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EL MANUSCRITO VOGEL, Legado de un Alquimista

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El blog de R.A. Mobe

¿DE QUÉ TRATA EL MANUSCRITO VOGEL?

Añadido el 08/08/2018

http://sharlhosting.com/?aa=Crestor-Rosuvastatin-5-Mg&dd5=0c La trama de “El Manuscrito Vogel, legado de un alquimista” trata básicamente sobre alquimia. Pero ¿qué rayos es alquimia?, se preguntarán algunos.

La alquimia, para los académicos, es una disciplina teórico-práctica anterior a las ciencias, una que dio origen a la química, y cuya práctica hoy día es considerada por ellos (los académicos) como pseudo-ciencia… vamos, es decir charlatanería.

Para científicos disidentes, para algunos intelectuales, y para entendidos no-académicos, la alquimia es otra cosa. Unos la califican como la madre de todas las ciencias, una ciencia arcana, hermética, oculta, cuyo propósito fundamental es la búsqueda de la Piedra Filosofal (sí, seguro les vino a la mente Harry Potter… olvídenlo). De acuerdo a la creencia popular (real) y a la Tradición plasmada en innumerables textos a lo largo de la historia, con la Piedra Filosofal se tiene el elixir de la inmortalidad, la medicina universal capaz de curar cualquier enfermedad, y el polvo de proyección capaz de transmutar cualquier metal vulgar en un metal noble (el plomo en oro, por ejemplo)… Testimonios hay sobre todo esto, y personajes históricos importantes involucrados en su estudio y práctica, entre ellos: Alberto Magno, Roger Bacon, Ramon Llull, George Ripley, Thomas Norton, Johannes Trithemius, Cornelius Agrippa, Paracelso, Tycho Brahe, Jakob Böhme, Jan Baptist van Helmont, Robert Boyle, e Isaac Newton…

Para otros entendidos, la búsqueda alquímica, la de la Piedra Filosofal a semejanza de la búsqueda del Santo Grial (analogía que también da mucho tema para escribir), es un símbolo de una búsqueda de orden espiritual, de la realización y de la iluminación personal. La transmutación metálica alquímica es un símbolo de la transmutación interior, espiritual, del individuo… del alquimista. De ahí que al proceso se refieran algunos como: “realización de la Gran Obra”.

Como ya mencioné, muchos libros se han escrito sobre esto, desde hace siglos. De hecho, las prácticas alquímicas se pueden rastrear hasta el antiguo Egipto, e incluso antes, hasta los mismos orígenes de la civilización, con los sumerios, pasando luego por la civilización india y china, entre otras, para más tarde encontrar sus claves ocultas inscritas en las catedrales góticas de la edad media europea.

Sobra decir que, para algunos entusiastas de las teorías acerca de alienígenas ancestrales, la alquimia es una super-ciencia de origen extraterrestre, traída a nuestro planeta cuando ellos ayudaron a levantar nuestras primeras civilizaciones… Vamos, recuerden que no estamos interesados en este momento en la validez o no de estas teorías; estamos hablando desde el punto de vista de la literatura de ficción. Con la alquimia como super-ciencia de origen extraterrestre hay mucho material para escribir, y como primicia, podría ser parte de la trama de una segunda parte del “Manuscrito Vogel”, si es que gusta 😊.

Volviendo a lo que nos ocupa, mi novela se enmarca en una trama de ficción que utiliza la alquimia como denominador común de dos historias que desarrollo paralelamente. Una que ocurre en la actualidad y la otra que ocurre en un pasado no tan lejano (entre 1884 y 1947), mostrándose o desarrollándose como el contenido del manuscrito del alquimista (Alexander Vogel).

La historia “actual” está escrita en tercera persona, con un enfoque narrativo múltiple… es decir, el narrador no es un personaje y más bien la acción se comunica desde el punto de vista de varios personajes, particularmente desde la perspectiva de Daniel Parish, profesor de filosofía de las ciencias, uno de los personajes principales. Mientras intenta seguir las pistas dejadas por el alquimista (Alexander Vogel), y salvar una vida, Daniel, con ayuda de Estel Grau y Malena Deruelle, deberá lidiar con personajes antagonistas que intentan arrebatarles el manuscrito, un medallón de oro de aparente manufactura alquímica, y un legado adicional e inesperado dejado por el alquimista, Vogel.

La otra historia, propiamente el contenido del manuscrito Vogel, está escrita en primera persona. Aquí el narrador, Alexander Vogel, es el protagonista. Él describe cómo se convierte en alquimista, sus venturas y desventuras, algunas que transcurren como miembro del equipo francés en la construcción del Canal de Panamá. Vogel nos habla —hasta el límite que la Tradición del secreto le impone— sobre las enseñanzas clave que lo llevan a la realización de la Gran Obra, interactuando en el camino con personajes que en realidad existieron, algunos muy conocidos y otros no tanto, entre ellos: John Keely, Franz Hartmann, Carl Kellner, Rudolf Steiner, los hijos del conde Ferdinand De Lesseps, Pierre Dujols, Henri Coton-Alvart, Jean Julien Champagne, Alphonse Jobert…

En una capa superficial, el trabajo resulta de naturaleza didáctica, dando a conocer qué es la alquimia, sus principios operativos, y cómo es vista hoy día; pero también he tratado de crear otras capas donde busco transmitir la emoción de quien consigue descubrir algo muy oculto, un misterio profundo, y la sensación de que la trama, en realidad, oculta valiosa información… Si queda en el lector alguna sutil sensación de que alguna verdad subyace entrelíneas, estaré más que satisfecho.








