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¡Carao! Pantanal

Por Óscar Quiroga de Prado

El blog de Óscar Quiroga de Prado

MÁS

Añadido el 09/12/2014

El extracto, reducido a esas pocas líneas, no da una idea del contenido, ni del estilo del libro. Tal vez algunos pedazos más lo compensen.

CARAO

Añadido el 09/12/2014

El arroz se cuece sobre el fuego de leña, el charque ya está desalado, los parceros no tardarán en volver. Mario imita con su guitarra la melodía que en el chamamé original interpretan el arpa y el acordeón. Repite, sin comprender su significado literal pero sí su sentido, las frases guaraníes que se mezclan con las españolas en la canción que relata la leyenda del carao, según la cual un joven, de nombre Carao, fue enviado en busca de remedios cuando su madre enfermó de gravedad; al pasar por el centro del pueblo supo que habría fiesta desde el atardecer y decidió quedarse al baile; cuando hablaba con alguien y lo amonestaban por esperar a la fiesta en lugar de llevar los medicamentos que su madre necesitaba, contestaba: «Hay tiempo para llorar»; comenzó la fiesta y el joven bailaba y bebía cuando alguien le avisó de que el estado de su madre se había agravado mucho, a lo que contestó: «Hay tiempo para llorar»; bien entrada la noche le comunicaron que su madre había muerto y repitió: «Hay tiempo para llorar» y continuó bailando, bebiendo y riendo hasta que el sueño y el cansancio lo vencieron y se quedó dormido; mientras dormía, Tupá, el dios guaraní, decidió hacer con él un ejemplo y escarmiento por su falta de humanidad, lo convirtió en pájaro y lo condenó a vivir eternamente de luto en los esteros y lanzando gritos lastimeros.
-… omanó jagüé nde sy. – termina Mario una de las estrofas y se detiene pensativo, matando los mosquitos sobre la guitarra solo con una leve presión del dedo para no dejar una marca indeleble.
(...)

BARO

Añadido el 09/12/2014

El Viejo Pantanero acepta la guampa y, anticipándose a sus siguientes palabras, mueve la cabeza como siguiendo la carrera de pequeños animales que tratan de ocultarse.
-Al menos el perrango va encontrando qué comer –prosigue-: lagartijas, conejos, jochis, carachupas, frutos caídos, no es mala dieta. Es más cansado que esperar el plato de comida pero hay un placer atávico en la caza que suple con creces la comodidad. Y precisamente hay un rastro de algo que quizá sea comestible, ya que Baro lo sigue por el lateral de un cerro, arrastrándose para pasar por túneles bajo los espinos hasta llegar a una gran roca. Desde lo alto ve algo que se mueve por abajo olisqueando, moviendo piedras con las patas delanteras, levantando cortezas de árbol con las uñas: un coatí. Mientras observa atentamente los nerviosos movimientos del animal tratando de calcular la forma de acercarse y sorprenderlo, un ligero movimiento hace rodar una piedrecita que cae a un par de metros del tejón. Este cesa en su movimiento, mira al lugar donde sonó el impacto de la piedra y después observa un tanto desconcertado el extraño animal que asoma sobre la roca. Los cinco segundos que ambos animales emplean en mirarse sin saber bien cómo reaccionar son suficiente despiste para que ninguno de los dos se percate de la llegada de dos perros de mediano tamaño que, como un relámpago, se abalanzan gruñendo sobre el coatí. Tras la sorpresa y ante la imposibilidad de huir, el animal se tumba sobre su espalda y utiliza las garras de sus cuatro patas como guadañas. Los perros gruñen y chillan y ladran, Baro observa escondido, el coatí desgarra patas y pechos en silencio. Una vez situado en posición defensiva, los canes no son enemigos para el tejón, mucho más rápido y mortífero. Ante los ladridos de los perros, a los que se van imponiendo aullidos de dolor, aparece un montado llamándolos y los canes no desaprovechan la ocasión de separarse del coatí los dos segundos que este necesita para trepar a un árbol y desaparecer.
»”Miércoles que son cojudos, ¿qué fue, el tejón? Casi los mata por metiches. Mirá tu ojo, a poco más y te lo salta. Así aprenderán, cojudos”.
»Baro observa cómo los perros se alejan tras el caballo, renqueando y sangrando, y dirigiendo la vista hacia arriba ve la silueta del coatí que se mueve con agilidad de rama en rama. En su mirada hay respeto por un animal que defiende su vida de una manera tan feroz y alivio por no haber aprendido esta lección en carne propia.
»En el Pantanal hay, por lo que parece, seres extraños. Y peligrosos.

