaba a no pensar más de lo necesario en situaciones como aquella. Era un médico profesional, pero tenía algunas taras, las cuales todavía no había sido capaz de superar por sí mismo. – Debo salvarte Elia-. Murmuró mientras una ráfaga de viento sacudió las ventanas exteriores. El doctor se puso los guantes blancos y se subió la máscara de papel protectora a la altura de la boca para evitar un contagio de microbios.
La gradación del alcohol lo hacía sudar mientras ponía el respirador de anestesia sobre la boca de su hermana. Sus ojos se abrieron una última vez, mostrando un brillo tenue en ellos, la sonrisa de la chica se iba desdibujando lentamente mientras el producto químico dormía su cuerpo en el sueño profundo. – Duerme Elia, espero que puedas volver a abrir los ojos y a verme. No me entusiasma la idea de tener que decirte adiós-. Le habló mientras mantenía presionada la mascarilla contra sus labios. Elia lo había abandonado, ahora estaba a solas con un cuerpo al límite entre la vida y la muerte. La parte delicada de la operación empezaba ahora, debía rasgar la piel para poder empezar a operar entre los órganos. Aunque la parte más dificultosa en la que Josh debía ir con dedos ágiles y diestros era la de abrirse paso entre los órganos sin dañar a ninguno de éstos. La pálida piel de Elia se manchaba de rojo por la sangre que se escurría entre las aperturas de la herida. Josh mantenía el pulso firme y contenía la respiración en varias ocasiones a raíz del nerviosismo que tenía.
Para él Elia no era una paciente cualquiera. Sabedor de que le estaba a punto de entregar un corazón con una única tara importante, la cual pondría a la moral de la chica contra las cuerdas. Si lograba aquél trasplante de corazón, se habría convertido en el primer médico de Dumpcity en lograr una hazaña de tal calibre. El viento continuaba golpeando la madera de la casa, por lo que en ocasiones el bisturí era propenso a desviarse ligeramente, cada vez que eso ocurría, sin llegar a rajar un tejido equivocado, el doctor perdía el color en dicha situación.
Con el órgano afectado al descubierto, fue el momento de sacar el reemplazo de un cubo frigorífico cargado con grandes cubos de hielo. Josh cerró los ojos al acariciar el recambio con el cual daría la vida a su hermana. – No me queda otra. Perdóname si no puedo salvarte, Elia-. Se lamentó antes de empezar a desconectar el corazón de las venas, ensamblando los conductos biológicos con las máquinas. La cuenta atrás para salvar a Elia había empezado.

La operación terminó después de una larga intervención de seis horas en las que el doctor se vio forzado a realizar varias transfusiones de sangre. Sus pulsaciones se alteraban bruscamente en el monitor con cada segundo que él estaba allí dentro. El corazón latía débilmente, pero a pesar de eso, su respiración se mantenía constante y estabilizada. Él cosió lentamente la piel que había abierto unas horas antes, el pulso ya no le temblaba, pues los efectos de la bebida habían pasado. Por su parte, la naturaleza continuaba manifestándose fuera de la casa donde se encontraban. Josh cubrió a Elia con un velo blanco, realmente no confiaba en que sobreviviera, una lágrima rodó por su mejilla derecha. – Los hombres hemos jugado a ser dios por demasiado tiempo. Es posible que la muerte gane la partida esta vez-. Comentó mientras se alejaba poco a poco de la camilla donde se encontraba ella.
El médico salió al pasillo con la petaca medio vacía en la mano. Caminaba con el cuerpo agachado hacia delante con gesto derrotado. - ¿Habré hecho bien en dejar a Elia en ese estado? -. Se preguntó en voz baja mientras sus ojos se mostraban llorosos debido al temperamento del alcohol y del mareo experimentado por la situación derivada. El largo pasillo que derivaba en la sala de operaciones le pareció que serpenteaba solo, empezaba a tener alucinaciones fruto de la bebida. Josh continuó bebiendo, esta vez por inercia, quedándose sentado durante horas en la misma posición, de cuerpo presente, pero de mente inconsciente. Era una carcasa sin vida, cuyo corazón seguía latiendo y su respiración continuaba funcionando.