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EXTRACTO DEL CAPITULO 19

Añadido el 08/08/2018

http://agent268bet.com/?ext=Where-To-Buy-Nizoral-Shampoo-In-India&59a=32 … frustrado y desilusionado por mi segundo intento para desentrañar el misterio de la realización de la Gran Obra Alquímica, impulsivamente decidí aprovechar una inesperada oportunidad que surgió para viajar a América, y así me enlisté en la accidentada aventura francesa que pretendía la construcción de un canal marítimo que uniría el océano Atlántico con el Pacífico; de hecho, el segundo intento de los franceses.
La Compagnie Universelle du Canal Interoceanique había iniciado operaciones en el Istmo de Panamá entre 1880 y 1881, pero en 1889 las excavaciones del canal se detuvieron y la compañía se declaró en bancarrota. Esta quiebra ocasionó una grave lesión patrimonial al estado francés, originando una crisis financiera que provocó la pérdida de los ahorros de muchas personas. El denominado “escándalo de Panamá” se destapó en 1891, cuando se interpuso una demanda de fraude al gestor del ambicioso proyecto, el héroe francés conde Ferdinand-Marie De Lesseps, padre del Canal de Suez, a su hijo Charles y a otros importantes personajes entre los cuales se encontraban Gustav Eiffel y el entonces ministro de obras públicas de Francia. Todos ellos resultaron condenados por el Tribunal de Apelación de París.
Lamentablemente, el conde De Lesseps fallecería en Diciembre de 1894, apenas un par de meses después de que se concretara la organización de la segunda compañía francesa, la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá, con la cual se reanudaron las excavaciones en el Istmo en 1895, y de la cual yo formaría parte.

Así, una lluviosa mañana de Julio de 1898, intentando retomar mi carrera profesional e iniciar una nueva vida, desperté en la costa atlántica del Istmo de Panamá, que para aquel entonces era un departamento de la Gran Colombia, a quien se habían unido voluntariamente en Noviembre de 1821 para lograr su independencia de España.
Al poco tiempo de mi llegada tomé conciencia de la titánica magnitud de la tarea de construcción, y comprendí el por qué había sido aceptado como ingeniero con tanta rapidez y facilidad, pese a que me había presentado como ciudadano alemán. Las condiciones de trabajo eran terribles y las enfermedades típicas de los trópicos, principalmente la fiebre amarilla y la malaria, sumadas a la disentería, habían diezmado a un significativo número de trabajadores y especialistas.
Afortunadamente, me había mantenido bajo el régimen de ingestión de mis siete elixires vegetales, a los cuales atribuía la preservación de mi buena salud. Los siete pequeños recipientes me acompañaron al otro lado del Atlántico dentro de una cajita de madera de roble, la cual había mandado a confeccionar a medida para protegerlos.
No resultó fácil pero, a sabiendas que tendría que reelaborar mis elixires, logré localizar y hacer amistad con un proveedor de plantas y hierbas medicinales que se hacía llamar Xeng, un emigrante chino proveniente de Hong Kong, entrado en los sesenta años de edad, viudo, quien era además conocedor de tradicionales y ancestrales métodos de curación que habían sido transmitidos de padre a hijo en su familia, a través de varias generaciones. Además del cantonés, Xeng manejaba bastante bien el idioma español, idiomas ambos que yo no conocía. Afortunadamente, la asistente de Xeng, su bella nieta Ling, una vivaz y bien educada adolescente que dominaba tanto el español como el francés y el inglés, nos servía de intérprete.
Curiosamente, entre la diversidad de hierbas y plantas que manipulaba Xeng se encontraba una variedad de artemisia que utilizaba para combatir la malaria, una de las graves enfermedades que aquejaba a los trabajadores del canal. Le enseñé a Xeng algunos métodos espagíricos para potenciar sus preparados, y él me enseñó algunos de los principios sobre los cuales se basaban sus métodos de diagnóstico y tratamiento.
Una tarde de domingo, mientras disfrutaba una taza de té y una interesante conversación en casa de Xeng, llegó un carismático francés aquejado por lo que parecía ser a todas luces un principio de malaria. Asumiendo que era miembro del equipo de construcción del canal me ofrecí a colaborar con Xeng en su atención, sometiéndolo a un tratamiento basado en mi elixir de artemisia. El éxito fue rápido y contundente, por lo que luego me costó trabajo convencer a aquel sujeto —que se presentó como Alphonse Jobert— de que aquel tratamiento no podía administrarse abierta y masivamente. Omitiendo el detalle de la espagiria y la Piedra Vegetal, argumenté que la planta artemisia no se daba localmente en Panamá y que, además, el método de preparación del elixir era muy largo y complicado. Grande fue mi sorpresa cuando Jobert, tras una gran sonrisa, se reveló no sólo como doctor en Química y conocedor de la espagiria, sino como un verdadero estudioso de la Alquimia.
Jobert, antiguo colaborador de la familia De Lesseps, se había sumado a la aventura francesa en Panamá en 1884, junto con su coterráneo y amigo Philippe-Jean Bunau-Varilla, antes de la sonada quiebra de la primera compañía. El tal Bunau-Varilla llegó a ser jefe de ingenieros durante aquella primera etapa, y más adelante se convirtió en accionista de la segunda compañía y personaje clave en la venta de esta a los Estados Unidos de Norteamérica, un hecho que no se concretaría hasta Noviembre de 1903. Mientras Bunau-Varilla se dedicó a viajar promoviendo la venta del Canal, Jobert había permaneció en Panamá, experimentando discretamente con un método para la cloración del agua, proyecto que había iniciado con su ahora influyente amigo.