PANTANAL

Añadido el 09/12/2014

Las jornadas de pesca nocturna dan sus frutos y el hielo de las conservadoras solo admite una noche más de trabajo. Unas horas antes de tensar las redes por última vez, Mario obtiene permiso para disponer de la deslizadora y explorar los alrededores. Entra en un pequeño afluente del río Paraguay y recorre unos cientos de metros; afloja la marcha cuando ve en el centro del cauce los cambarás con medio tronco dentro del agua y entre sus hojas cientos de garzas blancas y manguarí, de cormoranes y anhingas que entran y salen, arreglan los nidos, incuban, alimentan a los pollos.
Bajo los nidos, los caimanes flotan como troncos mientras que los caracaras tratan de robar huevos y polluelos volando hasta las ramas bajas y saltando de nido en nido, estirando las garras hacia sus presas mientras reciben picotazos como cuchilladas por parte de los padres.
Mario observa el espectacular diseño de los machos de anhinga en época de incubación, con el larguísimo cuello en forma de serpiente y sus enormes ojos de un verde intenso sobre el plumaje negro, rematado por las plumitas tiesas de la cabeza que les dan aspecto de «punkis». Desde la barca con el motor apagado puede considerarse parte del paisaje, ya que las aves no le prestan la menor atención, de modo que se deja sumergir en la algarabía y el ajetreo incesante de la colonia de nidificación. También los caimanes parecen ajenos a todo, pero cuando Mario mueve un remo en la superficie del agua simulando el aleteo de un ave caída, las cabezas de los reptiles enfilan hacia la embarcación y se acercan con una suave ondulación de las colas.
Un poco más allá, sobre los árboles de la orilla, son las garcetas las que nidifican. Las formas blancas, las negras, las grises, las de color crema, las voces que croan y las que rugen se cruzan en el cielo, unas hacia los nidos, otras hacia los comederos o en busca de ramitas.
En un descuido, o quizá aguantando los ataques de la garza manguarí que lo cuidaba, un caracara salta desde una rama con un polluelo entre las garras, una forma ya grande pero aún sin plumas en la que ha clavado sus uñas y cuyo peso lo lleva a rozar el agua antes de remontarse. La garza adulta, mientras tanto, desesperada, se ha colocado por encima del falcónido y lo hostiga hasta que finalmente, en una maniobra, el pollo cae al agua. El caracara vuela a un árbol cercano, la garza sobrevuela a su hijo en silencio, el pollo se hunde en el río y desde varios puntos las ondas que reflejan la luz de poniente indican que los caimanes también se han sumergido.

DIANA

Añadido el 09/12/2014

Durante el siguiente día, Diana piensa que se le acaba el tiempo. Desde que comenzaron a caminar al amanecer, no ha dejado que los gratos recuerdos invadan su mente; se concentra en encontrar la forma de acabar con la esclavitud y las torturas. La única arma útil, el cuchillo de Stromer, permanece atado a su muñeca y ninguna de las ideas que pasaron por su cabeza para utilizarlo le pareció factible. Observa atentamente a su alrededor buscando la cascabel o la yope enroscada hacia la que atraer al monstruo, el nido de abejas africanas que azuzarle, cualquier elemento del que él no sea consciente hasta que ya sea demasiado tarde.
Las horas pasan, caminan por un llano salpicado de charcas e islas de palma. Tras el miedo de los minutos en que se detuvieron a mascar charque, la niña nota la mirada ansiosa del hombre y sabe que en cualquier momento puede decidir hacer un alto y torturarla de nuevo. El momento que teme parece llegar cuando alcanzan el borde de un ancho río y el hombre se detiene a beber del agua corriente y rellenar su botella. Diana no duda lo que viene a continuación, la expresión del monstruo lo muestra claramente. Mira desesperada alrededor y sus ojos se clavan en un cadáver de capibara varado aguas abajo entre una masa de camalotes enraizados; puede ver cómo el agua se agita alrededor del gran roedor muerto y sabe lo que eso significa. Cuando Stromer le hace gestos para que se acerque, la niña se lanza al agua, se aleja de la orilla y nada haciendo círculos, ajena a los furiosos gritos del hombre que la amenaza desde la orilla.
-¡Diana! ¡Vení acá, cojuda de miércoles! ¡Te voy a dar para tus palazos, bárbara hija de la gran puta! –Ante el caso omiso que la pequeña indígena hace de sus órdenes, el hombre se lanza al agua enfurecido y dispuesto a enseñarle una lección que no olvide jamás.
En el momento en que ve que el boliviano nada hacia ella, Diana se mantiene flotando, calculando la distancia; cuando se encuentra a unos metros de ella, la niña se sumerge y aguarda a que él se detenga esperando verla salir. Casi a ciegas en el agua turbia, se impulsa hacia delante y se abraza con fuerza desesperada a la pantorrilla del hombre, mordiendo en la herida, desgarrando y abriéndola de nuevo, haciendo fluir la sangre en abundancia. Incluso a través del agua oye los gritos de Stromer, qiuen patalea hasta conseguir elevar la pierna y sacudirle un puñetazo en el hombro que, aun amortiguado por la resistencia del agua, la hace soltar su presa.
La niña aparece a unos metros aguas arriba de Stromer, a quien el dolor de la herida reabierta no permite nadar velozmente. Diana observa los restos del capibara hasta ver cómo las aguas se agitan repentinamente alrededor del animal muerto, y nada rápidamente hacia la orilla. No tiene tiempo que perder: atraídas por la sangre, las pirañas se acercan a una velocidad enloquecida».