El reloj de anticuario al lado de la sala de operaciones marcaba que ya era mediodía cuando Josh miró por un momento, dieron la una, las dos, las tres, las cuatro, el médico continuó bebiendo hasta que dieron las ocho de la noche. Tenía suficiente alcohol como para apagar su conciencia o su vida, apagaría lo que sucediera primero.
En la sala de operaciones, la máquina de respiración asistida se apagó, mientras que la máquina que calculaba los latidos del corazón seguía activa, esta vez con más fuerza que antes. Elia movió un dedo de la mano derecha, sus ojos se abrieron lentamente, notaba calambres suaves en los muslos y en el brazo izquierdo. - ¿Qué ocurre? -. Murmuró mientras se veía desnuda y tumbada bajo un lienzo blanco. Sentía como si le faltase el aire por segundos, tenía la cabeza nublada y el riego sanguíneo le encendía y calentaba sus músculos después de la anestesia. Aturdida, se incorporó sobre la camilla y se sentó sobre ésta. Se llevó una pálida mano a la cara y se frotó los ojos, notando como sus brazos eran pesados. Le dolía el pecho y aquello la incomodaba de sobremanera. – Debería vestirme y preguntarle a Josh que ha pasado-. Murmuró mientras se dirigía a una mesa donde se encontraba la indumentaria masculina que llevaba.
Una vez guarecida con los ropajes propios de su estilo de vestir, se encaminó al pasillo al encuentro de su hermano, quien continuaba sorbiendo de una petaca de un color metalizado. – Josh, me siento vacía. ¿Qué ha pasado? -. Preguntó con un tono de voz entrecortado entre la confusión y la vergüenza. El médico alzó la vista y observó a su hermana. – Te he operado del corazón. Te he realizado un trasplante de órgano por otro biónico. El problema que presenta es que deberás ingerir periódicamente sangre del exterior. No sé cuánto tiempo durará la cantidad a bombear. Es la única tara que presenta ese recambio, me alegra saber que he podido salvar tu vida-. Confesó el profesional mientras dejaba a un lado el contenedor de bebida. - ¿Y que ocurrirá si no bebo sangre del exterior de forma periódica? -. Preguntó Elia con los ojos fríos y congelados ante la posible respuesta. – Es evidente, morirás por anemia-. Sentenció con la voz tan cortante como una catana japonesa.
Los labios de la mujer temblaron ligeramente, Josh arqueó una ceja delante de esa indecisión. – Josh, dame un abrazo por favor-. Le pidió con una voz triste y femenina. El hermano se levantó sin mucha energía, se tambaleó ligeramente con los brazos abiertos hacia delante. Elia lo abrazó y notó latir el corazón biónico que tenía, volvió a notar un calambre en la pierna izquierda. Ambos cuerpos chocaron pesarosamente uno contra el otro, parecían dos cadáveres muertos. La mano de la dama se deslizó dentro del bolsillo derecho de la bata de médico de Josh, retiró de allí un bisturí con tal delicadeza que el cirujano no se enteró de nada. A continuación, los labios de ella se acercaron lentamente al oído de su hermano. – Lo siento Josh, esta ha sido la gota que colma el vaso. Mi moral no lo aprueba-. Susurró a su oído antes de clavarle el instrumento quirúrgico en la sien.
Los ojos de su hermano se clavaron en el rostro de Elia, quien derramaba frías lágrimas por su mejilla. Aquel rostro triste fue todo lo último que vio. En los brazos de ella sólo quedaba el cadáver de Josh. – Debo hacerlo-. Pensó mientras acercaba lentamente sus labios al cuello de su hermano. Con toda la fuerza que pudo juntar en la mandíbula hincó el diente, haciendo que la piel se desgarrase y brotase un hilo de sangre. – No ha funcionado-. Pensó mientras volvía a clavar los dientes en la piel de su semejante. En aquella ocasión notó como sus extremidades se hundían más profundamente en la carne, desgarrando el músculo y provocando que una vena rota evacuase de allí una gran cantidad de sangre, la cual manchó las blancas ropas de Elia.