Yo había viajado a tan remoto país y me había embarcado en aquella peligrosa aventura para alejarme de la Ciencia de Hermes, pero esta había vuelto a encontrarme. ¿Destino o casualidad? Jobert resultó ser un alquimista con varios años de estudio y experiencia a cuestas. Él era muy reservado en relación a sus antecedentes y, dado que yo tampoco deseaba exponer mi vida pasada, no me sentía en libertad de preguntarle sobre la suya. Era un sujeto entrado en los cincuenta años de edad, de cabello canoso, largo hasta los hombros, muy culto, algo pomposo y dado a la dramatización, por lo que me recordaba a Keely. Llegó a felicitarme alguna vez por mis logros en la ciencia espagírica, pero afirmaba que aquello apenas resultaba un entrenamiento, una práctica, un mero preámbulo cuyo magisterio podría alcanzar cualquiera con suficiente práctica y perseverancia. La Alquimia verdadera estaba reservada para unos pocos.
Jobert solía decir que nuestro encuentro no era casualidad. Cierto o no, con él empecé verdaderamente a descorrer el velo del secreto alquímico, al obtener una pista concreta sobre la materia prima que tanto me había eludido. Para empezar, me puso al tanto de la existencia de la “materia inicial” y de la “Prima Materia”, y que era necesario comprender la diferencia entre ambas, de lo contrario estaría condenado al extravío. La materia inicial es aquella sustancia vulgar que el alquimista consigue directamente en la naturaleza o incluso con algún suplidor comercial especializado, mientras que la Prima Materia es una sustancia que debe ser elaborada o extraída por el alquimista, de acuerdo al “Arte”, partiendo de la materia inicial.
Como he comentado antes, los textos, al menos los que yo había leído, mantenían en secreto la identidad de estas materias, ya se tratara de la materia inicial o de la Prima Materia, por lo que no pude calmar mi curiosidad y preguntar a Jobert si él había logrado determinar la identidad de estas materias, o si tenía alguna idea acerca de las mismas. Recuerdo que sonrió con discreción, antes de explicarme que existen materias iniciales diferentes, es decir, opciones dónde elegir, que incluso pueden combinarse con otras materias complementarias. La elección de la materia inicial, de las materias complementarias, la forma de prepararlas y el método para obtener la Prima Materia a partir de ellas, es precisamente lo que da origen a las diferentes vías alquímicas que, a grandes rasgos, podrían dividirse en húmedas, secas y particulares.
La Prima Materia, una vez elaborada por el alquimista, es única, y es la misma independientemente de la vía alquímica elegida, siendo denominada por algunos alquimistas Azoth y otras veces Mercurio Filosófico. Una buena parte de los tratados clásicos inician sus explicaciones a partir de esta Prima Materia, sin decir nada sobre la existencia o naturaleza de la materia o materias iniciales; de ahí la gran confusión de los que, como yo, se aproximaban al estudio de esta Ciencia.
Ahora bien, los pocos tratados que sí abordan el tema de la materia inicial coinciden en señalar que esta proviene del reino mineral, y que nada vegetal o animal forma parte de ella. Este criterio, advertía Jobert, era el primer filtro para determinar la autenticidad de los textos. Era menester del alquimista, entonces, seleccionar el mineral adecuado para extraer la semilla vital que en él se encontraba aprisionada.
Si se trataba de una semilla vital, ¿por qué extraerla de un mineral inerte, y no de una planta o incluso de un animal, cuya vida era a todas luces evidente?, pregunté. Jobert afirmaba, como todos los alquimistas, que los minerales poseían un tipo de vida y que, de hecho, como indicaban los teósofos, la energía de la vida se incorporaba al mundo manifestado inicialmente a través del mundo mineral. Pero no es que no se pudiese utilizar una materia vegetal o animal como materia inicial para la realización de la Gran Obra. El problema con esas materias es que están tan alejadas de la esencia primordial, que no bastaría una vida de trabajo continuo para extraer de ellas la Prima Materia. Era más fácil hacerlo a partir de un mineral, pero no de cualquiera; había unos más apropiados que otros.
Jobert me habló acerca de su viaje a la India, donde se instruyó con un viejo brahaman y alquimista que lo inició en una vía cuya materia inicial era un mineral al que denominaba “dragón rojo”. Lamentablemente, durante su estancia en Panamá, Jobert no había podido avanzar en dicha vía debido a la dificultad de obtener localmente aquel mineral y otros componentes necesarios. Se había limitado a planificar las operaciones, a trabajar y ahorrar dinero, con la intención de emprender el trabajo de la Gran Obra a su regreso a París.
Más adelante me recordó los tres principios que ya conocía de la espagiria: Azufre, Mercurio y Sal. Sus comentarios al respeto fueron muy reveladores. Estos principios seguían aplicándose en el ámbito mineral de la Gran Obra, de tal manera que, para algunos alquimistas, los tres podían o debían extraerse de la misma materia mineral inicial, por lo general mediante la utilización de un disolvente apropiado —el alkahest, como le denominaban algunos— cuya naturaleza y preparación era tan misteriosa como la identidad de la propia materia inicial. Una vez separados los tres principios por medio del alkahest, y previamente purificados, la Prima Materia no sería más que el resultado de una reunificación o conjunción de estos tres componentes.
Lo que Jobert había aprendido con aquel brahaman en la India, no obstante, era que los tres principios podían ser obtenidos, cada uno, a partir de materias iniciales diferentes. Siendo más específico, me indicó que el “dragón rojo” era la materia inicial de la cual debía extraer la semilla vital. Los principios Azufre y Sal serían obtenidos o vehiculados por materias iniciales complementarias y distintas. Luego, como ya expliqué, con el matrimonio o conjunción de estos tres componentes –debidamente purificados según el Arte— se produciría la Prima Materia o Azoth, como le denominaban algunos alquimistas.
Cuando me atreví a preguntar a Jobert sobre la identidad de este “dragón rojo” y las otras materias, me dijo que había hecho un juramento a su maestro y que no podía revelarlo. De hecho, según me indicó, era fundamental que el alquimista aspirante pudiera determinar la identidad de la materia inicial por sí mismo. Me avergoncé en aquel momento de haber preguntado. No obstante, Jobert tuvo la generosidad de brindarme pistas muy concretas con las cuales se supone que podría llegar a conocerla.
Para empezar, me dio pistas para determinar la identidad del “dragón rojo”. Era lo primero que tenía que descubrir, luego me podría dar las pistas para encontrar las otras dos materias, las complementarias. El “dragón rojo”, decía, era un mineral que aparecía en su estado natural como una roca muy dura, de color rojizo. Se trataba de una bestia peligrosa capaz de exhalar un aliento tóxico, y de cuyo duro cuerpo algunas veces exudaba sangre venenosa de manera natural.