COOPERANTE

Añadido el 09/12/2014

-Dicen que cuando Bolivia se independizó, sus gobernantes se pusieron en contacto rápidamente con las autoridades brasileras para que supieran que a partir de entonces debían tratar directamente con ellos y no con los españoles. Un mes después ya esos negros habían enviado sus soldados y habían movido la frontera cien kilómetros más para acá.
-¡Pucha! ¡Qué jodidos esos brasileros! No pierden una ocasión –Al cooperante le parece sana esa autocrítica de los bolivianos, aunque lo hace sentir un poco violento-. De casta le viene al galgo; primero los portugueses y después los brasileros, siempre empujando las fronteras hacia el oeste.
-Pues –concuerda el amigo cochabambino, cuya principal característica es ser un luchador tenaz en cualquier causa que ataña a la justicia social, y que es persona muy respetada en Puerto. El cooperante está en deuda con ese respeto que su amigo se ha ganado: en una ocasión en que este lo invitó a dar una charla sobre medio ambiente y desarrollo en una comunidad apartada, un viejo enemigo de la asociación, junto con unos cuantos matones que encontró por allí, le preparó una encerrona al español; cuando el cooperante se dirigía al todo-terreno vio que había cuatro o cinco personas apoyadas en él, y entre ellas el mismo de siempre; «Hombre, mi amigo, y parece que ha fumado más cocaína que de costumbre», pensó el español, y adivinó en seguida cuáles serían sus aviesas intenciones; pidió a su amigo cochabambino que lo acompañara hasta el coche, quien con una sola frase: «Dejate de tus huevadas, che, este es mi invitado», consiguió que el español pudiera salir camino de su casa en lugar de camino del hospital-. Los criollos de acá, ya vos sabés bien, como siempre, cuando no se dejan robar territorio nacional, lo venden -termina.
El cooperante disfruta siempre de las peripecias que le cuenta su amigo valluno, quien, para poder hablar con conocimiento de causa, trabajó en las minas, entró como recolector de algodón en una de las haciendas en las que aún se usa mano de obra esclava, incluso hizo que lo encarcelaran para conocer las condiciones de vida de los presos, llegó a ser un importante líder sindical así como hombre de confianza de un obispo también batallador y estuvo señalado varias veces como objetivo de sicarios de potentados diversos, ya que no solo observaba las injusticias sino que promovía algaradas y rebeliones en aquellos tiempos en que las denuncias contra esos potentados no servían de nada. Ahora, el español observa los gestos reposados, los lentes colgando del cuello de su amigo con una goma y, en aparente discordancia, los hombros y brazos masivos, las manos grandes y surcadas de cicatrices de quien ha trabajado largo tiempo en labores que demandan un gran esfuerzo físico.
-Igual que siempre –comenta, al tiempo que coge la taza de café que trae la esposa de su amigo-. Gracias, señora.
-Acá seguimos igual que en tiempo de los españoles. Los criollos no han cambiado. Siguen teniendo la plata y el poder y hacen y deshacen como quieren. Mirá, según la Historia que estaba leyendo cuando llegaste –palmea el libro que reposa en la mesita junto a él-, en 1749 vino Jorge Juan… ¿Conocés a ese Jorge Juan, no? –Ante el gesto afirmativo del cooperante, prosigue-: Pues vino a América y estuvo mirando cómo se hacían las cosas por acá. Después hizo un informe para el rey de España. Decía que acá mandaban los criollos y que sus formas de mantener el poder eran la prevaricación, los abusos, la corrupción y la aplicación de las leyes solo cuando favorecieran a sus intereses…
-Sí, eso creo que se llamaba «acato pero no cumplo». Es decir, acato la ley pero solo la aplico si me viene bien –interviene el español.
-Pues. Fijate que ya pasaron casi trescientos años, todos los cambios que ya hubo y seguimos igual. Parece que todo viene de que los reyes de España se gastaban todita su plata en guerrear con unos y otros por allá, por Europa. Montaron acá sus Estados, pero para conseguir plata comenzaron a vender favores a los criollos. Les vendieron los cargos públicos, después títulos de nobleza y para terminar los criollos pudieron comprar puestos de jueces superiores. Mirá, les vendieron puestos ordinarios, supernumerarios y hasta futurarios, según leí. Con eso, ya en el siglo XVII los criollos se hicieron con todo el poder. Y desde entonces hasta acá, che.
-No han soltado el poder –sugiere el cooperante.
-Pucha, lo tienen agarrado como el bibosi al motacú, dijo un porteño. De ahí viene la corrupción, el subdesarrollo y toda la miércoles. Su excusa de ellos es que no nos dejan desarrollarnos, que la culpa es de los españoles que se llevaron la plata, de los chilenos que nos quitaron el mar, de los pilas que nos quitaron el Chaco, de los gringos que se llevan el petróleo… Así tapan sus robos y la gente los cree.