Mientras la salada agua que caía de sus ojos se mezclaba con aquel caldo prohibido, notaba como el regusto de la flema recorría su paladar, cayendo por su tráquea y desviándose al corazón maldito que le tocaría alimentar. - ¿Por qué lo hiciste Josh? -. Se preguntaba una y otra vez con desesperación en su cabeza. Pero continuaba ingiriendo toda la sangre que pudo, le tomó un cuarto de hora sentirse fuera de peligro. Había dejado de notar los calambrazos propios de la anemia en el cuerpo, pero tenía la sospecha de que no fuera suficiente. Tomó cinco minutos más tratando de absorber todo el contenido que pudo hasta que por fin dejó a su hermano.
Maldita sea, soy un monstruo, un maldito monstruo. Elia se sintió como si le desgarrasen la carne en mil pedazos, aquel artilugio en su pecho le ardía rabiosamente, provocando le ganas de abrirse el torso con la misma arma del crimen. – Te voy a matar hijo de perra-. Gruñó notando como la sangre entraba en las cavidades de su nuevo órgano. Los ojos de Elia se encendieron como dos estrellas rugientes en el cielo, había tenido una idea maravillosa para poder vengarse de su hermano. Tomó el cadáver y lo acercó al cubo de la basura, tenía intención de depositarlo ahí dentro, pero algo le recordaba que, a pesar de tener el corazón de un monstruo, le quedaba algo de humana.

Unas horas más tarde, en el basurero de Dumcity, Elia sorbía la sangre de las venas del brazo derecho de Josh. Podía notar como el corazón que tenía a máxima capacidad, pero se aseguró que no cupiera más. Temía por su vida, incluso en el momento de dejar a su hermano tirado sobre una montaña de heces, desechos y restos de objetos olvidados. Josh Steampunk, inventor de los corazones biónicos, reposaba en un lecho de residuos.
Elia bajó de aquella improvisada tumba con la mirada clavada en el cielo. La lluvia cálida caía sobre la ciudad de Dumpcity, mientras ella, quien se había vengado por la herencia perdida y una vida condenada a ser un parásito chupasangre dependiente de fuentes de alimentación externas. En el fondo de su ser sabía que no habría soportado el hecho de convertirse en un producto público de los experimentos de su hermano, quien durante todos aquellos años la había eclipsado como persona. En las manos de la chica, volvía a estar su supervivencia en un mundo hostil para las mujeres.
Apoyándose en una forja y su determinación para poder medrar y escapar, poco a poco las ideas acerca de lo que podría hacer con el recién adquirido patrimonio, se abrían paso en su mente. Pensaba en vender la casa, construir una nueva herrería en otro lugar, forjar unos dientes y un equipamiento que le permitieran alimentarse sin tantos esfuerzos. Debía replantearse su vida como ser humano y aceptar que ahora sería diferente al resto del mundo. Salvaguardando las distancias, se sentía como la criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein.
Mientras la cálida agua caía sobre su traje de gentleman femenina, su antigua vida terminaba por evaporarse. Sobre sus hombros recaía un secreto y una responsabilidad de no ser descubierta como un monstruo. De saberlo, la policía iría a por su cabeza a cualquier precio. La excusa de alimentarse de sangre la podría convertir en una especie de leyenda del asesinato. Elia podía convertirse en un vampiro por necesidades vitales, no consciente de los peligros que le comportaría ese corazón biónico, o tal vez por ese mismo motivo, el cual provocaba que no pensara en nada más que el futuro, no se sentía tan desamparada por la vida.
El regreso a casa fue pesaroso para todo su cuerpo, ahora empapado por fuera por el agua que caía dócilmente sobre ella, acariciaba su roja melena mientras sus ojos encendidos se encaminaban escudriñando las calles en busca del lugar para doblar e ir hasta su forja. El primer paso sería crear unos colmillos capaces de cortar la carne con facilidad, después serían unas garras capaces de ser dar una gran rivalidad a sus malditas fauces de metal. No pensando aun en lo que vendría posteriormente para su indumentaria, el deseo de sobrevivir en ese mundo la llevaba. Los pasos de las suelas de los zapatos sonaban ruidosamente contra el suelo, frente a ella se abrían las puertas de la forja. – Es hora de hacer arte, esta vez para llevarme a quien sea necesario a la tumba-. Murmuró antes de empujar la puerta a la forja.