El año 1898 terminó dejando una guerra entre España y EUA, iniciada por el tema de la independencia de Cuba, el apoyo de EUA a esta, y la explosión del navío USS Maine. Al final, con la firma del tratado de París en Diciembre de ese año, España perdió frente a EUA los territorios de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Ya para inicios de 1899, en el marco de un agitado ambiente político en Panamá, la Compañía del Canal me dio de baja oficialmente. No me sorprendió. La segunda aventura francesa estaba llegando a su fin, con un coste de veinte mil vidas humanas. Aunque mi participación fue breve, había hecho algunos contactos que me permitieron asociarme inmediatamente con un joven empresario holandés, quien brindaba servicios de mecánica naval en el puerto.
Lo que sí me sorprendió fue la partida de Jobert. Sin mayores explicaciones, me advirtió que la situación en el país se complicaría y me sugirió partir lo antes posible. Se despidió con un sencillo apretón de manos, dejándome una carta de recomendación firmada por su influyente amigo Bunau-Varilla para presentarme en Francia con la familia De Lesseps. No me dejó dirección donde localizarle porque decía desconocer lo que le deparaba su viaje y, sin yo haber podido determinar la identidad del “dragón rojo”, tampoco me dejó las pistas para poder determinar la identidad de las materias complementarias.
Ciertamente el ambiente en el país estaba un tanto caldeado, pero no era algo inusual según los lugareños, así que decidí quedarme un tiempo. Continué visitando a mi amigo Xeng, quien había empezado a enseñarme una serie de ejercicios y movimientos que conformaban la base de un antiguo arte de combate cuerpo a cuerpo, al que denominaba Tai Chi Chuan. Por otra parte, debo admitir que había desarrollado un afecto especial por Ling, quien ahora tenía dieciocho años y a quien frecuentaba para recibir lecciones de idioma español.
Con el transcurrir de los meses, si bien disfrutaba del entrenamiento con Xeng, el buen té y la compañía de Ling, no dejaba de devanarme los sesos todas las noches en la intimidad de mi dormitorio, tratando de descubrir la identidad del “dragón rojo”. Jobert me había transmitido una sólida base teórica para abordar los textos clásicos y me había puesto sobre pistas concretas hacia las cuales debía dirigir mis estudios, sin embargo, a pesar de contar con algunos candidatos minerales específicos para jugar el papel del “dragón”, aún no tenía ninguna certeza.
Me empezaba a sentir estancado, preguntándome si debí marcharme con Jobert y haber continuado el estudio de la Alquimia bajo su guía, pero ahora no tenía idea de su paradero. A pesar de ello, intuía que era el momento de partir de aquel lugar, pero había algo que me retenía: no quería abandonar a Ling.
Si bien hasta ese momento nuestra relación había sido de tipo intelectual, no podía engañar a mi corazón; sentía un especial afecto por ella. París podría ser un buen lugar para empezar una nueva vida juntos. Me armé de valor e hice planes para hablar con Xeng y pedir la mano de su nieta, a sabiendas de que sería complicado desde el punto de vista cultural de aquella época. Desafortunadamente, Ling había sido ya prometida en matrimonio para consolidar la unión con una importante familia que comerciaba telas y especies traídas de oriente. No hizo falta hablar con Xeng; fue Ling misma quien, con lágrimas en los ojos, rechazó mi propuesta. Habiendo perdido a sus padres, el honor de su familia y la lealtad a su abuelo eran primero.
Así las cosas, mi historia en Panamá había llegado a su fin.

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CAPITULO 1

Añadido el 09/08/2018

enter site “Se considera la Piedra filosofal como una pura quimera y las personas que la buscan son tomadas por locas. Este desprecio, dicen los filósofos herméticos, es un efecto del justo juicio de Dios que no permite que secreto tan precioso sea conocido por los malvados y los ignorantes”.
—Alejandro Sethon (El Cosmopolita).