CRISTINO

Añadido el 09/12/2014

-Recordá –El capataz, preocupado, retrasa la salida de Cristino repitiéndole los consejos-: no hallaron trilla nueva pero había harto resto de fuego de campamento. No sabemos si esa gente sigue por acá o se mandó cambiar.
Cristino aprecia el interés de su parcero, pero con el caballo ensillado a su lado comienza a impacientarse.
-Ya, mi hermano, no te preocupés.
-Y fijate bien porque cuanto ha que no se usa ese camino, no te vayás a perder en ese pantano.
-Lo sé, lo sé, seguiré la falda de los cerros…
-No hagás fuego. No hay que facilitar que te vean. –Se le acaban los consejos por enésima vez. Antes de que comience de nuevo, Cristino salta a su montura y al tiempo que revisa las ataduras de la carga se da por enterado de todo.
-Tranquilo, compadre, dentro de cinco días te hablaré por radio desde el pueblo, allá nadie se atreverá a molestarme. –Finalmente se agacha para estrechar las manos de los vaqueros.
-Ya sabés, de que llegués a río Verde subí una legua para vadear, porque ha de venir crecido –le recuerda el viejo vaquero-. Vaya con Dios, mi hermano.
-Gracias, compadre, ya nos chequeamos –y al joven vaquero-: Muchas gracias por todo, compañero, y felicidades, que seás muy feliz con tu esposa.
-Gracias. La conocerás a la próxima visita. Me saludás a tu familia.
La enorme manaza del capataz retiene la suya mientras busca su mirada y la mantiene con fijeza unos segundos.
-Ya, ya sé, compadre, “No hay que facilitar”, no te preocupés –se adelanta Cristino a cualquier comentario del encargado y pica espuelas.
Los tres vaqueros lo contemplan en silencio, ven que sin volverse levanta el brazo en señal de despedida mientras se aleja al paso, observan cómo comprueba de nuevo la estabilidad de la carga. El más joven se acerca despacio a la simbra del piquete y la cierra. El alambrado separa el pequeño reducto de humanidad del inmenso mundo desierto en el que se adentra Cristino.

EL PARO CÍVICO

Añadido el 09/12/2014

«Las famosas autoridades morales del pueblo… -piensa el cooperante, aislado en el bosque por el paro y las soflamas en contra de los ambientalistas, y recuerda las palabras que le dijera el Viejo Pantanero- Según él, aún hoy les funciona el cuento de que la culpa de que sean pobres es de los españoles, que se llevaron toda la plata y el oro y aniquilaron a poblaciones enteras. ¿Cuánto de ese oro, que además está en el altiplano, habrían compartido nuestras autoridades con el resto de los porteños? ¡Ja! Tiene gracia… ». Pero su sonrisa se borra rápidamente cuando recuerda cuán hondo ha calado ese mensaje en la población. Tuvo una muestra clara aquel día que se vio envuelto en una farra y, antes de poder excusarse y retirarse comprobó, a su pesar, los cambios que el alcohol producía en sus conocidos, siempre tan atentos y respetuosos: en un principio fue la fase en la que todos «lo amaban mucho y rezaban siempre por él» y «la madre patria» por aquí y por allá, para pasar al cachondeo con lo de conservar los pajaritos y que «el tigre te está esperando allá en el campo». Desde que uno de ellos recordó que los españoles tienen la culpa de todos sus males, la cosa cambió a «español de mierda» y «cojudo» y las amenazas pasaban a agarrones. Y mira que se lo habían advertido. Entre los muchos consejos que recibió antes de salir de España, descubrió que dos de ellos eran muy válidos: mirar siempre dentro de los zapatos antes de ponérselos y evitar los lugares en los que hubiera gente bebiendo. Fue la última vez que lo pillaron, mejor pasar por desconsiderado que acabar a machetazos. «El caso es que la culpa es nuestra. No de que ellos acaparen toda la riqueza y se repartan los cargos públicos, no. De los españoles. Tampoco influye la corrupción que lo abarca todo…», continúa cavilando irónicamente el joven. También había tenido una muestra de la endogamia en los círculos de poder asistiendo en la televisión local a un reportaje sobre una celebración ocurrida diez años antes. ¡Qué jovencitos estaban todos…! ¿Todos? Sí, todos, ya que eran los mismos, las mismas personas en distintos cargos; en aquella época, el alcalde actual era presidente del Comité Cívico, el que ahora es presidente del Concejo Municipal era subprefecto, el que es Delegado Departamental era alcalde… «¡Joooodeeer! -pensó en aquella ocasión- ¡Qué pasada!».