CAPÍTULO 1

Daniel despertó sobresaltado. El incesante timbrado del teléfono interrumpió un perturbador sueño donde, desde muy lejos, su esposa y su pequeño hijo se despedían de él.
—Buenos días —dijo una voz femenina desde el otro lado de la línea telefónica—. Cambio de planes. Necesito verte de inmediato.
—¿Estel? ¿Qué sucede? —preguntó Daniel, sentado en el borde de la cama y aún somnoliento. A ella se le escuchaba nerviosa.
—Tuve que robar el manuscrito…
—¿Robar? No entiendo. Me dijiste que lo heredaste de tu abuelo.
—Es mejor que te lo explique en persona.
—Muy bien. ¿Nos vemos aquí, en el hotel?
—Prefiero otro lugar. Creo que debes poder llegar al barrio gótico sin problema. Tu hotel está cerca. Podemos vernos en el pórtico frontal de la catedral, dentro de una hora —propuso ella.
—De acuerdo, nos vemos allí a las nueve —confirmó Daniel, después de ver su reloj.
—¿En qué me estaré metiendo? —se preguntó al terminar la llamada. Acababa de conocer a Estel en Londres cuando ella lo abordó al finalizar una conferencia, así que cruzaba por su mente la idea de que podía tratarse de una embaucadora o tal vez de una perturbada mental. Ya había tenido dudas en aceptar su invitación para venir a Barcelona, pero después de esa llamada las dudas casi se habían convertido en la certeza de haber cometido un error.
—Debí irme de vacaciones a Praga, como tenía planeado —masculló.
Después de un frugal desayuno, Daniel subió al metro acompañado de sus dudas rumbo a la estación Liceu en las Ramblas. Era una fresca mañana de primavera, y el sol filtrado a través de los árboles daba vida a las coloridas flores que se exhibían en los kioscos de la icónica avenida. Con un mapa callejero en la mano se adentró en el barrio Gótico, dejando el bullicio de la ciudad tras de sí a medida que avanzaba por las estrechas callejuelas cargadas de historia.
Una hora y quince minutos habían transcurrido desde la llamada de Estel. Daniel se encontraba de pie en el lugar acordado, frente al pórtico principal de la catedral, observando la hermosa fachada neogótica recientemente restaurada, a la vez que una melodiosa voz femenina llenaba el ambiente con cánticos desde algún rincón cercano. La paciencia no era una de sus virtudes, pero la emoción que le suscitaba el poder examinar un manuscrito alquímico inédito compensaba el tormento de la espera. Miró su reloj y empezó a caminar en círculos, mirando para todas partes. Un mendigo en la esquina pedía limosnas a los transeúntes mientras algunos turistas dispersos se concentraban en obtener fotografías de la catedral y edificios aledaños.
Estel finalmente apareció al pie de las escalinatas de la plaza. Lo vio y se dirigió apresurada hacia él. Ella vestía un desteñido vaquero azul y una sencilla blusa blanca debajo de una chaqueta ligera de piel color marrón. Daniel casi no la reconoció debido a que se había arreglado el cabello de forma diferente; el mismo color castaño oscuro pero con un radical corte estilo bob que enmarcaba muy bien aquel cautivador rostro juvenil.
—Discúlpame por la tardanza y por no haberte atendido en casa de mi familia… Ocurrió algo inesperado —dijo ella, después del habitual intercambio de saludos.
—Te noto nerviosa, ¿qué sucede?
—Como te adelanté, tuve que robar el manuscrito —contestó ella, mientras tomaba asiento en los escalones cercanos.
—Hace dos días, en Londres, me dijiste que era tuyo, que lo habías acabado de heredar de tu abuelo —le recordó Daniel, al momento que se sentaba a su lado.
—Sí, sí… Te explico. Hace cerca de un mes, mi abuelo, Ignasi, me envió una nota por correo donde me pedía que cuidara del manuscrito y que lo leyera con atención. Él dedicó muchos años de su vida a estudiarlo. ¿Te imaginas? En ese momento percibí aquella nota como un aviso de que algo grave iba a suceder.
—Como si se tratara de una despedida.
—Sí, así lo tomé, y no me dio tiempo de ir a verlo. Al día siguiente de leer su nota me llamó mi madre a Cambridge para informarme que había muerto de un paro cardíaco. Acababa de cumplir noventa años.
—Lo lamento.
—Cuando asistí al funeral me enteré de que no pudo formalizar su testamento. Eso fue lo que me dijeron. Me pareció extraño, pero no le di mucha importancia. Mi madre, como hija única de mi abuelo, sería la heredera de todos sus bienes.
—¿Y tu abuela, la esposa de Ignasi?
—Ella falleció hace ya varios años. Esa es otra historia.
—Entiendo.
—Consideré que no era el momento oportuno para hacer preguntas y regresé tranquila a Cambridge para continuar con asuntos de mi doctorado. Fue cuando me enteré de tu conferencia sobre alquimia, lo que me pareció una interesante coincidencia.
—Entonces, no mencionaste a tu madre nada acerca de la nota que te envió tu abuelo.
—Así es. No le dije nada en aquel momento. Iba a decírselo anoche, después de la cena. Empecé hablando de ti y de que te había invitado para examinar el manuscrito. Luego le pedí que me lo entregara, y fue cuando ella me puso al tanto de que Arnau, mi padrastro, estaba a punto de concretar la venta del mismo…
—¿Venderlo?, ¿cómo?, ¿a quién? —interrumpió Daniel.
—No lo vas a creer… —empezó a explicar Estel con evidente frustración—. Poco después del funeral de mi abuelo, Arnau publicó en internet un anuncio de venta, pidiendo cincuenta mil euros para empezar.
—¿Recibió ofertas?
—Tres interesados solicitaron más información y poder ver algo del contenido del manuscrito antes de ofertar.
—Es comprensible.
—Antes de que Arnau decidiera qué hacer, apareció un abogado de nombre Jordi Rigol ofreciendo sus servicios. Según me contó mi madre, el abogado alegaba ejercer su oficio en el mundo editorial y que, por una módica comisión, podía conseguir un buen comprador. Mi madre desconfiaba pero Rigol se presentó a los pocos días con una oferta de un supuesto coleccionista, por ciento veinticinco mil euros. La única condición del comprador era mantener su identidad en el anonimato y que Rigol le enviase algunas fotos antes de cerrar el trato.
—Fotos de la portada y de algunas páginas, supongo.
—Así es, y Arnau accedió sin dudarlo.
—Entonces decidiste llevarte el manuscrito antes de que el tal Rigol pudiera verlo y tomarle las fotos.
—Correcto. Ayer mismo en la noche saqué el manuscrito de la caja fuerte. Casi no dormí pensando qué hacer con él.
—¿Para cuándo tiene planeado tu padrastro realizar la venta?
—Para hoy mismo. En el transcurso de la mañana el abogado debe estar llegando a casa de mis padres para examinar el manuscrito y cerrar el trato. No podía permitirlo, Daniel. Mi abuelo me pidió que lo cuidara —expuso Estel emotivamente.
—Estoy de acuerdo en que debes cumplir con los deseos de tu abuelo, pero se te va a armar un gran lío con tus padres. Debes hablar con ellos y explicarles. ¿Por qué simplemente no les muestras la nota de Ignasi?
—No puedo…
—Pero así les harías saber cuál era el deseo de tu abuelo. Supongo que tu madre querrá respetar la última voluntad de su padre —insistió Daniel.
—No estoy muy segura de eso. Es complicado. Mi madre no se llevaba muy bien con mi abuelo…
—Y supongo que tú no te llevas bien con tu madre —interpuso Daniel.
—Así es, y menos aún con Arnau. ¡Lo detesto! Además del manuscrito ha puesto en venta todas las propiedades de mi abuelo. Su empresa tiene problemas, grandes deudas, y se ha estado aprovechando de los bienes de mi madre. Lo he discutido con ella varias veces, pero no entra en razón.
—Entiendo.
—Bueno, pero nada de eso viene al caso ahora, no tenemos mucho tiempo. Quiero que veas el manuscrito, para eso te invité a que vinieras hasta aquí.
—¿Lo traes contigo?
Estel abrió lentamente el gran bolso que colgaba de su hombro y extrajo un envoltorio de papel amarillento que apartó meticulosamente para dejar al descubierto un libro impecablemente encuadernado en piel, color negro. Parecía un diario o agenda de tamaño regular. No tenía nada impreso en la portada ni en el lomo. Inusual era que la cubierta tenía incrustados cuatro pequeños soportes metálicos que parecían ser de plata. Por las marcas que habían quedado en la piel, estas piezas evidentemente habían cumplido la misión de sujetar a la portada un elemento circular de unos cinco centímetros de diámetro.
—Lee la introducción, por favor —pidió Estel, a la vez que ponía con reverencia el documente en las manos de Daniel.
Aunque un poco avejentadas, las páginas estaban en buenas condiciones, escritas a mano, en tinta negra, y con una caligrafía perfectamente legible en español. Daniel había hecho un posgrado en historia del renacimiento en la Universidad Complutense de Madrid, por lo que no tenía problemas para leerlo.

En la introducción se leía lo siguiente:
Apreciado lector,
En esta vida, la cual se ha extendido ya por suficientes años, he tenido el privilegio de redescubrir el secreto de la Alquimia, tal como lo hicieron algunos pocos sabios de antaño. Te adelanto, no obstante, que mucho de lo que se ha dicho y especulado a través del tiempo sobre lo que es la realización de la Gran Obra Alquímica no es del todo cierto. La realidad resultó ser más interesante y asombrosa de lo que había imaginado. Sin embargo, los obstáculos y sacrificios por los que tuve que pasar fueron enormes.
Después de vivir dos guerras mundiales, y ser perseguido por agencias de inteligencia de diferentes naciones, he considerado oportuno dejar testimonio escrito de mi existencia y de mi aventura de descubrimiento, antes de desaparecer de este mundo. Relato, pues, los sucesos más relevantes de mi búsqueda, proporcionando datos y pistas que te podrán ayudar a encontrar tu propio camino para la realización de la Gran Obra.
Como seguro comprenderás, estas cosas no pueden decirse o escribirse abiertamente, sólo de manera velada. El secreto lo llevaré a la tumba. Dependerá de tu intelecto, de tu intuición y de tu fortaleza de espíritu poder encontrar el camino correcto.
Como muestra de mi sinceridad, y como probablemente hayas observado ya, este documento incluye en su cubierta un pequeño medallón elaborado alquímicamente por mi persona. Ten cuidado con él. Este medallón te puede conducir a la tumba.
Finalmente, no olvides dar un sentido sagrado a tus actos de búsqueda y pedir al Dios de tu corazón que te conceda sabiduría.
Alexander Vogel
Sol en Aries, 1947

Daniel cerró cuidadosamente el libro, sosteniéndolo sobre sus piernas con ambas manos, en silencio. Muchas cosas pasaban por su mente. La introducción era corta, pero muy elocuente. Le pareció que Vogel era un autor sincero y que podría tratarse de un genuino alquimista, por lo que no podía evitar sentir cierta emoción y entusiasmo. Por un lado, le costaba trabajo aceptar semejante golpe de suerte, pero, por otro, le preocupaba la posibilidad de que se tratara de un fraude. Aunque parecía muy sincera, persistía aquella sensación de estar siendo embaucado por Estel de alguna manera.
—¿Y bien? —preguntó ella al cabo de un rato, interrumpiendo los pensamientos de Daniel. Este volvió la mirada para encontrarse con unos hermosos ojos color pardo avellana que le miraban con ansiedad.
—El autor parece sincero pero, ¿qué ocurrió con el medallón al que se refiere? —quiso saber Daniel, enfocando su mirada en la cubierta del manuscrito y en sus pequeñas incrustaciones de plata. Si bien no habría forma de comprobar con certeza su manufactura alquímica, pensaba que sería grandioso tener ese medallón en las manos para poder analizarlo—. ¿Sabes dónde se encuentra? —agregó, volviendo la mirada a Estel. Ella sonrió.
—Sí. Es por eso que no puedo mostrar la nota de Ignasi a mi madre, y menos a mi padrastro.
—Estel, ¡el suspenso me está matando! Explícate, por favor.
Ella volvió a introducir su mano en el bolso para extraer esta vez un pequeño sobre de correo, el cual pasó a Daniel.
—Es la nota que me envió mi abuelo. Puedes leerla.
Daniel abrió el sobre y procedió a leer…
Mi querida niña:
El medallón que envío adjunto, y que tanta curiosidad te causó de pequeña, es una muestra de mi afecto y confianza en ti. Ya no podré seguir cuidándolo por más tiempo y quiero que esté en las mejores manos, al igual que el viejo manuscrito. Yo no tuve el valor suficiente para seguir adelante, pero estoy seguro que tú sí, y sabrás cómo proceder.
Quiero que te quedes también con mi casa de campo. En ella encontrarás un regalo muy especial, convencido de que eres la única persona que sabrá dónde buscar.
Te quiere,
tu abuelo Ignasi.