INDIOS

Añadido el 09/12/2014

Tanto los ayoreos –etnia Ayoreode Moro- como los chamacocos –etnia Ishir- pertenecen al tronco cultural de los Zamucos. Los chamacocos, por su parte, se dividen en Ishir Ybytóso e Ishir Tomárâho.
Chamacocos, ayoreos y cadiveos –etnia Kadiwéu- siempre fueron vecinos y hasta el reparto de tierras entre colonos bolivianos, paraguayos y brasileños, ya entrado el siglo XX, no entendieron de más fronteras en el Pantanal que las que determinaban las continuas guerras entre sí. Hacia 1910 los chamacocos se establecieron definitivamente a orillas del río Paraguay, empujando a los ayoreos hacia el Chaco, donde estos desplazaron definitivamente a los sirionó de Bolivia hacia 1925. Tampoco la convivencia entre ebitoso y tomaraho fue pacífica, con derrota de estos últimos, de los que apenas quedan unas docenas en la reserva de los cadiveos de Mato Grosso del Sur. Parece ser que hasta el siglo pasado, los chamacocos tomaraho eran capturados por los chamacocos ebitoso y entregados a los cadiveos como esclavos.
Da la impresión de que los más reticentes a la sedentarización y también los más belicosos han sido los moros. La Guerra del Chaco, con sus fortines militares bolivianos en territorio ayoreo y ocupando las principales fuentes de agua, supuso el primer gran obstáculo para los movimientos de estos indígenas, que nunca dejaron de atacar a los militares y nunca dejaron de ser masacrados por los mismos. Los avances de los clanes de ayoreos sobre otros grupos de la misma etnia producían, generalmente, el desplazamiento de los empujados hacia los territorios de sirionó o chamacocos, hasta que el establecimiento de destacamentos militares permanentes llevó a las luchas internas entre ayoreos, impedidos de ampliar sus terrenos hacia las áreas de otros pueblos.
La construcción del ferrocarril y del camino Santa Cruz de la Sierra – Puerto Macondo supuso otro gran obstáculo para el nomadeo de los ayoreos, hacia 1930. En esas fechas aún se encontraban indígenas de esta etnia «cazados» en el monte y esclavizados por terratenientes locales. En las décadas de 1950 y 1960, los ayoreos comenzaron a establecerse en los alrededores de misiones religiosas como única forma de supervivencia, al tiempo que las luchas con los petroleros en el Chaco paraguayo y, sobre todo, las enfermedades transmitidas por estos iban diezmando su población.
Poco valor se da en las poblaciones pantaneras al saber tradicional del pueblo ayoreo y a la lengua que hablan, y menor valor aun a sus miembros, para quienes la civilización supone alcoholismo, mendicidad, prostitución, delincuencia, marginación y una intensa xenofobia. En Paraguay los temibles moros siguen similar camino que aquellos que se asentaron en Bolivia.

PANTANAL

Añadido el 22/12/2014
Imagen 1

La "llenura": el periodo de inundación del Pantanal. Los caminos se convierten en ríos y los campos en mares.

VÍDEO RESCATE DE YACARÉS

Añadido el 22/12/2014

Un vídeo grabado en el Pantanal y que se menciona en el libro: https://www.youtube.com/watch?v=nrLzItpzzgI

BLOG DE "¡CARAO! PANTANAL"

Añadido el 15/04/2015

En http://caraopantanal.blogspot.com.br/ podéis encontrar el blog del libro, con noticias, mapas, música relacionada, descripción de personajes y más.