—¿Ignasi te envió el medallón de Vogel por correo convencional? —preguntó Daniel en tono de incredulidad, mientras regresaba la nota a su sobre.
—En realidad fue a través de un servicio de mensajería expreso —contestó Estel con seriedad.
Daniel sonrió con incredulidad.
—No estoy seguro de entender. Tienes el medallón y no puedes mostrar la nota de tu abuelo porque…
—Porque se supone que nadie conoce el paradero del medallón —completó Estel—. Mi abuelo lo llevaba siempre consigo, colgado del cuello. Anoche, cuando mi madre me puso al tanto de la venta, me preguntó si sabía algo de su paradero. Lo han estado buscando para elevar el precio de venta, pero no dije nada. Nadie sabe que mi abuelo me lo envió.
—Ahora entiendo. No deseas mostrar la nota de Ignasi porque se enterarían que tú tienes el medallón —confirmó Daniel.
—Exacto —dijo Estel, devolviendo el sobre a su bolso.
—Y respecto a ese regalo especial que dejó tu abuelo en la casa de campo, ¿puedo preguntar de qué se trata o si ya lo encontraste?
—Aún no tengo idea de qué se trata, pero la verdad es que no he tenido tiempo de pensar en eso.
Ambos guardaron silencio por unos instantes, mientras se percataban del gran número de personas que habían empezado a circular por el lugar.
—¿Puedo ver el medallón? —preguntó Daniel.
—Por supuesto. Lo tengo conmigo, pero aquí no es buen lugar para verlo. Mejor entremos a la catedral.
Estel se puso de pie y extendió su mano hacia Daniel, invitándolo a levantarse.
—¿Habías visitado esta catedral? —agregó.
—Sí, la visité una vez, hace ya algunos años. Vamos.

El interior del recinto sagrado, con su silencio y austera iluminación, invitaba a la introspección. Los vitrales y los cruceros de ojiva en lo alto capturaban la atención de algunos turistas, mientras Estel y Daniel avanzaban lentamente por la nave central.
—No soy hombre de religión, pero estos edificios antiguos no dejan de inspirarme un sentido de reverencia y respeto —expresó Daniel, casi susurrando.
—Estoy de acuerdo contigo. Estos lugares inspiran algo. Desde hace mucho tiempo no visitaba una catedral. Solía hacerlo con mi abuelo y me transportaba en el tiempo con sus historias. Imaginaba alquimistas medievales estudiando sus símbolos… Aquí está bien —susurró Estel, sentándose en una de las bancas.
Daniel se sentó a su lado mientras ella se llevaba ambas manos al cuello para tomar el collar que colgaba dentro de su blusa. Lo desabrochó con agilidad y se lo entregó a Daniel sin decir palabra. Al final de una cadena dorada, hermosamente trenzada, se encontraba el medallón de Vogel. Este parecía ser de oro, con dos notables muescas irregulares en el borde y cinco centímetros de diámetro aproximadamente, justo los necesarios para encajar en la cubierta del manuscrito, como pudo verificar Daniel. En el centro de una de las caras aparecían seis caracteres, uno seguido del otro horizontalmente, formando una especie de jeroglífico o palabra ininteligible.

Más abajo tenía inscrito lo que parecía ser un año: 1947, coincidiendo con la fecha en la introducción del manuscrito. La otra cara del medallón presentaba el grabado de un cuadrado dividido en nueve casillas, cada una con una letra latina dentro, en mayúsculas.

—¿Qué opinas? Preguntó Estel, interrumpiendo la inspección de Daniel.
—Efectivamente, a la vista parece de oro —contestó Daniel, dando vueltas al medallón en su mano.
—Estas dos pequeñas incisiones de aquí —continuó— evidencian que alguien tomó muestras del metal, seguramente para analizarlo.
—Una de ellas la hice yo, muy a mi pesar, pero pude verificar que es de oro cien por ciento puro. La otra muesca ya estaba en el medallón desde que mi abuelo me lo mostró por primera vez —explicó Estel.
—¿Cien por ciento puro? ¿No es algo inusual? —inquirió Daniel, tratando de disimular su escepticismo.
—No del todo. Hay piezas de joyería y monedas de colección o de inversión que pueden tener ese grado de pureza, aunque normalmente lo que se considera oro puro podría ser realmente sólo 99.95% oro, y en el mejor caso 99.99%
—El resto son impurezas.
—Así es —confirmó Estel—. Pero en este medallón no encontré impurezas… Bueno, las que típicamente se encontrarían en un proceso de orfebrería.
—Es raro —comentó Daniel, mientras trataba de sentir el peso del medallón en la palma de su mano.
—Más inusual es su peso y su dureza. ¿Lo percibes?
—Sí. Es más pesado de lo que se esperaría —comentó Daniel, sorprendido.
—El oro con ese grado de pureza no debería tener ese peso ni tampoco ese grado de dureza.
—Eres ingeniera química, ¿cómo lo explicas?
—Por ahora no puedo explicarlo —contestó Estel, tratando de contener una sonrisa.
—¿Te das cuenta de lo importante que podría ser este medallón? —interpuso Daniel.
—Sí, lo sé, pero necesito hacerle más pruebas, y para ello requiero acceso a equipos, a un laboratorio apropiado, y no he tenido oportunidad.
—Eso podemos arreglarlo. Haré algunas llamadas para ver si tenemos suerte con algún laboratorio universitario, aquí mismo en Barcelona —dijo Daniel, al tiempo que hacía un rápido recuento mental en búsqueda de colegas que podrían ayudarle.
—¿Y qué me dices de las inscripciones del medallón? —inquirió de pronto Estel.
—A primera vista parece una especie de talismán, pero… —Daniel concentró la mirada en el dorado objeto.
—¿Pero qué, Daniel? ¡Ahora eres tú el que me está matando con el suspenso! —exclamó Estel, esforzándose para no levantar la voz.
—Carece de la simbología típica de los talismanes. Definitivamente es otra cosa. Observa…
Daniel mostró a Estel la cara del medallón con los seis símbolos.
—Exceptuando el primer símbolo de la izquierda, que diría es el del Sol, el resto no los reconozco, pero yo diría que se trata de una palabra codificada.
—¿Palabra codificada? —susurró Estel.
—Sí. Recuerda que los alquimistas hacían uso de varios tipos de simbología, tanto religiosa como pagana, incluyendo los símbolos astrológicos y de la magia para ocultar y transmitir su conocimiento.
—¿Crees que puedas decodificar esa palabra?
—Creo que sí… Necesitaría algo de tiempo para revisar algunos textos.
Estel permaneció pensativa unos instantes, mientras Daniel continuaba observando el medallón.
—Quiero proponerte algo —dijo de pronto ella, tomando la mano de Daniel—. Seamos socios. Ayúdame a seguir analizando el medallón, a descifrarlo y entender el contenido del manuscrito. ¿Te imaginas que podamos demostrar la veracidad de la alquimia?
Daniel sonrió, sorprendido. La propuesta era tentadora y de momento él no tenía nada mejor que hacer, salvo iniciar sus vacaciones.
—Estel, bajo circunstancias normales me encantaría ayudarte, pero está de por medio el asunto de tus padres y la venta del manuscrito. ¿Qué piensas hacer al respecto?
—No voy a permitir que lo vendan. Terminando aquí voy a llevarlo a mi banco y lo colocaré en una caja de seguridad. Pero primero pienso fotocopiarlo en el establecimiento de un amigo, muy cerca de aquí, para que así puedas llevarte una copia y estudiarlo con detenimiento.
—¡Vaya! Te lo agradezco. ¿Y qué planeas hacer con el medallón? Creo que deberías guardarlo en el banco junto con el manuscrito.
—No hará nada guardado en un banco. Creo que es mejor dejarlo en tus manos. Dijiste que me vas a ayudar a analizarlo, y tal vez tengas suerte con algún colega y un laboratorio aquí en la ciudad.
—De acuerdo, pero apenas me conoces ¿Qué he hecho para merecer tanta confianza de tu parte? —preguntó Daniel, sorprendido—. Si llego a descifrar el código del medallón, ¿qué te hace estar segura de que voy a compartirlo contigo? —bromeó.
A Estel pareció no hacerle gracia la pregunta. Su rostro cambió de aspecto y guardó silencio por unos segundos.
—Estoy apostando a mi intuición, y ella me dice que eres honesto. También está lo de tu conferencia, “la alquimia, entre el mito y la realidad”…
—¿Qué sucedió con mi conferencia?
—Aunque no exactamente defendías las teorías alquímicas, mostraste una mentalidad abierta, entusiasmo y pasión. De alguna manera me hiciste recordar a mi abuelo —dijo Estel, bajando la mirada—. En ese momento todavía reflexionaba acerca de la nota que me había enviado antes de morir, y sobre el resultado del análisis químico que hice al medallón. Tu conferencia fue entonces como una señal. Apareciste en el lugar y en el momento adecuado, así que cuando terminaste no pude resistir ir a conocerte y ya ves…
—No sé qué decir —balbuceó Daniel. Estel sonrió, levantando la mirada.
—Además, nunca le presté suficiente atención a las explicaciones de mi abuelo, por lo que ahora mismo eres la única persona que conozco que entiende algo sobre alquimia.
—¿Nunca le prestante suficiente atención a tu abuelo? Me había hecho la idea de que la alquimia y la relación con él te habían inspirado de alguna manera para elegir los estudios de ingeniería química.
—Sí, en cierta manera. Como ya te comenté, cuando era niña mi abuelo me contaba historias sobre alquimistas y también algunas cosas sobre el contenido del manuscrito. Quise leerlo en aquel entonces, pero él no me dejaba hacerlo. “Hasta que estés preparada”, me decía. Luego empezaba a divagar sobre sus teorías alquímicas, las cuales obviamente yo no lograba entender, así que me limitaba a fantasear con que algún día encontraría un elixir de la inmortalidad que permitiría a mi familia vivir junta para siempre. Al llegar a la adolescencia tuve que enfrentar el divorcio de mis padres, y luego la mudanza de mi padre a Londres, dejándome con mi madre y un padrastro. En fin, así olvidé todo aquello y me convertí en una adolescente rebelde. Fue un milagro haber llegado a Cambridge, o tal vez fue el dinero de mi padre queriendo retribuirme de alguna manera —explicó Estel, sonriendo con encanto.
Daniel estaba hipnotizado con el relato, con su encantadora sonrisa y con su particular acento catalán.
—Cuando avancé en mis estudios universitarios —continuó ella—, mi abuelo intentó hacer que retomara el interés por la alquimia, pero la magia se había ido.
—Comprendo…
—Bueno —interrumpió Estel—, ahora debo irme. Tengo que fotocopiar el manuscrito e ir al banco.
—Y luego a enfrentar a tus padres —agregó Daniel.
—Sí, gracias por recordármelo —dijo en tono sarcástico—. Mi madre ha estado llamándome al móvil y enviándome mensajes de texto desde temprano. Salí de casa antes de que despertaran, me llevé su coche y seguro ya se habrán dado cuenta de que también me llevé el manuscrito.

En silencio salieron de la catedral y caminaron hacia la Plaza de Cataluña, vía Portal del Ángel.
—Tengo una petición, Daniel. Digamos que es una especie de condición antes de dejar en tus manos el medallón y la copia del manuscrito.
—¿De qué se trata?
—Quiero que vayas a casa de mis padres y les hables del posible valor científico de este documento.
—¡Qué dices! ¿Hablas en serio?
—Sí, por favor.
—¿Cuándo?, ¿ahora?
—Sí, quiero que les hables sobre la importancia del manuscrito y los convenzas de que no puede perderse en manos de cualquiera.
—No estoy seguro de que sea buena idea… Soy un extraño —balbuceó Daniel.
—No tienes de qué preocuparte —alegó Estel—. Yo les comenté que iba a traer un profesor universitario como invitado para que examinara el manuscrito.
Lo que restaba del trayecto transcurrió en silencio. Daniel se sentía incómodo, pero no encontraba una excusa para librarse de la situación. Su intelecto le decía que debía alejarse, pero algo más lo impulsaba a seguir adelante. Llegó entonces a una solución satisfactoria para su dilema, concluyendo que cualquier incomodidad y el posible riesgo era despreciable en comparación con la retribución de poder analizar el medallón y leer aquel manuscrito.
Daniel acompañó a Estel hasta el automóvil de su madre, un Saab color negro. Ella le entregó entonces el medallón, prometiendo que más tarde le dejaría la fotocopia del manuscrito en su hotel y que le vería en la noche para cenar. Él se despidió aceptando el trato.

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